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Tuesday, February 6, 2018


JERÓNIMO JOSÉ CÁNDIDO

DISCÍPULO DE PEDRO ROMERO


El torero de quien vamos a ocuparnos a continuación, nació para vivir de sus rentas, y no para agenciarse la subsistencia. Nació también para habitar en regiones enteramente distintas de las propias a las que el ejercicio del toreo se dedica, y no obstante estas razones, trabajó para vivir, y necesitó abrazar la profesión que odiaba, o por lo menos a lo ningún apego se le conocía. Y no se diga que por ser el ejercicio contrario a sus instintos pasó en él con ese apercibimiento que inspiran las medianías, no, el torero de quien vamos hablar fue tan notable en ciertas y determinadas suertes, que pocos le han aventajado.
Discípulo también de un buen maestro, aprendió cuanto podía convenirle, y si no le aventajó, supo regularizar más provechosamente los conocimientos que de aquel recibió, y organizóse un hombre especial en la profesión en que su destino habíale colocado. Estos son sus antecedentes.
En la provincia de Cádiz y a tres leguas escasas de la capital, existe una población con el nombre de Chiclana, cuyo vecindario se ocupa, generalmente en sus labores del campo, por ser su terreno excesivamente pródigo, aunque reducido su término. En esta población nació Jerónimo José Cándido, el 16 de abril del año 1760, labradores y bastante bien acomodados.
José Cándido padre, había seguido la profesión de lidiador de toros y sin haber podido conseguir jamás el título de notabilidad, sino en teoría, supo reunir, no obstante, una decente fortuna, la cual aumentaba cada día bajo la influencia de una bien entendida administración. Esta circunstancia, unida a un excelente trato y alguna otra cualidad recomendable que Cándido padre poseía, fueron causas poderosas consideraciones por parte de las personas más distinguidas de aquella villa. Colocado José Cándido en una situación ventajosa, trató de metodizar su vida dedicándose exclusivamente al cuidado de sus intereses, de lo cual se ocupaba al nacimiento de su hijo torero.
Sus amigos, como ya hemos dicho, eran varios y de lo más escogido de la población; contándose entre ellos el entonces corregidor de la villa, que en cumplimiento de espontáneos ofrecimientos, reclamaba la vez de tomar a su cargo la comisión de tener en los brazos al recién nacido para su cristianación. De esta conducta puede decirse el aprecio y distinción que la familia de José Cándido merecía, y el lugar que ocupaba en la escala social de su pueblo.
Aceptada la proposición del corregidor, y hechos los preparativos consiguientes. Se bautizó al hijo de José Cándido, y le pusieron el nombre del progenitor, siendo el padrino el corregidor que, por su parte, desplegó la generosidad necesaria para quedar airoso en la comisión que había solicitado, y fue tanto y de tal naturaleza la suntuosidad y esplendidez con que se ejecutó la sacramental operación, que se recuerdan como un hecho notable algunas particularidades, entre las que ocupa un preferente lugar la de que se arrojaron al aire grandes sumas en monedas de oro y plata, desde la iglesia parroquial a la casa del recién nacido, costumbre antiquísima y que se conserva intacta en algunas poblaciones.
Se crió Jerónimo José Cándido, con el cuidado que era consiguiente a la posibilidad de sus padres, quienes tenían recopilado su cariño en él, por el único fruto de bendición con que el Supremo hacedor les había favorecido.
No descuidaron a pesar de ello la educación del niño, y buscaron desde bien pequeño un abonado preceptor que se encargase de dirigirle e instruirle más regularmente que los autores de su existencia, los cuales nunca hubieran podido darle más que una cristiana enseñanza, que era posible a la capacidad de aquellos. Así, continuó Jerónimo hasta la edad de ocho años, en que murieron sus padres, quedando desde esta época el exclusivo cargo de su tutor, que, abusando de la autorización propia de este título, descuidó su educación, permitiéndole, además de los goces naturales de la edad que hemos citado, que en buen principio, como todos sabemos economizarse y limitarlos a un estrecho círculo. Bajo la influencia de este género de excesos tan conocidamente perjudiciales a la niñez. Cuando cumplió catorce, le reclamó al tutor le comprara un caballo, la de ir vestido de majo, y algún otro objeto de lujo a que por entonces concretó sus exigencias, por ser a los que propenden los naturales andaluces.
