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Wednesday, January 24, 2018


P E P E-H I L L O

REGENERADOR DEL TOREO - DISCÍPULO DE COSTILLARES

Pepe-Hillo, decía el célebre Montes, fue un torero de encargo, y más general de cuantos se han conocido, y no es necesario haberle visto para juzgar así de él. Pepe-Hillo nació en Sevilla el 14 de marzo de 1754 y murió con 48 años en la Plaza de Toros de Madrid, un 11 de mayo de 1801. Está enterrado en la Iglesia de San Ginés de Madrid.


No hay más que fijar la vista sobre las heridas que recibió, y las suertes que se deben a su invención, y notaremos que son las más difíciles y expuestas que se conocen en el toreo, y esto no es capaz de hacerlo sino el que tuvo mucho valor y muy grandes conocimientos.
José Delgado, conocido por “Pepe-Hillo”, abrió los ojos a la luz del mundo después de mediados del siglo diecisiete, en la hermosa ciudad que ya hemos mencionado, y en uno de los barrios extramuros al que los hijos del país dan el nombre de Baratillo. Descendiente de una familia pobre, pero honrada, hijo de un artesano, no sabía apenas leer cuando su padre le destinó un lugar en la banquilla, con el fin de que en el ejercicio de zapatero se proporcionase el necesario sustento.
Pepe-Hillo era un muchacho ágil, y no obstante su aplicación a oficio que hemos indicado, despertó tan frenética ambición por el toreo, que a pesar de la prohibición de su padre y del severo castigo que a cada paso le prodigaba, jamás abandonó su idea. Cuando lo mandaba hacer algún recado, él se encaminaba al matadero con el afán de tantear alguna res, bien fuera toro o vaca. El padre en cuanto se distraía en alguna ocupación cualquiera, y el chico, aprovechándose de ello, se escapaba sin que jamás le impusiera el temor del castigo. Inútiles eran todo género de precauciones, pues su resolución no conocía límites y por todo arrostraba. Sin duda una voz secreta le impulsaba, y a Pepe-Hillo no le era dado corregirse. En su cabeza no existía otra idea que la de ser torero, como así lo demostraba hasta en los vulgares juegos propios de su edad.
Algunos años pasaron en esta lucha continua, que Pepe-Hillo sostenía con su familia, mientras creció y pudo adquirir la aptitud necesaria para torear. Conseguido tal extremo, y provisto de cuanto debía apreciarse para la profesión de torero, no tardó mucho en vérsele figurar como tal, siendo el asombro de los que presenciaban y sabía apreciar su trabajo.
Pepe-Hillo se puso bajo la dirección de un gran torero de la época, Joaquín Rodríguez “Costillares”, y bajo esta dirección, parece increíble la rapidez con que el discípulo se impuso de las reglas que Costillares había establecido en la lidia, y más dudoso aún la perfección con que las ejecutaba, con espanto del mismo maestro, que, convencido de su especialidad, trató desde luego de utilizar la primera ocasión para hacerle figurar como su segundo.

En tal estado las cosas, pasó Pepe-Hillo a torear en varias plazas de España, entre las que se cuenta la de la Corte, y como recibiera en todas ellas señaladas muestras de aceptación, debidas a su mérito extraordinario, y de ningún modo a la parcialidad, bien pronto se elevó su crédito a una altura que rivalizaba con el de su maestro y con el famoso Pedro Romero, su contemporáneo y compañero. Difícil sería explicar el método de lidia de Pepe-Hillo, puesto que siendo un torero general que poseía todas las suertes conocidas hasta entonces, y algunas otras debidas a su invención, siempre se le veía ejecutar la que más reclamaba la condición del toro, por expuesto y difícil que pareciese. Es indudable que estas propiedades se encuentran rara vez en una sola persona, y de aquí la excelencia del torero, cuyos apuntes nos ocupan. A una voluntad de hierro, unía un corazón a toda prueba; a un buen deseo, agréguese el estímulo de su antagonista. Nada demuestra con más exactitud la verdad de lo dicho, que las innumerables cogidas que tuvo y el número de heridas que recibió. ¿Cómo negar a Pepe-Hillo los reconocimientos necesarios para distinguir la entidad de las suertes que practicaba? Y si esto es cierto, como no puede menos de creerse, ¿cómo comprender tantas cogidas? Ahí está demostrado su valor sin ejemplo, que no sólo aventajaba a la inteligencia, sino que esta carecía por lo regular de fuerza para, contenerle en los peligros.
Hemos bosquejado al torero, y ahora nos haremos cargo del hombre José Delgado (Pepe-Hillo). Reunía a su buen trato social, una gracia particular que le hacía apreciable entre sus infinitos amigos y conocidos, y también entre otras muchas personas notables por su rango y jerarquía, que se disputaban la vez en tributar obsequios al torero. Esta posición, ciertamente envidiable, era la que disfrutaba Pepe-Hillo, contando con el favor de todos los que valían en la Corte de España. Muchas personas se cuentan en el número de sus más decididos apasionados, y entre ellos los Duques de Osuna, que en repetidas ocasiones le prodigó sus favores.
Hecha esta reseña, volveremos a hablar de toreo para dar a conocer sus desgracias. En la primera temporada del año 1801, hallábase Pepe-Hillo de primer espada en la plaza de Madrid, alternando con José Romero, cuya temporada sería la última para él. Llegó la corrida del 11 de mayo, y el séptimo toro que en ella se lidió fue el que arrancó la vida a este célebre matador. Las circunstancias ocurridas en este desgraciado trance se refieren de varios modos, pero ninguno nos merece más crédito que el expresado por una carta que insertamos íntegra, digna de figurar en este blog, tanto por su contenido, cuanto por la importancia de las reflexiones que hace. Una rara casualidad ha hecho llegar este documento, que creemos no existe de ella ningún otro ejemplar, y dice así:

“Amigo mío: En las fiestas ejecutadas aquí ayer, estuvieron demasiado expuestos los toreros de a pie, y especialmente los estoqueadores, con varios toros, libertándose de ellos más por un efecto casual y feliz, que por el de su notoria destreza, a causa de hallarse corridos anteriormente, y por lo mismo, en el caso de no poderse burlar o sortear, por medio de los auxilios y reglas, que para conseguirlo son propios del arte, que con innegable crédito desempeñan los insinuados maestros.
Siempre que se han corrido toros de dicha clase, ha presenciado el público idénticas contingencias, como nos lo recuerda la triste memoria de los muchos que han sido víctimas de ellos, y sobre todo la que acabamos de experimentar. Únicamente me propondré por ahora hablar del mencionado séptimo toro, que fue el que causó el terrible sacrificio, de que se hará la más comprensible demostración.
Sólo recibió tres o cuatro varas, a las que entró siempre huyendo de los caballos, por ser para estos demasiado cobarde. Después, con mucha maestría le puso un par de banderillas el aplaudido banderillero Antonio de los Santos, y seguidamente le clavaron otros pares Joaquín Díaz y Manuel Jaramillo. Luego se presentó a matarle Pepe-Hillo. Le dio tres pases de muleta, los dos por el orden común, o despidiéndole por la izquierda, y el restante de los que llaman de pecho, con el cual contra las tablas en que le encerró la mucha prontitud con que se revolvió el toro algo atravesado, de resulta de haberle dado el segundo pase, no hallándose puesto aquel en la mejor situación. Estando ya en la fatal de la derecha del toril, a corta distancia de él y la cabeza algo terciada a la barrera, se armó el matador para estoquearle; le trasteó, citándole, o llamándole la atención a la muleta, deteniéndose y sesgándose algo más de lo regular, se arrojó a darle la estocada a toro parado, y le introdujo superficialmente como media espada por el lado contrario o izquierdo. En este propio acto le enganchó con el pitón derecho por el cañón izquierdo de los calzones, y le tiró por encima de la espaldilla al suelo, cayendo boca arriba.
Bien porque el golpe le hizo perder el sentido, o por el mucho que pudo estar, para conocer que en aquel lance debió quedar sin movimiento; es lo cierto que careciendo de él, se mantuvo en dicha forma y el toro cargó contra él con la mayor velocidad, y ensartándole con el cuerno izquierdo por la boca del estómago, le suspendió en el aire y campaneándole en distintas posiciones, le tuvo más de un minuto, destrozándole en menudas partes cuantas contiene la cavidad del vientre y pecho, con más de diez costillas fracturadas, hasta que le soltó en tierra inmóvil, y con sólo algunos espíritus de vida. Esta la perdió enteramente en poco más de un cuarto de hora, en cuyo intermedio se le suministraron todos los socorros espirituales que son posibles a la piedad más religiosa.
Aunque sorprendidos los compañeros del desgraciado a presencia de una tan pavorosa catástrofe, y conociendo ser realmente punto menos que inevitable el riesgo de perecer a que se exponía para quitar el toro de la inmediación al ya casi cadáver (en un sitio tan sin recurso en aquel caso como es el de la puerta del toril, superó a esta previsión de su evidente precipicio el ardor con que se metieron con él, mudando con los capotes la situación del toro. También lo emprendió, en cuanto le fue posible el celo de Juan López, procurando ponerle una vara a caballo levantado, (a su ejemplo deben respectivamente ejecutarlo todos los picadores, siempre que estén en peligro sus compañeros, o los de a pie, asó como estos lo hacen a cada instante con aquellos, a cuyo fin es indisculpable en unos y otros aun el menor descuido y falta de tino para prever el resultado de las buenas y malas suertes).