Con esto se adormecieron por entonces sus pretensiones, pero al paso que avanzaba en edad, aumentaban sus exigencias para que el tutor facilitaba lo necesario por cuenta de lo Cándido administraba.
Semejante conducta debía precipitar a Jerónimo en un malestar del que no era fácil defenderse, pero sus ojos se cerraban a tan funesto porvenir, y solo atendía a los goces del momento.
En poco tiempo se hizo dueño el tutor de lo que a su padre había pertenecido, y el joven Cándido se encontró en una posición triste, que caminaba rápidamente a su empeoramiento, aumentándose más y más según corrían los tiempos. No nos detendremos en calificar el proceder del tutor por no parecernos oportuno de este lugar y por y porque también le consideramos ajenos de incumbencia, y si referimos estas particularidades es, porque las consideramos de utilidad, toda vez que fueron origen de que el motor de estos apuntes abrazara por necesidad una profesión que en otras circunstancias no hubiera pensado en ella, sino por pura distracción y pasatiempo.
José Cándido se aproximaba ya a la edad de los diecisiete años y en actitud de raciocinar sobre su porvenir, conoció sus pasados errores y trató de corregirlos, pero este remedio venía demasiado tarde, solo podía ser provechoso para cuando Jerónimo volviese en otra ocasión a poseer algo. Por entonces carecía de todo, tan en toda la extensión de la palabra, que no contaba con los medios necesario a la subsistencia. En tal estado, y como el náufrago que por salvar su existencia busca su apoyo en una débil tabla, resolvió Cándido dedicarse a la profesión de su padre.
Necesitaba un protector para ayuda de sus intentos, y aquí fue donde la suerte se le mostró propicia, puesto que halló dispuesto al más apropiado de cuantos hombres hubiera podido buscar, el cual llamábase Don José de la Tijera, cuyo amparo se cobijó Jerónimo José Cándido.
Este caballero, rico, generoso y sumamente aficionado al toreo y a las personas que del mismo ejercicio dependían, no descuidaba la colocación de su protegido, ni menos le omitía las explicaciones precisas para instruirle, aunque superficialmente, de las indispensables al toreo. Jerónimo José las escuchaba con la atención que inspira el vivo deseo de aprender, y mientras disponía los preparativos para el estreno del nuevo torero.
El expresado Don José de la Tijera conservaba íntimas relaciones de amistad con el célebre matador Pedro Romero, de quien ya tratamos en capítulos anteriores, y exigió a éste de que tomase a su cargo la educación taurina de Jerónimo José Cándido, incluyéndole desde luego, en el número dentro de su cuadrilla, a lo que este excelente espada no puso inconveniente.
Le hicieron los vestidos de torear, con que Jerónimo debía practicar su primera salida, costeados en la totalidad por su protector, y a poco tuvo efecto, pues el nuevo torero progresaba mucho y bien.
Tanto el favorecedor de Jerónimo José, como su maestro Pedro Romero, quedaron complacidos enteramente del comportamiento del bisoño lidiador; y ambos también reconocían en él facultades físicas nada comunes y altamente adecuadas a la profesión que se había elegido.
No fueron defraudadas las esperanzas de los que así opinaban, porque cada día que Jerónimo José salía a la plaza, daba testimonio y una nueva prueba de sus adelantos en el Arte del Toreo. Esta razón ocasionó que antes de poco tiempo, figurase como medio espada de Pedro Romero, a cuyo puesto le elevó, correspondiendo Jerónimo José Cándido tan dignamente como pudiera desearse.
Su crédito tauromáquico crecía con extraordinaria rapidez, y en cada una de las funciones en que prestaba trabajo, acreditaba más y más la justicia con que se le tributaba. Pedro Romero miraba estos triunfos como propios, y sólo eran motivos de bien entendida satisfacción para quien, como él, era, digámoslo así, el que más había contribuido para colocar a Cándido en la situación que ocupaba.
Cándido, por su parte, vivía agradecido a Pedro Romero, y sólo disfrutaba cuando la ocasión le proporcionaba un medio de prestarle utilidad a su maestro. Con este motivo, y de esta mutua correspondencia, se creó entre ambos toreros la más estrecha y perfecta amistad, en términos que muy poco después de estas glorias de Cándido, contrajo matrimonio con la hermana de su maestro.
Pocos años duraron los lazos de esta unión, la hermana de Pedro Romero murió desgraciadamente después de una larga y penosa enfermedad.
Siendo general la justa reputación que Cándido disfrutaba, fue ajustado, para torear en la Plaza de la Corte, dónde a su presentación supo adornar su frente con nuevos laureles, y de triunfo en triunfo, alcanzó el de merecer los favores y deferencias de las personas más notables y distinguidas de la época, y hasta el mismo Monarca, en más de una ocasión, le demostró su benevolencia.
Esta posición eminentemente ventajosa, que Cándido poseía, tenía su origen en la conducta que desde luego se había trazado, a la cual acompañaba un trato afable y sencillo, y enteramente simbolizado con su cualidad de honrado. Las relaciones que Cándido sostenía en la Corte, estaban limitadas a seis u ocho personas, de bastante distinción por sus nacimientos, los cuales le dispensaban sus amistades hasta con orgullo, porque a todo se había hecho acreedor por sus acciones caballerosas y finos modales.
De esta manera pasó el primer tercio de la vida del torero que nos ocupa, quien, concluidos sus compromisos de contratos en Madrid, regresó a Andalucía, donde poco después contrajo segundas nupcias, de cuyo matrimonio tuvo varios hijos.
En Andalucía estuvo toreando por espacio de varios años, con tan brillante éxito, como de costumbre tenía, y era consiguiente a su habilidad y conocimiento.
Ya por esta época, Cándido se resentía de un calambre en la pierna derecha que le postraba hasta cierto punto; pero este inconveniente para la lidia lo suplía con la gran inteligencia de este torero, que por ello se hizo matador muchas estocadas, todas en regla y de acuerdo con el Arte. El dolor de su padecimiento iba en aumento, y ya el torero aparecía defectuoso, en términos que a otro no le habría sido posible continuar con su trabajo, pero Jerónimo José Cándido desplegó los recursos y maestría de su mano izquierda, con cuyo auxilio, y armado de la muleta trasteaba y preparaba a la muerte a los toros que con más sentido buscaban su defensa entre las tablas.
De este modo se manejaba Cándido en estos tiempos, y sólo por dos ocasiones experimentó la falta que tenía de agilidad. La primera cayó al suelo delante del toro en el momento de estoquearle, y sólo llevó un revolcón; en la segunda recibió dos cornadas en igual suerte, las cuales le privaron de torear por bastante tiempo.
No le pareció bien a Cándido continuar en Andalucía, y dispuso su regreso a Madrid, donde se vio torear con sentimiento, a causa de la penalidad con que practicaba su oficio, por culpa a su enfermedad. En tal estado, no faltó persona, de las muchas que se honraban con la amistad de este torero, que se dedicase a aconsejarle su retirada del toreo y el completo abandono de una profesión que podía proporcionarle la muerte en cualquier ocasión. No desatendió este consejo, pero se presentaba una gran dificultad, y era, sus únicos y exclusivos recursos para atender a la manutención de su numerosa familia.
Sus amigos prepararon vencer este inconveniente, y con la conformidad de Jerónimo, dieron principio a diligenciar lo conveniente al fin que se propusieron.
Corría por entonces el año de 1824, y los interesados en el bienestar de Cándido, figuraron una solicitud dirigida al Monarca, en la que imploraba sus favores. Fue presentada por una persona de no escasa influencia, y el resultado no dejó de ser bastante satisfactorio, puesto que se le destinó de visitador o cabo principal del resguardo montado de Sanlúcar de Barrameda.
En agosto del citado año, recibió Cándido el nombramiento, que aceptó sin repugnancia, y en esta fecha abandonó para siempre la profesión en que tantos triunfos había adquirido.
Había llegado al punto de su destino y encargado de las atribuciones concernientes al mismo, notó que él no había nacido para ese oficio, pero obligado por las necesidades, continuó desempeñándolo, disfrutando el general aprecio de todos, hasta que se le ocupó de Real Orden en la segunda dirección de la Escuela Taurina de Sevilla, de cuyo establecimiento era primer jefe el célebre y cuñado Pedro Romero, según comentábamos con anterioridad.
Ordenada la disolución de aquella Escuela Taurina, volvió Cándido a Sanlúcar de Barrameda, continuando en su anterior destino, hasta la muerte del rey Fernando VII, en cuya época fue cesado de su cargo, sin saber el motivo que produjo dicha resolución.