Inmediatamente José Romero tomó su espada y muleta, y usando del superior manejo que tiene en esta, y de la intrepidez que con aquella recibe los toros a muerte, se la dio a la fiera de dos bien dirigidas estocadas, con todo el denuedo y serenidad de espíritu que acostumbra y graduando las críticas circunstancias que le hacían multiplicadamente más difícil.
Muchos son los lances que pudieran individualizarse, en que constantemente dio pruebas nada equívocas de su sin ejemplar valor el héroe de esta trágica memoria, con singularidad después de haber sido gravemente herido con 25 cornadas, en otras tantas azarosas suertes, que repartidas en todo el cuerpo recibió en el curso de su vida; pero en ninguna comprobó más su presencia de ánimo, que en la última en que con admiración le vimos forcejeando sobre los brazos, apoyadas las manos al pitón que tenía atravesado para desprenderse de él, hasta que ya quedó con la cabeza y demás miembros descoyuntados, caídos y hecho un objeto de la más insignificable compasión. Esta se renovó en la mañana de hoy por las innumerables gentes que ocupaban las dilatadas plazas y calles que hay desde el Hospital General, en que estaba depositado el cadáver, hasta la Parroquia de San Ginés, en que fue sepultado y conducido con una laudable y edificante profusión, dispuestas por la gratitud de su amado discípulo e inseparable compañero Antonio de los Santos.
No hay documentos que más impresión hagan para remedio de toda clase de infelicidades, que la representación de ellas mismas, analizando sus causas para contrarrestarlas y precaverlas en lo sucesivo con los antídotos que nos cita la propia racionalidad. A la notoría de V. (unida a su extraordinaria pericia en el práctico y especulativo arte de lidiar toros a caballo y a pie), juzgo sea de la mayor satisfacción darle una sucinta idea del fruto que debiera producir la fatal escena, que apenas me ha permitido detallar el acervo dolor con que a todas horas se presenta en mi angustiada imaginación. Libre esta algún tanto de la aflicción que la agita, me he puesto a meditar, que las corridas de toros no son otra cosa que una especie de lucha o batalla, que el valor de nuestros compatricios tienen adoptada como un galardón del que les es característico; que bajo este concepto y otros (que por consultar la brevedad omito), nos están permitidas lícitamente por la Potestad Suprema, en la inteligencia de que la de los españoles, en virtud de su habilidad, constituyen remoto el peligro de sus vidas, y que no verificándose así con los toros de la enunciada clase, para salvar este género de violación, para no infringir las sagradas leyes de la naturaleza, y para que con sobrado fundamento las gentes y naciones cultas no censuren de bárbara esta diversión, se hace indispensable apelar a los recursos que nos cita la razón y la prudencia. Estos, pues, son el de prohibir en todo el reino, con las combinaciones que exige la importancia de la materia, que los criadores o dueños de toros que se hayan corrido dentro o fuera de poblado desde que nacen, puedan venderlos para lidiarlos en las plazas, a imitación de lo que con notorio crédito de sus vacadas y aumento de sus intereses, ejecutase los señores Gijón, Bello, Guadalain, Espinosa, Cabrera, Vázquez, Marín, Trapero, los Gallardos y otros. Que a los asentistas o sus comisionados que los compran sin asegurarse hasta el último extremo de lo referido, que se les castigue con el indicado rigor,, que sin violencia (de lo que será responsable su autor) sigan trabajando en las funciones donde metan toros, que desde luego conozcan, como es su obligación, que no es tan sencillo, y si desengañados de los objetos, ardiles y medios con que los  burlan, acometiendo por lo común con aquel género de picardía o probabilidad que les infunde su natural instinto para hacer casi inexcusable el peligro.
Es evidente, que a pesar de lo expuesto, podrá correrse algún otro toro, que por razón de ser viejo, esto es de más de cinco o seis años, que es cuando están con su mayor poder y valentía, por demasiado cobarde, u otra accidental causa que se deba considerar comprendido en la clase expresada. En estos casos es muy consiguiente, que la sabia y superior prudencia de los magistrados que presidan las plazas, prevenidos indirectamente por el lidiador u otra persona de su confianza, que en realidad tenga todo el conocimiento necesario al efecto, le mande echar perros; en lo que no solo se evita el riesgo de las inapreciables vidas de los actores, si no es que al propio tiempo se divierte el público en disfrutar de unas luchas que le son de la mayor complacencia, y de tiempo inmemorial se han mirado como anejas e inseparables de las funciones de los toros.
Aunque para la muerte de los que reprobados pudiera usarse del asta o cuchilla, que llaman guadaña o media luna, tiene entre otros inconvenientes el de que cuando están distantes de la barrera, y no se les puede con el capote aproximarse, es difícil y peligrosa la operación de desjarretarlos, tanto para los que la ejecutan como para los que es indispensable ayuden al efecto. A esto se sigue ser necesario asaetar los toros por las costillas con la espada, y después acabarles de matar con la puntilla o cachetero. Dichas maniobras son por lo común dilatadas, y como a esto se agrega lo fastidioso que es ver dar vueltas por la plaza sobre los corvejones a un animal.
Habiendo únicamente tratado de precaver el próximo riesgo de los lidiadores de a pie, nos resta el que con la misma concisión lo ejecutamos con los de a caballo. Los propios sentimientos de humanidad y racional precisión, que hablando de aquellos que quedan significados, me impulsan hacerlo de estos. Ya queda expuesto y convencido, hasta la mayor evidencia, que la explicada diversión, ni es racional, ni lícita en los propuestos casos, y ahora añado, que en los trágicos que continuamente ocurren con los picadores, se hace más indispensable su corrección. Es cierto que la costumbre de ver a cada instante caer y sacar estropeados de las garras de la muerte a los picadores, nos hace mirar sin toda la sensación que corresponde, el abandono de sus vidas, ni contemplar que, aunque pocos las pierdan en las plazas, son muchos los que de resultas no llegan a viejos, o quedan lisiados o enfermos.

Y si por desgracia, la expresada inconsideración que nos conduce a estar como familiarizados en ser indolentes testigos de semejantes tragedias, no disminuye en modo alguno la esencia de ellas, ni la de los consiguientes cargos a que su presencia nos conduce, ¿Por qué no hemos de buscar el urgente medio de moderar aquello? Este es el de que por ningún respeto se consienta la salida de picadores, intrusos, de desconocida o poca acreditada habilidad. Que los que se admitan ser representen en caballos de su entera satisfacción. Que las púas de las varas estén proporcionalmente desnudas y sin los extremados topes, que imposibilitan la defensa de los hombres, es que en viendo que sin el inevitable riesgo de ser atropellados, caídos y hechos una miseria por los toros, no puede contrarrestarlos la habilidad y el poder, después de habérsele puesto seis u ocho varas, cuanto más, se mande banderillearlos.
A excepción de algún otro individuo de los pocos que suelen informarse en el hecho de precipitar a los toreros con abominables insultos, o con indirectos aplausos, en el acto de las corridas, en sus concurrencias y tertulias, y aún esparciendo cartas y relaciones, en que tienen la gran debilidad de no poder exagerar el mérito de los que llaman sus apasionados, sin vituperar el de los demás lidiadores, censurándoles generalmente perjuicio de los mismos que en su obstinada preocupación y capricho celebran, repito, que a excepción de los insinuados enemigos de la humanidad, la del todo el pueblo racional y culto desea, que el valor y la destreza de los lidiadores triunfe de la terrible ferocidad de los toros, como generalmente se logrará, haciendo el mérito debido de las precauciones manifestadas.
Muy interesantes son, sin disputa, todas las reflexiones que van expuestas, si se atiende a su intergiversable esencia, y a la sinceridad y buen espíritu con que van producidas.
Nadie, contemplo, que dejará de confesarlo así, aunque en el particular no tenga otras nociones que las generales que inspira la racionalidad más común. Tampoco me persuado que a la misma se oculte otro de los puntos, en que con incomparable superioridad a los tocados se debe fijar la atención en honor a la humanidad. Esta clama por el ejecutivo remedio de que el público no le veamos en muchas corridas ser objeto de la furia de los toros que saltan a los tendidos, y que, aunque pocas veces, han sido algunas en distintas plazas a la grada cubierta y balcones. Para impedir estos dolorosos resultados, deben ejecutivamente vencerse todos los obstáculos que se puedan oponer, por más dispendiosos e insuperables que parezcan.
Si tanto en este punto, como en los demás expresados y que convengan tocarse, se lograra la reforma que es de esperar, las obras pías y públicas, interesadas en los productos de las funciones, los multiplicarían con superabundancia en la mayor concurrencia de las innumerables gentes, que, por no verse en los explicados conflictos personales, ni miran en los demostrados a los lidiadores, dejan de asistir a las corridas.
Contestando a lo que la bondad de Vd. se sirve preguntarme en razón de lo que me parece de las estocadas a toro parado, y aun cuando arrancan a desproporcionada distancia, como también, en qué sostengo la opinión de ser utilísimo que los toreros de a pie, igualmente que los de a caballo, fuesen bi-diestros, digo, que las estocadas al volapié (inventada por la refinada y original destreza de Costillares), con el fin de que las clases de toros que le designaran, y antes se mataba de muchas estocadas con demasiado riesgo, en el día le rematan con incomparable menos, que cuando embisten y con la prontitud que vemos (únicamente deben usarse con los que por cobardes, cansados, débiles, vencidos de las varas y banderillas u otra inopinada causa, no parten y consienten que el lidiador se les aproxime lo necesario al efecto, estando en la suerte que corresponde; en cuyo acto no debe detenerse en arrojarse al toro, por las muchas y poderosas razones, que por no dilatar me reservo.
Los toros en que no militan dichas circunstancias, deben estoquearse arrancados, y avanzando de más o menos retirado, según lo pida la proporción oportuna que se presente. En este supuesto, los que se hayan de estoquear así, conviene queden con el poder, que es útil pierdan punto menos que del todo, para verificarlo al volapié. En los matadores notamos, que unos los matan con más lucimiento y facilidad de aquel modo, y otros de este. Penetrada por el magistrado dicha variedad, infiero hará la debida objeción para medir y disponer al indicado efecto cuanto debemos esperar para la complacencia del pueblo y a la seguridad y brillantez de los estoqueadores.
Estos al propio tiempo deben cortar el abuso de los muchos capotazos, que por lo común vemos en los ruedos, hacen quites y corren los toros fuera de propósito, enseñándolos a que traigan la cabeza alta, no obedezcan al engaño, le desarmen con incesantes derrotes, y en una palabra, les conviertan de sencillos en pícaros, reparados y detenidos para el estoque, banderillas y demás suertes. Al mismo tiempo conseguirán que libre la plaza de tantos objetos como distraen la atención de los toros, les partan sin la incertidumbre que aumenta imponderablemente el riesgo de unos y otros lidiadores; y por último, se acusará el incidente, tropel y confusión que causa el concurso de un gran número de operarios que deben existir entre barreras hasta que les toque el turno de su salida.