De los antecedentes que nos han sido posible examinar, hemos deducido que Cándido no quedó cesante hasta esta última época, y que su ausencia de la Escuela Taurina fue una comisión especial que se le confirió, sin duda en consideración a su buen crédito; así es que, de una certificación de Don Domingo Torres, director de Rentas Provinciales, librada el 9 de abril de 1835, se lee:
 “Que, de los documentos presentados por Don Jerónimo José Cándido, para la clasificación del sueldo que le corresponde por sus años de servicio, aparecen de abono diez años, dos meses y ocho días; por lo que le pertenecen dos mil quinientos treinta y tres reales, once maravedíes anuales”.
Esto, no obstante, quedó sin efecto a consecuencia de que posteriormente se dispuso por punto general, que los cesantes no percibieran haber ninguno, mientras no contasen más de doce años de servicio, y Cándido por ello quedó privado de este recurso y enteramente pobre, sumido en la más angustiosa situación.
Jerónimo José Cándido era hombre de muchos conocimientos y sabía aprovecharlos, inteligente con la ganadería brava, precavía cuanto dejase conocer en las reglas del Arte y recomendaba el excesivo cuidado sin tolerar distracciones a cuantos con él trabajaban. Como matador de toros, era en general de muchas estocadas y cortas, origen quizá de su escaso valor. Con el capote y muleta fue siempre excelente, “galleaba” también con sobrada maestría, y comprendía el “quite de la suerte de varas”, con la exactitud que ahora se concibe, colocado siempre muy próximo al estribo izquierdo del picador, aguardaba al toro para meter el capote cuando la necesidad lo exigía, y finalmente, Cándido, en concepto de los aficionados, era todo un torero de habilidad y conciencia.
Atravesó toda la escala gradual del ejercicio Taurómaco, y siempre fue digno de que le mirasen los aficionados con cierta especialidad reservada sólo a los que saben distinguirse. Como torero chulo, fueron sus propiedades tan aventajadas, que jamás metió su capote en balde para hacer conducir al toro al sitio conveniente.
Como banderillero se excedía a los deseos de todos, respecto a que era “muy fino y muy largo”, y cuantas más dificultades ofrecía un toro, ya con relación a su instinto, bien por las propiedades que le hubiera hecho adquirir durante los periodos de la lidia, con tanta más facilidad se le veía a Jerónimo José Cándido clavar siete u ocho pares de banderillas en un breve espacio de tiempo y metiendo los brazos para esta operación de una manera admirable. De lo expuesto, podemos deducir, Jerónimo José Cándido fue una notabilidad en el Arte del Toreo, incomparablemente más aventajado que ninguno de los de su época.
Pasemos ahora al hombre y dar cuenta al mismo tiempo de la última época de su vida, tan triste como desgraciada. Jerónimo José fue hombre de unos sentimientos inmejorables, nació, como antes dijimos, para ser muy rico y no para agenciarse la subsistencia. Fue generoso hasta el extremo de que le podamos acusar de dilapidador, no se aprovechó jamás de las cuantiosas sumas de dinero que supo ganar en su profesión como torero, ni de las que le proporcionaron su último destino.
Era hombre poco considerado para su familia y perjudicial a veces, sin que nunca se le reconociesen vicios capaces de desacreditarlo. Finalmente, no formó juicio jamás sobre su porvenir, ni el de sus hijos, y por esta causa no les legó más que los sufrimientos propios a una completa pobreza.
Mereció en todas ocasiones el aprecio y consideración de cuantos le trataron, humano y caritativo, también lo fue Cándido de una manera exagerada, y esta cualidad de su natural carácter, no fue la menos poderosa para que en el último tercio de su vida se viese colocado en tal difícil situación. Exento de recursos en Andalucía, después lo dejaron cesante de la Escuela Taurina, determinó volver a la Corte, quizá con el ánimo de que sus afectuosos amigos de otro tiempo le favorecieran; más a su presentación, el número de estos era bastante reducido, y economizaban sus generosidades. Pocos fueron los que no desmintieron el aprecio que Cándido les merecía, pero estos no eran bastantes a cubrir por entero sus necesidades, y en medio de las penalidades que se desprenden de este género de vida, permaneció algunos años en Madrid, hasta que agobiado por la desgracia y sus padecimientos, dejó de existir en esta Villa y Corte el día 1 de abril de 1839, a los sesenta años de edad, dejando en el mayor abandono a su esposa e hijos, que lamentaban el descuido de su padre que jamás dio muestras de recordar los deberes que semejante título le imponía, para dejarles una regular fortuna, proporcionada al mucho dinero que durante su vida pudo ganar.