Por lo que mira a las razones en que fundamos las ventajas que produciría el que los toreros fuesen “bi-diestros”, no es necesario otra prueba que la de reflexionar, que casi en todas partes de la plaza se hallarían en su suerte, pues la que fuese mala a una mano seria por lo general forzosamente buena para la otra, por lo que, ni los toros tuertos del ojo derecho, el estar picardeados o resabiados por el propio lado, ni otros muchos inconvenientes que se tocan en el día, se graduaría de tales por los que indistintamente usasen ambas manos. Por hacerlo así, en lo respectivo a la suerte de banderillas Sebastián de Vargas y otros de los que componen las cuadrillas de esta plaza, no solo los ha constituido en la esfera de sobresalientes, si en la de trabajar con mucha menos contingencia que los que únicamente parean, por un lado.
En innumerables oficios y artes de mayor dificultad que el de torear (para lo que es la agilidad de ambas manos) vemos que los ejercitan con igual manejo, sin embargo, de que les interesa su individual provecho y seguridad incomparablemente menos que al lidiador. Luego ¿Por qué éste no debía esmerarse en una adquisición que tanto le interesa?
No pudiendo olvidar las dolorosas consecuencias a que conducen unas desgracias semejantes a las mencionadas, creo firmemente que si llegase el afortunado día en que los toreros reflejasen como deben, establecerían un Montepío para los que se retirasen, inutilizaran, viudas y huérfanos de los que fallecieran; cuya fundación es quizá más urgente que todas las de su clase y que hay creadas, atendidas las razones en que han cimentado.
Reitero a Vd. el inalterable deseo que en todas distancias y situaciones me dispense preceptos en su obsequio.
B.L.M. de V. su más apasionado amigo y servidor:                                            J.T.”. Madrid 15 de Mayo de 1801.

Concluiremos los apuntes de la desgraciada muerte de Pepe-Hillo, copiando los tres sonetos y el epitafio que en el mismo documento se leen, contentándonos con lo expuesto; pues ¿a qué más comentario? Cuando una desgracia de igual naturaleza pone fin a la vida de un hombre, cual este de que tratamos, y que era tan apreciado del público, el silencio es el lenguaje más expresivo que usar se puede.
No dejaremos, sin embargo, de decir que el toro que ocasionó tan cruel catástrofe, pertenecía a la antigua ganadería de Peñaranda, y que la cabeza disecada, se halla colocada en uno de los salones de la Historia Natural de Madrid, donde se observa con cierto respeto quizá por conservar la memoria de aquel desgraciado acontecimiento.

A José Delgado (Pepe-Hillo)

Sonetos I
Hombre tanto en la suerte desgraciado
Cuanto animoso en la difícil suerte:
¿Cuántas veces en los brazos de la muerte,
¿Te vió el espectador por arrestado?

Lidiador, que a las fieras presentado
Con arte y gracia, osabas atreverte
Despreciando el peligro de exponerte,
Por agradar a tanto apasionado.

¿Qué mucho que tu muerte yo temiera,
si para ti guardaba yo mi gloria?
Escena tal, ¡oh, nunca yo lo viera!
Más no podré olvidar tu triste historia,
Que, aunque postró tu vida horrible fiera,
Eterno vivirás en la memoria.

II
Aquí yace mortales, quien venciendo
Del feroz bruto la violenta saña,
Triunfó mil veces con destreza extraña
Vítores repetidos consiguiendo.

Murió por fin, al golpe más tremendo
Que en su cerco gentil miró la España
Y aun viéndolo discurre que se engaña
Y que no escucha el popular estruendo.

Vosotros, lidiadores, que animados
De aplausos necios, e intereses pocos
A igual riesgo corréis precipitados,
Dejad en el momento de ser locos,
Conociendo en tan trágica experiencia
Que no hay arte a frecuente contingencia.

III
Aquel valiente toreador, que el pueblo
Aclamó justamente veces tantas
A cuyo brazo diestro e invencible
Despojos abortó Tajo y Jarama.

Aquel, que a la cerviz más fulminante
De Gijón, Colmenar y Guadarrama
Vió rendida a sus pies, los que gloriosos
En raudales de púrpura pisaba.

Yace al golpe fatal de armada testa
No al miedo lo causó, sí la desgracia
Que si el gran Romero la fortuna
Pepe-Hillo, el animoso, disfrutara.
Ni la fama de aquel fuera tan una
Ni este en la sepultura se mirara.

Epitafio
Pasajero, aquí yace sepultado
Aquel famoso Pepe-Hillo, aquel torero
Que habiendo sido siempre celebrado
Tuvo al fin desgraciado paradero
Detén el paso, miradlo postrado
No celebres su orgullo lisonjero
Pues toda gloria vana desfallece
Y el que busca el peligro, en él perece.


Tuesday, December 19, 2017

Juan Belmonte "El Pasmo de Triana". 1892 - 1962



En la historia de la Fiesta Nacional hay dos grupos de toreros: el primero es Juan Belmonte; en el segundo: todos los demás. Nadie en la Historia Taurómaca la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que se son por lo que fue Juan Belmonte.

“El Pasmo de Triana” nació el 14 de abril de 1892 en el barrio sevillano de La Alameda, número 72 de la calle Feria, aunque su familia no tardó en trasladarse al barrio de Triana, donde viviría toda su niñez. De origen humilde, su padre era quinquillero, Belmonte creció entre escapadas a las capeas de becerras y de las dehesas.



Con diecisiete años, vistió su primer traje de luces en Elvas, Portugal, en una corrida a la portuguesa, con los toros embolados y sin muerte. Debutó en la Maestranza de Sevilla en agosto de 1910, pero un año más tarde repitió en la misma plaza y fracasó ante un mal toro.
En 1912, con tres novilladas triunfales en Valencia le dieron de nuevo la oportunidad de volver a la Maestranza, donde se consagró saliendo por la Puerta del Príncipe y lo llevaron a hombros hasta su misma casa, en Triana. Fue esta etapa de novillero cuando, para los entendidos, se fraguó en la muleta y en los pies de Belmonte el paso del toreo decimonónico al Toreo Moderno. Su revolución, apoyarse en dos conceptos básicos: la quietud y el temple ante el toro. Fue el primer matador que mantuvo quietos los pies ante el astado, ayudándose con el juego de brazos. Su temeridad y valor le convirtieron en mito. Intelectuales y artistas le admiraron, fascinados por el clima dramático que creaba en el ruedo.
Don Ramón del Valle-Inclán le dijo en una ocasión: “No te falta, hijo, más que morir en la plaza” –a lo que Belmonte respondió: “Se hará lo que se pueda”.
El 16 de octubre de 1913, tomó la alternativa en Madrid, actuando de padrino Machaquito, que se retiraba del toreo esa misma tarde, y de testigo Rafael El Gallo. Al año siguiente, en 1914, torearon por primera vez juntos, Joselito El Gallo, hermano menor de Rafael.
La competencia entre los dos diestros, hasta la muerte de Joselito en Talavera de la Reina en 1920, daría lugar a la Edad de Oro del Toreo.
Decenas de corridas cada año, las plazas llenas hasta la bandera, los tendidos inflados de pasión y España divida entre gallistas y belmontistas. Joselito representaba la perfección del toreo clásico, la elegancia. Belmonte la ruptura, la temeridad, sus verónicas imposibles, sin rectificar los pies, y el pase al natural representaron para muchos el salto definitivo del Toreo al Arte.