Además de lo expuesto, se conservan también otros recuerdos de bastante importancia, respecto al diestro Jerónimo José Cándido, que no queremos dejar en olvido. Aludimos el sistema de vida que adoptó durante el tiempo que dependió del arte de torear.
Su principal faena en esta época consistía en la regularización de suertes, para simbolizar estas con las propiedades del toro con quien se debían practicar; asi es que jamás se le pudo acusar de que hubiese empleado recursos contrarios al toro, ni hubo ganadero que pudiera lamentarse de que sus toros lucían más o menos de lo que en realidad habían merecido. A cada toro le proporcionaba los medios que más en consonancia estuviesen con su bravura, y por ello daba en todo un agradable juego, que resultaba en beneficio general de los propietarios del ganado y de los espectadores que concurrían a la fiesta.
Concluiremos manifestando que en la fecha ya citada y en una casa modesta, situada en la calle de Santa Brígida, con el número 25, exhaló su último aliento el torero.

Wednesday, January 24, 2018


P E P E-H I L L O

REGENERADOR DEL TOREO - DISCÍPULO DE COSTILLARES

Pepe-Hillo, decía el célebre Montes, fue un torero de encargo, y más general de cuantos se han conocido, y no es necesario haberle visto para juzgar así de él. Pepe-Hillo nació en Sevilla el 14 de marzo de 1754 y murió con 48 años en la Plaza de Toros de Madrid, un 11 de mayo de 1801. Está enterrado en la Iglesia de San Ginés de Madrid.


No hay más que fijar la vista sobre las heridas que recibió, y las suertes que se deben a su invención, y notaremos que son las más difíciles y expuestas que se conocen en el toreo, y esto no es capaz de hacerlo sino el que tuvo mucho valor y muy grandes conocimientos.
José Delgado, conocido por “Pepe-Hillo”, abrió los ojos a la luz del mundo después de mediados del siglo diecisiete, en la hermosa ciudad que ya hemos mencionado, y en uno de los barrios extramuros al que los hijos del país dan el nombre de Baratillo. Descendiente de una familia pobre, pero honrada, hijo de un artesano, no sabía apenas leer cuando su padre le destinó un lugar en la banquilla, con el fin de que en el ejercicio de zapatero se proporcionase el necesario sustento.
Pepe-Hillo era un muchacho ágil, y no obstante su aplicación a oficio que hemos indicado, despertó tan frenética ambición por el toreo, que a pesar de la prohibición de su padre y del severo castigo que a cada paso le prodigaba, jamás abandonó su idea. Cuando lo mandaba hacer algún recado, él se encaminaba al matadero con el afán de tantear alguna res, bien fuera toro o vaca. El padre en cuanto se distraía en alguna ocupación cualquiera, y el chico, aprovechándose de ello, se escapaba sin que jamás le impusiera el temor del castigo. Inútiles eran todo género de precauciones, pues su resolución no conocía límites y por todo arrostraba. Sin duda una voz secreta le impulsaba, y a Pepe-Hillo no le era dado corregirse. En su cabeza no existía otra idea que la de ser torero, como así lo demostraba hasta en los vulgares juegos propios de su edad.
Algunos años pasaron en esta lucha continua, que Pepe-Hillo sostenía con su familia, mientras creció y pudo adquirir la aptitud necesaria para torear. Conseguido tal extremo, y provisto de cuanto debía apreciarse para la profesión de torero, no tardó mucho en vérsele figurar como tal, siendo el asombro de los que presenciaban y sabía apreciar su trabajo.
Pepe-Hillo se puso bajo la dirección de un gran torero de la época, Joaquín Rodríguez “Costillares”, y bajo esta dirección, parece increíble la rapidez con que el discípulo se impuso de las reglas que Costillares había establecido en la lidia, y más dudoso aún la perfección con que las ejecutaba, con espanto del mismo maestro, que, convencido de su especialidad, trató desde luego de utilizar la primera ocasión para hacerle figurar como su segundo.