Y llegó Juan Belmonte. Hubo en aquel tiempo excelentes toreros de segunda fila, algunos de los cuales serían hoy grandes figuras, como Paco Madrid, gran estoqueador, Agustín García Maya, a quien mató un toro en la plaza francesa de Lunel; el gallego Celita, buen estoqueador; Curro Martín Vázquez, estoqueador excepcional, materialmente cosido a cornadas y creador de la dinastía a la que pertenece su hijo Pepín, un excepcional artista; el Vasco Cocherito de Bilbao, cuya afición estableció el club taurino más antiguo de España, que todavía existe; y un sinfín de toreros olvidados, más o menos brillantes, que llegaron a sonar en su momento, como el almeriense Relampaguito, o El Moreno de Alcalá, a quien le cogían los toros hasta haciendo el paseíllo, Bombita III, hermano menor de los Bombas, el vallisoletano Pacomio Peribáñez, y Serafín Vigiola Torquito, suegro del humorista y académico Don Antonio Mingote, quien fue un torero de buen corte y enorme decisión en el manejo de la espada, pero que tuvo la desgracia de coger de lleno la época de Joselito y Belmonte.
Cuando llega a la fiesta Juan Belmonte no soplan precisamente buenos vientos para las corridas de toros. Creo que ha sido el gran escritos Néstor Luján quien mejor vió el problema. Porque, pese a lo mucho que se ha escrito del entusiasmo belmontistas de la generación del 98, lo cierto es que antes de la aparición del genial Pasmo de Triana los intelectuales estaban dispuestos a acabar con la Fiesta de los Toros.
No. No fue favorable en un principio ese movimiento ideológico liberal para la Fiesta Nacional. Esta generación se enfrenta bravamente al espectáculo más español. Renegaba Don Joaquín Costa de un pueblo que paseaba a hombros al Guerra la misma tarde en que nuestra escuadra naval se hundía en Santiago de Cuba. El mismo Antonio Machado ataca violentamente a las corridas de toros. Don Pío Baroja y Don Jacinto Benavente se desentienden, Don Santiago Ramón y Cajal las desprecia y Eugenio Noel se dedica con su formidable y cálido verbo a combatirlas en numerosas conferencias que da por toda nuestra geografía. En Sevilla, los aficionados le corrieron por las calles pretendiendo cortarle su romántica melena.
En ese preciso momento llega Juan Belmonte y pone delante de todo el tema tremendo, estremecedor, de la muerte española. Muestra que sólo en España se puede encontrar un público que haya elevado la muerte a espectáculo nacional. Hace callar a casi todos los intelectuales, que pasan de repudiar la fiesta de los toros a convertirse en sus más acérrimos partidarios. Y es que Juan rompe con aquel espectáculo de horrible brutalidad que se combatía violentamente. Toma los caminos de la estética, de la escultura viva. Se reducen los espacios, crece el ajuste, se sueltan los brazos, se pierde el sentido atlético para dar paso a la lentitud.

Hasta el mismo Don Antonio Machado, que siempre había dicho que las corridas de toros no constituían un espectáculo, ni siquiera divertido, acaba por reconocer, tras la aparición de Belmonte, que naturalmente las corridas de toros no pueden divertir a nadie, porque constituyen un espectáculo demasiado serio para ser una diversión. Empieza a entender que la fiesta no es un sucio ejercicio de matadero, que el torero no es un verdugo, ni un matarife. “¿Será acaso un sacerdote?”, se pregunta el inmortal poeta, que, a través de Belmonte, entiende el fervor taurino, el rito, la ofrenda de la muerte del animal a un dios, con minúscula, extraño, y desconocido. A Belmonte hay que atribuirle el soberbio viraje de los intelectuales y de toda la afición, que ya ven la fiesta de otra manera. Las corridas de toros han dejado de ser una bárbara lucha para suavizarse y derivar por los senderos del arte.
Desde Belmonte, el toreo, que sigue teniendo una enorme carga de riesgo, gana su propia supervivencia al perder el ochenta por ciento de aquella bárbara orgía de sangre que se presentaba no sólo en la época goyesca, sino en las corridas de principios de siglo. Todo cambia con Belmonte. Empezando por el toro, porque los ganaderos comienzan a preocuparse de criar un toro que sirva para un toreo estilizado. La lidia ha dejado de ser una preparación para la muerte, y llegaría un tiempo –el que estamos viviendo- en que todo lo que se desarrolla en el ruedo va encaminado a la brillantez del toreo de muleta.
Si algún mérito tuvo el colosal Juan Belmonte fue el de haber hecho la revolución con el toro de entonces. Los que vinieron después, los que mejoraron incluso su arte, aquellos que perfeccionaron la obra del coloso trianero, ya se encontraron con un toro más a la medida para esta nueva forma de interpretar el arte del toreo.
Juan Belmonte es el padre del temple, la personalidad más grande que haya podido tener cualquier torero en un redondel y, conviene no olvidarlo, el que ha hecho posible que la fiesta haya podido llegar hasta nuestros días, saltando por encima de todos los obstáculos y diatribas que se le ponían de no poco peso.

Todo en Juan Belmonte fue diferente. Como todos los grandes genios, sería imitado, pero tomarían de él sus defectos, porque era imposible copiar sus virtudes. Es cierto que rompió con lo que de hermoso tiene la torería, ese andar por las calles viviendo y sintiéndose torero. Juan quitó hasta la costumbre de usar la tradicional coleta; pero fue excepcional, único e irrepetible.

Murió en su cortijo sevillano de Gómez Cardeña en un anochecer de un domingo descerrajándose un tiro en la cabeza debajo del retrato que le hiciera Don Ignacio Zuloaga. Hasta el suicidio y la forma de llevarlo a cabo fueron fruto de la improvisación. Había estado todo el día montando a caballo. Creía que tenía una enfermedad incurable. Luego la autopsia revelaría que no era así. Pero lo de su espantosa muerte no deja de ser una penosa anécdota. Lo importante es que Juan Belmonte fue un torero inconmensurable, el que hizo posible que hoy estemos todavía presenciando corridas de toros.
¿Por qué se suicidó Juan Belmonte? Nadie lo sabe con seguridad, pero existen varias pistas. Desde joven, tenía obsesión con la muerte, siempre llevaba consigo una pistola pequeña. No se resignaba a la decadencia física. Temió que una hernia de hiato fuera una enfermedad más grave. Le impresionó mucho ver a su gran amigo Julio Camba, en el hospital, llenos de tubos: él no quería morir así.

Enriqueta Pérez Lora, el último amor de Belmonte. El 8 de abril de 1962, a punto de cumplir los 70 años, visitó a Enriqueta, le dejó varios regalos, un portacalcetines de oro, un bolígrafo para el frac, un sobre con dinero y varias fotografías dedicadas: “Cuando yo me muera, si necesitas dinero, véndeselas a una revista extranjera, que las pagarán bien”.
Y, como tantas veces, en broma, ella le tiró una zapatilla, pero él ya no pudo volver otro día para devolvérsela. Esa tarde, recorrió a caballo su finca, acosó y derribó algunas reses, quiso encerrar en la plaza de tientas a un semental. Lo contó su amigo Andrés Martínez de León: “¿Quiso despedirse de la vida enfrentándose a un toro de verdad? ¿Quería que el toro lo matara? Ya anocheciendo, casi a dos luces, en “la hora de Belmonte”, se encerró en su despacho, puso en marcha el ronroneo del motor que daba luz al caserío y se pegó un tiro”.

La historia de Enriqueta, una historia de película. Había nacido en Camas, en 1920. Era la sexta de ocho hermanos. Siempre estuvo unida a su hermana Patrocinio, 13 años mayor que ella, que, al comienzo de la guerra civil, se casó con un hombre que le sacaba 15 años. Al trasladarse el matrimonio a Sevilla, Enriqueta los acompañó, ayudaba en las tareas domésticas y trabajaba en una fábrica de azafrán. Murió Patrocinio en el parto de su segunda hija y Enriqueta, con las dos niñas, volvió a casa de su madre, en Isla Cristina. La madre y el viudo presionaban a Enriqueta para que se casara con él, en un “matrimonio blanco”, para evitar que las niñas fueran a un colegio de huérfanos. Movida por su cariño a ellas, accedió, por fin, a esa boda. Antes de un año, el marido reclamó sus derechos conyugales, al negarse Enriqueta, la maltrataba. Ella decidió escaparse, vendió a una vecina los pendientes que llevaba, con ese dinero, huyó a Sevilla, donde la recogió un párroco, que la alojó en un convento de monjas Adoratrices. A pesar de que un médico certificó su virginidad, no logró la nulidad matrimonial. Para alejarla del marido, las monjas la recomendaron a la hija de Juan Belmonte, que la contrató para el servicio, en el cortijo Gómez Cardeña.
En 1942, Enriqueta tiene 22 años; Belmonte, retirado ya de los ruedos 50. Ella no le conoce ni sabe nada del mundo taurino. Cuando la ve, por primera vez, Belmonte le pregunta: “¿De dónde ha salido este bicho tan feo?”. Pero ella no se corta y contesta: “¡Anda que usté! ¡Cómo qué no es feo! ¿Cuánto hace que no se mira al espejo?”. Tienen que avisarle de que es el señor de la casa, y este se ríe a carcajadas.

Cuando enferma Enriqueta, la atiende el médico de cabecera de la familia, Joaquín Mozo. Le diagnostica dos manchas en el pulmón, necesita reposo, vitaminas y buena alimentación. Belmonte le busca un alojamiento, pagando él todo, con la promesa de que, cuando esté bien, le encontrará un trabajo. Vive ella dos años y medio en una casa de Higueras de la Sierra, en Huelva. Allí la visita el médico, para las revisiones, y Belmonte para hacerse cargo de los gastos.
Ya recuperada, Enriqueta le pide el trabajo prometido, pero Juan Belmonte se ha enamorado. Él está separado de su mujer, pero, en España, no existía el divorcio. Ella contó que él se arrodilló a sus pies, con la cabeza en su regazo, y suplicó: “¡No me dejes, por favor! Soy un hombre que está solo y te quiero”.
Así comienzan cerca de 15 años de convivencia. Estaban juntos, pero hacían una vida discreta. Ella vivía en una casa de la calle San Vicente. Se veían a diario. Cuando iban a los toros se sentaban en localidades distintas. Hubo etapas muy felices y también conflictos. A los cuatro años, se pelearon y Enriqueta lo dejó, se fue a Madrid, con el dinero que tenía ahorrado, montó una perfumería. Belmonte no aceptó renunciar a ella, la localizó y consiguió que volviese con él. Pero los tiempos más felices, quizá, ya habían pasado.
La mañana del 8 de abril de 1962, Belmonte que estaba a punto de cumplir 70 años, la visitó por última vez. Le llevó un sobre con dinero, un maletín con objetos personales y varias fotografías dedicadas, por si necesitaba dinero, las vendiera a la prensa extranjera, le tiró la zapatilla, como era costumbre, al despedirse, pero él ya no volvió a devolvérsela.
Enriqueta todavía no había cumplido los 42 años, cuando asistió, en Madrid, a un homenaje a Belmonte que le dedicaron sus amigos, que también lo eran de ella. Su vida dio un giro, logró un trabajo fuera de España, durante más de diez años cuidó a los hijos del actor Anthony Quinn. Por su simpatía, él la llamaba “Torre del Oro”.

Volvió luego a Sevilla, a su vivienda de la Avenida República Argentina. Rechazó muchas ofertas sensacionalistas de la prensa. Algunos han querido quitarle importancia; negar, incluso de su existencia. Además de algunos objetos, fotos y papeles, ella guardaba sus recuerdos. Su vida no fue fácil pero el destino le otorgó un gran regalo: haber sido el último amor de un genio, llamado Juan Belmonte.


Thursday, November 23, 2017

PEDRO ROMERO

 Para muchos entendidos en la tauromaquia, Pedro Romero fue un visionario adelantado a su época, quien dijo y recomendaba, un siglo antes de que naciera Juan Belmonte y Manolete, la quietud del torero ante el toro, en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla: “…el que quiera ser torero, ha de pensar que, de cintura para abajo, se carece de movimientos… El toreo no se hace con las piernas, sino con las manos”.
EL ARTE DE TOREAR

BIOGRAFIAS DE LOS PRIMEROS TOREROS DE LA HISTORIA


Pedro Romero nació en Ronda, el 19 de noviembre de 1754 y falleció, en su pueblo natal el 10 de febrero de 1839. Descendiente de una dinastía muy conocida de Ronda, su padre Juan Romero y su abuelo Francisco Romero (véase en sus respectivas biografías ya mencionadas). También sus hermanos menores, José, Gaspar y Antonio fueron matadores de toros.
Los años de su infancia nada ofrece que merezca explicarse con particularidad, si decimos que recibió una muy modesta enseñanza, como consiguiente a su cuna, y que desde pequeño desarrolló unas fuerzas poderosas. Llegado a los 12 años, y deseoso su padre de ocuparlo en cosa que le fuese útil y lo separase del juego y entretenimiento propio de su edad, le aplicó al oficio de carpintero, lo cual no disgustó a sus amigos de juegos, a los cuales vencía siempre, merced a sus dotes físicas. A poco de ejercitarse Pedro Romero en las faenas propias del oficio de carpintería, descubrió una destreza y agilidad tan extraordinaria en sus movimientos, que unido a sus naturales fuerzas, hacía de él un joven con poder y de quien podía sacarse un gran partido, de haberle dado una educación gimnástica.
Entrado que hubo Pedro en más edad, y al paso que cursaba su nunca interrumpida carrera, se iba despertando en él una marcada inclinación al torero, con el consiguiente disgusto de sus padres, por no querer ocuparse de otra cosa. Ni los consejos más bien entendidos de una madre cariñosa; ni las más severas amonestaciones de la misma, tuvieron suficiente poder para distraerlo de la afición que al toreo tenía. Por entonces se anunciaba, en la población de Los Barrios una novillada, y varios señores de Ronda comprometieron a Pedro Romero para que fuese a matar dos, a cuya exigencia, él accedió, sin contar para ello con otros conocimientos que las breves y superficiales explicaciones que en varias ocasiones había oído referir a su padre.
En efecto, provisto el bisoño torero de los útiles necesarios para ejecutar cuanto era de su deber a causa del compromiso que había adquirido, asistió a la función y mató ciertamente los dos toros, sufriendo una cogida en el segundo, de la que resultó hecho pedazos el calzón de torear con que se adornaba, única gala que, de momento, poseía.
Ciento veinte reales le fueron entregados a Pedro Romero por vía de gratificación en aquella especie de novillada, y esta fue la primera recompensa que recibió el novillero que luego supo alcanzar tantos y tan señalados triunfos. Volvió a Ronda el improvisado matador de toros, y su angustiada madre le hizo el recibimiento que puede calcularse, olvidando la conducta de su hijo con el placer de estrecharlo contra su pecho; no obstante, amonestó a Pedro con la mayor severidad, y aun expresó su decisión en referirle a su padre, que se encontraba en Madrid, todo lo que ocurría, incluso la aventura del revolcón acontecido en la plaza de Los Barrios.
Pedro Romero suplicó a su madre, que no lo hiciese, protestando solemnemente de que no volvería a torear, y con esto tranquilizó en cierto modo a la autora de sus días. Poco después de lo sucedido, le propusieron torear dos novilladas en Algeciras, y olvidándose enteramente de sus anteriores protestas, se comprometía a matar dos novillos cada tarde por la remuneración de diez pesos cada una; lo que realizó con tan mala suerte, que fue cogido en ambos. Posteriormente, aunque en la misma temporada, fue ajustado para torear dos novillos en una corrida que hubo en Ronda, para lo cual fue invitado por aquellos caballeros maestrantes, recibiendo diez pesos por esta función.
Por la narración que llevamos hecha, podrán conocer los lectores que Pedro Romero no cejaba en su propósito, y que nada le importaba ya que su padre se cerciorase de su conducta, puesto que no se recataba de nadie. La madre lloraba en tanto los peligro a que su hijo se exponía, pero al propio tiempo rogaba por su vida al Todopoderoso, que es el único recurso de un padre cuando su autoridad no es bastante a separar a un hijo de la senda tortuosa que por su instinto se eligiera. Tal era la situación de la esposa de Juan Romero al llegar al mes de noviembre del año que nos referimos, época en la cual concluía éste la temporada de toros en Madrid, y regresaba a Ronda.
No hubo llegado, cuando fue instruido y abroncado por el padre, ante la conducta de Pedro. Éste recibió las broncas con notable tranquilidad y sin muestras de desagrado, postergándolo al olvido en tres o cuatro días. Cumplidos los cuales llamó Juan Romero a Pedro, y con esa gravedad que los padres de entonces usaban, generalmente entre su familia, le dijo estas palabras que el mismo Pedro Romero contaría después en varias ocasiones:
-¿Conque quieres ser torero, Periquillo?
- ¡Vaya, hombre!
Pedro fijó sus ojos en el suelo, y nada se le ocurrió contestar, quizá por temor a la cólera de su padre. Juan, que adivinó cuanto por su hijo pasaba, se vio precisado a decirle:
-Respóndeme, chiquillo, ¿quieres ser torero?
-Sí señor padre, dijo Pedro, eso no es ninguna deshonra, usted lo es, y yo quiero seguir la misma profesión.
-Pues mira, Periquillo, para ser torero se necesita ser muy bueno, o no serlo, conque asi, mírate en ello; piénsalo esta noche y mañana me contestarás.
No se volvió a hablar más palabra sobre el asunto la noche en cuestión, ni Juan quiso dilatar la tertulia por más tiempo. Pidió de cenar, y después de rezar lo que tenía de costumbre, se retiró a su lecho a esperar la salida del sol del siguiente día. Todos los que pertenecían a la familia descansaron tranquilos, excepto Pedro, que solo ansiaba la venida de la aurora, y cada momento que transcurría era para él un pesado siglo que entorpeciera su carrera para privarle de un vehemente deseo en expresar a su padre lo que por conclusión había resuelto. En tan penosa intranquilidad existía Pedro, cuando las campanas de la parroquia, que convocaban a misa primera a sus feligreses, le hizo conocer que el día se acercaba y a este acto religioso su padre acudía diariamente; y cuando salió de su habitación para este objeto, ya su hijo le aguardaba con impaciencia para manifestarle el resultado de su meditación. Después de dar los buenos días y besar la mano a su padre en testimonio del respeto que le profesaba, le dijo:
-Padre, quiero ser torero, lo he pensado bien y estoy resuelto.
-Bien, hombre, bien, ¿y cuantos toros has matado? Preguntó Juan a su hijo.
-Ocho novillos, padre.
-¿Y todos te han pegado? Interrogó Juan seguidamente.
-No señor, algunos no han podido cogerme, pero en dándome usted algunas lecciones, yo procuraré aprovecharlas para que no me enganchen.
-Pues bien, dijo Juan, deja que esté el toro delante, y yo te diré lo que has de hacer y de la manera que lo has de pinchar.
Esta narración del padre infundió a Romero tan sin igual satisfacción, que ya se consideraba con ella el más aventajado de los toreros e invulnerable ante el toro. Su alegría se la comunicó a su madre y demás familia, y acompañando después a su padre a la iglesia se conceptuó el mozo más afortunado de la tierra.
Era costumbre de Juan Romero, luego que concluía la temporada de la lidia en Madrid y regresaba a Ronda, celebrar anualmente una función de toros gratuita, por su parte, en acción de gracias por haber salido con bien aquel año, y el producto de ello lo dedicaba a las ánimas benditas; tenía solicitado el permiso para su ejecución, y como le fuere concedido, mandó anunciar en los carteles que su hijo Pedro Romero le ayudaría a matar los seis toros que aquella tarde debían de lidiarse. Esta noticia fue bien recibida de todos, y tanto los inteligentes como los profanos, anunciada se presentó Juan Romero en la plaza acompañado de su hijo Pedro, y una salva de aplausos resonaron por todos los ángulos de la plaza. A tan espontánea manifestación siguieron los vítores de los más afectos, y entre una y otra demostración de aprecio, ejecutaba Juan Romero con las reses diferentes clases de suertes que aumentaban el entusiasmo de los espectadores. Por último, Juan Romero se encargó de dar muerte al primer toro para aleccionar a su hijo y que este adquiriese una concisa idea de lo que era forzoso practicar.
Esta fue la primera vez que el lidiador, de que hablamos, vio torear a su padre. Todos los toros restantes de aquella tarde, se lidiaron a mano de Pedro Romero, excepto el cuarto, que, por ser un toro de mucho sentido, se hizo cargo el padre de darle muerte.
Veinte días después se le pidió a Juan Romero que torease gratuitamente en una novillada, que debía hacerse en el mismo Ronda, en beneficio de la iglesia del pueblo, que estaba en obras. Este no demostró ningún inconveniente, y, por el contrario, dio a conocer sus buenos deseos y suma complacencia en contribuir con lo que se le exigió; y teniendo lugar la corrida, Pedro Romero, con la complacencia de su padre, dio muerte a los seis novillos que se lidiaron.
Un lance desagradable pudo tener lugar en esta función en la lidia del cuarto toro, emanado de la valentía de Pedro para con las reses; pero el entendido Juan, libró a su hijo del peligro, haciendo un quite de bastante mérito, aunque no tan feliz como debiera, pues el veterano torero sufrió una buena cogida. El cura quiso pagar a Pedro Romero por aquel servicio, pero él rehusó y no quiso admitir, y de este modo concluyó el año de estreno en la profesíon de torero que Pedro Romero había abrazado.
Llegó el año siguiente y Juan Romero fue contratado para torear tres corridas de toros en la plaza de Jerez de la Frontera, a la cual llevó a Pedro como segundo espada, y aquí fue donde éste vio por primera vez la suerte de varas. En la misma temporada acompañó a su padre a las corridas que se celebraron en algunas plazas de Extremadura y en la costa de Málaga, donde toreó como segundo espada con su padre.
Cuando estas cosas ocurrían, contaba Pedro Romero 17 años, y a tal edad le acompañaban buenas formas, robustez, agilidad y una fuerza colosal, cuyas cualidades reunidas hicieron concebir grandes esperanzas de este torero, que ciertamente no fueron defraudadas, porque cada día se le notaban adelantos y progresos en su profesión. Poco tardó Pedro Romero en conducir su fama de buen torero por todos los ángulos de la península, recibiendo en todas las plazas los aplausos a que se hacía acreedor por el brillante desempeño de su ejercicio; hasta que tan merecida reputación le contrataron en Madrid.

En la Corte adquirió bien pronto las simpatías de todos los aficionados, porque veían en él a un torero consumado en cuanto al conocimiento de los toros, y que poseía un valor a toda prueba para ejecutar la suerte que más reclamaba la condición que exigía cada toro en su lidia.
Descritas estas particularidades, pasemos ahora a designar cuales fueron sus suertes más favoritas y en las que más se distinguió. Con relación a ellas diremos, sin temor de equivocarnos, que Pedro Romero poseía todas las conocidas en la muleta, con tanta perfección, que pocos le han aventajado; jamás huyó del toro cuando con ella adornaba su mano izquierda, y siempre hizo que el toro obedeciese a su impulso, como pudiera hacerlo al freno el más arrendado caballo; por ello libró su vida más de una vez evadiéndose de los peligros en que lo situaba su valor y confianza. Pero no era este, sin embargo, el motivo de su celebridad, ni la razón porque debía adquirir la reputación que tan justamente se le concede en el toreo; la más principal, lo de que por mucho tiempo no hubo ejemplo, fue la de liar su muleta y recibir el toro a muerte. Nadie le aventajó tanto en serenidad; ninguno le excedió en confianza; pocos pararon tanto los pies. Para confirmar más y más las justas razones que nos asisten al explicarnos de este modo, referiremos algunas de sus conferencias pronunciadas por Pedro Romero en Sevilla, cuando se le nombró maestro de aquella escuela de tauromaquia:
“El matador de toros, debe presentarse al bicho, enteramente tranquilo, y en su honor está no huirle nunca teniendo la espada y la muleta en las manos. Delante del toro, no debe contar con sus pies, sino con las manos, y una vez el toro derecho y arrancando, debe parar a aquellos y matar o morir”.

Tales principios eran los que Pedro Romero recomendaba a sus discípulos, y por su parte los observaba con tanta rigidez, que infinitas veces se le oyó recomendarlo a los mismos cuando les enseñaba la suerte de matar toros recibiendo, en cuyos momentos se explicaba de este modo:
-¡Parar los pies, muchachos, y dejarse coger que es la manera de que los toros se consientan y se descubran bien!.
Estas palabras sumamente compendiosas, demostraban cuanto podía desearse, y mucho más con la seguridad y confianza que eran vertidas por el maestro. Este fue su sistema y sin disputa el que le produjo a Pedro Romero la celebridad de que gozó, y la fama que corriendo pasará a la más remota posteridad.

Las facultades físicas del torero que nos ocupa, fueron ciertamente un elemento muy poderoso para su lucimiento, puesto que reuniendo las de tener una estatura alta, agilidad y unas fuerzas considerables, contaba con las más indispensables dotes para la lidia. Pero si el corazón y la inteligencia no le hubiesen acompañado, ¿Habría conseguido tanta aceptación y justo renombre? Creemos que no; su reputación fue general, nadie dejaba de confesar el mérito de Pedro Romero, y esta circunstancia hizo que trabajase en todas las plazas de España, recibiéndole el público con entusiastas aplausos. Aunque mencionadas las proporciones artísticas de Pedro Romero, nos queda de mencionar de los grandes conocimientos que tenía del toro, infinitas pruebas dieron de ello en distintas ocasiones entre sus mismos compañeros, a quienes siempre eran útiles sus advertencias, esperando un funesto resultado cuando las desatendían.
Para probar esta verdad queremos recurrir a las cartas insertas en un libro, que con el título de Fastos Tauromáquicos se publicó en la Villa y Corte por los años 1845, las cuales dan una idea clara de la maestría y conocimientos del gran Pedro Romero y dice así:
“En el mismo año que mencionamos, y toreando Pedro Romero con el dicho José Delgado “Pepe-Hillo” en la plaza de Sevilla, mató aquel toro que correspondía a este, y que Pepe-Hillo no pudo concluirlo en razón a una cogida que tuvo, de la cual resultó quedar imposibilitado por entonces, y Romero con su acostumbrada destreza lo remató de dos estocadas, no sin encontrarse con bastante exposición, tanto en los momentos en que empleó su capote para librar a Pepe-Hillo, como en el que se ocupó de la misma operación: “el bicho tenía muchos pies y había adquirido mucho sentido”.
“En las fiestas Reales que se practicaron en Madrid a consecuencia de la jura del Rey Carlos IV, dispusieron corridas de toros, como era, por consiguiente, y Pedro Romero acudió a ellas como también Pepe-Hillo y el inteligente Joaquín Rodríguez “Costillares”; presentáronse al señor Corregidor de la Corte, para que cerciorado de la asistencia de estos dispusiera lo necesario y procedente.
Esta autoridad llamó una mañana a los lidiadores de que hablamos y les dijo:
-Señores, paréceme conveniente, que en virtud a la igualdad de crédito que disfrutáis como matadores de toros, no haya categorías entre ustedes en las funciones que se preparan, ni que se guarde el orden de rigurosa antigüedad, sino por el contrario, que se encargue de la dirección de la plaza el que le toque en la suerte.
Los tres lidiadores que estaban en presencia del Corregidor, guardaron un profundo silencio, y la autoridad en cuestión continuó en la operación del sorteo que había preparado, el cual debía injustamente resolver, quien de los toreros aludidos era cabeza en las fiestas que iban a tener lugar.
Difícil sería deducir, después de tanto tiempo, las razones que al Corregidor asistieron para una determinación tan contraria a la práctica hasta entonces usada. Respetémosla, por lo tanto, sin que por ello dejemos de calificarlo de parcial, tal como se deja conocer a la simple vista de todos.
Se verificó el sorteo, y tocó a Pedro Romero el privilegio de ser en aquellas fiestas ser el primer espada de los matadores. Así era lo probable, y aquí está demostrada la parcialidad. Veamos ahora las causas que a todo influyeron.
No bien se hubo designado a Pedro Romero jefe de la lidia, cuando el Corregidor tomó por segunda vez la palabra y le dijo:
-Supuesto que ha tocado a usted la suerte de representar a los demás lidiadores y de titularse jefe de todos ellos en funciones, como primer espada en las mismas, deseo me exprese si se obliga a matar los toros de Castilla.
-Me obligo a matar los toros que pasten en el campo, fue la atrevida contestación de Pedro Romero.
-Bien, contestó el Corregidor.
Pedro Romero hubo de ignorar el motivo de la pregunta que le habían hecho, o más bien quiso dejarlo de manifiesto, y dirigiéndose nuevamente a la autoridad, que con su lacónica contestación no le había satisfecho al parecer, le preguntó:
- ¿Tendría Vuestra Señoría la bondad de decirme el por qué se me hace esta observación?
El Corregidor, que, sin duda, aguardaba tales o semejantes palabras, sacó un papel y contestó:
-Esa observación es hija de que el famoso Costillares y el aventajado Pepe-Hillo, han solicitado por medio de memorial, de que se prohibiesen los toros castellanos.
-Pues yo mato todos los toros, sean de donde sean, -contestó Pedro Romero definitivamente.
Aquí cesó la conferencia habida, y por consecuencia la conformidad de Romero, se lidiaron estas corridas de toros de Castilla, a las cuales dio muerte el torero cuya biografía relatamos. No terminó, sin embargo, este incidente de una manera agradable y satisfactoria. Un tal tío Gallón, encargado de encerrar los toros, soltó a Pepe-Hillo uno de estos toros, bien por equivocación, o maliciosamente; y llegando el último tercio de su lidia, tocaron el último tercio, Pepe-Hillo se preparó para tal fin. El toro habíase hecho de cuidado, y buscando defensa se pegó a las tablas que constituían el rincón del Paso Real, (Plaza Mayor de Madrid). Pepe-Hillo fue en su busca con la valentía que le era tan natural, Pedro Romero le seguía, aunque a cierta distancia. Pepe-Hillo desplegó su muleta para pasarlo de aquel sitio, y Pedro Romero, que conocía la desventaja del torero por el terreno que ocupaba, le dijo:
-Compañero, échese usted, fuera y saquemos de ahí ese bicho, mire que ese torillo es un tunante.
Pepe-Hillo volvió la cabeza, y por única contestación dirigió a Romero una mirada despreciativa, en la cual iban recopilados todos los motivos de queja que de él tenía a causa de los antecedentes habidos, Pedro Romero comprendió toda su fuerza y se retiró agraviado. Pepe-Hillo deseaba colocarse en la suerte, pero antes de conseguirlo, el toro se arrancó, y el resultado de ello fue lastimoso y casi trágico, sufriendo una cogida de la que salió muy malherido. Pedro Romero voló en socorro de su compañero, pero fue en balde, ya estaba hecho el daño, y solo pudo serle útil para tomarle en brazos y conducirlo al palco de la Excma. Señora Duquesa de Osuna, que era la protectora de Pepe-Hillo, y desde allí a la enfermería, en cuya operación tardó un cuarto de hora. Cuando Pedro Romero volvió a la plaza, el toro se hallaba en el mismo sitio en que causó tan desgraciado acontecimiento, y los demás espadas indecisos en acercarse al toro; luego que vieron a Romero tomaron aquello los estoques; pero éste, que conocía la causa de tanta apatía, les dijo con voz aterradora:
-Quietos, caballeros, quietos; después de tanto tiempo, ninguno ha tenido el valor de irse al toro, y ahora que me han visto quieren todos hacerlo. Yo lo despacharé.
Armó, Pedro Romero la muleta, y provisto de su formidable estoque se dirigió delante de la fiera, y colocado a una distancia regular, una de las veces que citó al toro, este se arrancó. Romero le dio un cambio en la cabeza, el toro se revolvió y liando este famoso matador, aguardó la embestida; el bicho no se hizo esperar y quedó muerto en el acto de un buen estoconazo, en todo lo alto de los rubios.
Esta suerte valió a Pedro Romero muchos aplausos.
En la plaza de las Angustias de Jerez de la Frontera, Pedro Romero le mató otro toro a Pepe-Hillo, en razón a que este no pudo hacerlo por haber tenido una cogida, de la cual le resultó una herida en la ingle, sin otras varias cosas que ocurrieron de idéntica naturaleza.
Entre los lances de que Pedro Romero fue autor, y en los que se justificó su serenidad, valor y conocimientos, merecen figurar en primer término los que expresan algunas cartas, tomadas de la obra que antes hemos citado, y que, con referencia a una corrida de toros ejecutada en la plaza de Jerez de la Frontera, dicen:
“Hoy ha estado felicísimo Pedro Romero, y ha hecho lo que no harían otros matadores; ha muerto un toro que se había hecho receloso y de sentido, cuando iban entrando en el ruedo las mulillas para arrastrarlo, se le dieron las voces de Romero, ¡Huye, huye! Y en efecto, volvió la cara y se encontró con un toro escapado que estaba entre puertas para entorilarle, y viéndose perdido, si echaba a correr, determinó recibirlo a muerte, y lo agarró tan bien, que acabó en el mismo instante que el que tenía a su espalda, y las mulas sacaron los dos a la vez, valiéndose muchos aplausos y obsequios”.
La segunda carta, notable por su contenido, está fechada en Madrid, el 17 de julio de 1789, y firmada por el picador de toros, Manuel Jiménez, y dice así:
“Esta tarde he podido quedar en los cuernos de un toro, y debo mi vida a la inteligencia y oportuno capote del maestro Pedro Romero, cada día más celebrado y admirado de sus discípulos y aficionados. El tercer toro me ha puesto en un aprieto, animal de mucha cabeza, de bastantes kilos y rematando el bulto, tan luego como le cité me arrancó, y le puse una bara por cima del buquero, cuando sintió el hierro, se creció, y recargando de nuevo, me tiró delante de la puerta del arrastre, se levantó el caballo y me quedé tendido a la larga a cuerpo descubierto. Pedro Romero se hallaba a una distancia regular con el capote en la mano, y el toro puso la vista en mí sin embestirme y solamente se alegraba cada vez que miraba al torero, a Pedro Romero, y luego a mí, y cuando este movía el capote, el toro volvía a mirarle a él. Esta disposición del toro era fatal, y mi vida corría un inminente riesgo, porque no partiendo a ninguno de los dos, y permaneciendo aplomado, le daba lugar a dirigirse a cualquiera y tener una cogida, en esta confusión oigo la voz del maestro Pedro Romero que me dice: “Tío Manuel, levántese usté, sin cuidao”.
 Yo quise hacerlo, pero como estaba tan pesado, tardé en verificarlo, y enseguida tomé la barrera, Romero se fue retirando, andando para atrás, hasta cierta distancia; el toro se mantuvo quieto en el mismo sitio, y aquel no corrió, no fuese que la fiera se volviese, y en vez de seguirle, se volviera hacía mí, en cuyo caso, no hubiera podido librarme, porque todavía permanecía en el estribo de la barrera”.
Otra carta la escribió un aficionado de Madrid a otro que residía en Cádiz, con fecha 23 de mayo de 1785, y hablando del matador de toro que nos ocupamos, que, por cierto, bastante entusiasta, que entre otras cosas decía:
“Entren todos y salga el que pueda. Pedro Romero es el mejor torero del mundo, su muleta es de un mérito especial y de lo que no hay ejemplo; los toros de esta mañana, a pesar de no ser muy bravos, los ha lidiado con gracia y mucha maestría; pero le hemos visto hacer un quite al picador Carmona, que solo estando presente puede apreciarse cual corresponde. No obstante, como usted es inteligente, se lo expresaré con algún esmero para que se persuada de lo que vale esta cuadrilla con semejante jefe a la cabeza.
Es el caso, que se lidiaba el quinto toro de la tarde, y el picador Carmona se hallaba preparado para la suerte, debajo del balcón del señor Corregidor; el toro desafiaba al bulto, escarbando, y Carmona le obligaba en su terreno, en cuya situación permanecieron dos o tres minutos, hasta que por último el toro se arrancó; sin perjuicio, pues el jinete se agarró bien con la puya, el bicho era muy duro y empujaba en términos que le derribó al caballo, provocando la caída de Carmona, de lo cual resultó que este quedase tendido debajo del caballo, aunque sin lesión alguna. El toro era pegajoso y remataba bien, por lo que no cesó de dar cornadas al caballo, levantándole estando enganchado a él. En estos momentos, Pedro Romero, metió el capote y despegó a los dos animales, saliendo el caballo a la carrera y quedando el toro aplomado. Carmona, que solo se había cuidado de incorporarse para tomar la barrera, no atendió a la situación que la res ocupaba; pero ya de pie, notó con sorpresa que su posición muy expuesta, y que se hallaba colocado entre el toro y el capote de Pedro Romero; a éste, que le constaba la índole del bicho, y por consecuencia el riesgo infalible del picador, se le ocurrió en este momento el único medio de evitar la catástrofe que debía terminar aquella escena, y con una velocidad inexplicable, se pasó el capote a la mano izquierda, y dando con la derecha un fuerte empujón a Carmona, cayó este de boca al suelo, y el toro en su arranque, no se encontró otra cosa que el capote de Pedro Romero, que llamó al lado opuesto de donde el picador estaba. Este quite tan hábilmente practicado, y con la oportunidad y ligereza que exigía tan peligroso lance, no pudo menos que entusiasmar a los espectadores, que hasta entonces habían padecido una terrible curiosidad durante toda la escena que llevo relatada. Tan pronto como el picador se levantó, se dirigió a Pedro Romero y le dio un abrazo, como prueba del distinguido servicio que le acababa de hacer librándole de la muerte”.
Otra de las anécdotas de Pedro Romero tuvo lugar en el madrileño pueblo de Torrelodones y se cuenta así:
“Salió un toro salmantino, tan ligero de pies y ágil de movimientos, que saltó la barrera y llegó al tendido, hiriendo a varios espectadores y matando al alcalde de Torrelodones, que presenciaba la corrida. Se produjo tal confusión ante aquel inesperado acontecimiento, que descuidaron el cierre de una puerta que daba a la calle y el toro, salió de la plaza, y en lugar de dirigirse al campo, que sería la querencia natural, se internó en la población. Pedro Romero, que nunca perdía la serenidad, cogió la muleta y la espada, subió a la grupa del caballo, con el picador Antonio Galiano, que estaba en el ruedo, le mandó que galopara en seguimiento del toro. Así lo hizo, y lo alcanzaron a la entrada del Paseo del Prado, que estaba muy concurrido de gente. Pedro Romero, desmontó del caballo, y en medio de la calle, sin sitio para guarecerse, ni peones que le ayudaran, le dio una brillante brega de muleta y lo mató, recibiendo, de una magnífica estocada. Así salvó Pedro Romero a Madrid de una gran tragedia ese día”.

Muchos hechos de igual naturaleza a los expresados, brillan en la vida de este célebre lidiador, consignados todos en documentos, porque su condición espontánea, merecen entera fe y crédito, siendo además notorio que el capote de Pedro Romero salvó la vida a numerosos toreros de renombrada reputación; por lo que siempre mereció el título de maestro, que todos le concedían. Así se tuvo presente, cuando en virtud de la Real Orden expedida el 28 de mayo de 1850, se creó en Sevilla la Escuela de Tauromaquia, de la que Pedro Romero fue nombrado primer director.
Mencionadas ya todas las propiedades artísticas de este célebre torero, pasaremos a relatar las concernientes al hombre, en las que este buen torero no era menos aventajado. De un trato dulce y afable, reunía un corazón humano, su comportamiento, caballeroso siempre, le hizo apreciable hasta en los más elevados círculos sociales, sus maneras eran juiciosas y de tan buen género, como circunspecto en su trato, su principal cuidado era aparecer bien ante sus numerosos amigos, y no dar importancia al mérito en que se hallaba dotado. En la plaza era sumamente cuidadoso para evitar desgracias, defensor de sus compañeros, y el primero en manifestar su parecer cuando en el ruedo se encontraba con algún toro de “cuidado”.

Concluiremos manifestando que los toreros contemporáneos a Pedro Romero, le concedieron unánimes un extraordinario conocimiento de los toros, y en su mayor parte, si no todos, rindieron tributos a su inteligencia, según así lo hemos demostrado. Últimamente diremos, que ajustada una minuciosa cuenta de los toros que mató Pedro Romero en las distintas plazas públicas donde toreó desde los años de 1771, en que empezó a figurar como espada, hasta 1799, según nuestra indagaciones, mató a más de 5600 toros, número bastante excesivo y más que suficiente para probar  de lo que era capaz y de que se le pudiera juzgar con toda exactitud sin temor de aventurar un juicio equivocado, como pudiera decirse de quienes han limitado su carrera artística a un reducido periodo de tiempo.
1800 fue el año en que Pedro Romero cesó en la lidia de toros, y se dedicó exclusivamente al cuidado de las ganancias e intereses que había sabido adquirir, exceptuando el tiempo que dirigió la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Y cuando esta escuela quedó disuelta, Pedro Romero se volvió a Ronda, su pueblo, donde permaneció por algún tiempo, al cabo del cual lo trajo a Madrid un asunto propio, que resolvió brevemente, más como quiera que los aficionados a los toros de la Corte, los más jóvenes, no conocían a este célebre torero, sino por la fama que había disfrutado en su pasada época, y por lo que tradicionalmente adquirieron de pocos hombres antiguos que se titulaban testigos principales de las proezas de Pedro Romero, hubieron de comprometerlo con tan especial habilidad, que el famoso y jubilado torero accedió a torear en una sola corrida, a la que asistieron con avidez cuantos a este género de diversión tenían apego. Inútil sería explicar el recibimiento que el galante público de Madrid preparó al antiguo matador.
Llegado el día de la corrida, todos despacharon sus negocios para no desaprovechar la hora del comienzo de la corrida. El empleado meditaba una disculpa legal para justificarse de la falta al punto de su destino. El comerciante paralizaba la acción de sus especulaciones. Y todos con el mismo afán se sacrificaban con la mayor satisfacción, para asistir a una función que sólo tenía de extraordinaria, la salida al ruedo de Pedro Romero. Avanzó el día y con él aumentó el entusiasmo de la gente, pero una vez en la plaza, y dada la señal de trompetas y timbales, todos aguardaban la salida de Pedro Romero, para admirarlo, cual héroe que vuelve victorioso de mil conquistas.
Se presentó Pedro Romero entre una continua agitación de palmas y vítores, en un incesante movimiento de los concurrentes al festejo. El acreditado matador de toros contestaba afectado a tan elocuente muestra de aprecio, y estamos seguros de que en aquellos momentos habría querido tener la aptitud que, en otras ocasiones, para emplear todos los recursos de agilidad y arte, con el fin de complacer a quienes tanta deferencia le tributaban y tanto aprecio les debía.
No pudo a pesar de todo, sino cubrir en cierto modo el lugar que ocupaba. Dio muerte a los toros que le correspondieron, y aunque sin elementos ya, a una edad avanzada, se le vio practicar esta operación bajo los mismos principios que tanto recomendaba. Después del descanso consiguiente a tan pesado trabajo, emprendió su regreso a la ciudad que le vio nacer, y rodeado de su familia permaneció algún tiempo, hasta que el 10 de febrero de 1839, cerró los ojos a la luz del mundo, en medio del más general sentimiento de sus discípulos y amigos.