En tal estado las cosas, pasó Pepe-Hillo a torear en varias plazas de España, entre las que se cuenta la de la Corte, y como recibiera en todas ellas señaladas muestras de aceptación, debidas a su mérito extraordinario, y de ningún modo a la parcialidad, bien pronto se elevó su crédito a una altura que rivalizaba con el de su maestro y con el famoso Pedro Romero, su contemporáneo y compañero. Difícil sería explicar el método de lidia de Pepe-Hillo, puesto que siendo un torero general que poseía todas las suertes conocidas hasta entonces, y algunas otras debidas a su invención, siempre se le veía ejecutar la que más reclamaba la condición del toro, por expuesto y difícil que pareciese. Es indudable que estas propiedades se encuentran rara vez en una sola persona, y de aquí la excelencia del torero, cuyos apuntes nos ocupan. A una voluntad de hierro, unía un corazón a toda prueba; a un buen deseo, agréguese el estímulo de su antagonista. Nada demuestra con más exactitud la verdad de lo dicho, que las innumerables cogidas que tuvo y el número de heridas que recibió. ¿Cómo negar a Pepe-Hillo los reconocimientos necesarios para distinguir la entidad de las suertes que practicaba? Y si esto es cierto, como no puede menos de creerse, ¿cómo comprender tantas cogidas? Ahí está demostrado su valor sin ejemplo, que no sólo aventajaba a la inteligencia, sino que esta carecía por lo regular de fuerza para, contenerle en los peligros.
Hemos bosquejado al torero, y ahora nos haremos cargo del hombre José Delgado (Pepe-Hillo). Reunía a su buen trato social, una gracia particular que le hacía apreciable entre sus infinitos amigos y conocidos, y también entre otras muchas personas notables por su rango y jerarquía, que se disputaban la vez en tributar obsequios al torero. Esta posición, ciertamente envidiable, era la que disfrutaba Pepe-Hillo, contando con el favor de todos los que valían en la Corte de España. Muchas personas se cuentan en el número de sus más decididos apasionados, y entre ellos los Duques de Osuna, que en repetidas ocasiones le prodigó sus favores.
Hecha esta reseña, volveremos a hablar de toreo para dar a conocer sus desgracias. En la primera temporada del año 1801, hallábase Pepe-Hillo de primer espada en la plaza de Madrid, alternando con José Romero, cuya temporada sería la última para él. Llegó la corrida del 11 de mayo, y el séptimo toro que en ella se lidió fue el que arrancó la vida a este célebre matador. Las circunstancias ocurridas en este desgraciado trance se refieren de varios modos, pero ninguno nos merece más crédito que el expresado por una carta que insertamos íntegra, digna de figurar en este blog, tanto por su contenido, cuanto por la importancia de las reflexiones que hace. Una rara casualidad ha hecho llegar este documento, que creemos no existe de ella ningún otro ejemplar, y dice así:

“Amigo mío: En las fiestas ejecutadas aquí ayer, estuvieron demasiado expuestos los toreros de a pie, y especialmente los estoqueadores, con varios toros, libertándose de ellos más por un efecto casual y feliz, que por el de su notoria destreza, a causa de hallarse corridos anteriormente, y por lo mismo, en el caso de no poderse burlar o sortear, por medio de los auxilios y reglas, que para conseguirlo son propios del arte, que con innegable crédito desempeñan los insinuados maestros.
Siempre que se han corrido toros de dicha clase, ha presenciado el público idénticas contingencias, como nos lo recuerda la triste memoria de los muchos que han sido víctimas de ellos, y sobre todo la que acabamos de experimentar. Únicamente me propondré por ahora hablar del mencionado séptimo toro, que fue el que causó el terrible sacrificio, de que se hará la más comprensible demostración.
Sólo recibió tres o cuatro varas, a las que entró siempre huyendo de los caballos, por ser para estos demasiado cobarde. Después, con mucha maestría le puso un par de banderillas el aplaudido banderillero Antonio de los Santos, y seguidamente le clavaron otros pares Joaquín Díaz y Manuel Jaramillo. Luego se presentó a matarle Pepe-Hillo. Le dio tres pases de muleta, los dos por el orden común, o despidiéndole por la izquierda, y el restante de los que llaman de pecho, con el cual contra las tablas en que le encerró la mucha prontitud con que se revolvió el toro algo atravesado, de resulta de haberle dado el segundo pase, no hallándose puesto aquel en la mejor situación. Estando ya en la fatal de la derecha del toril, a corta distancia de él y la cabeza algo terciada a la barrera, se armó el matador para estoquearle; le trasteó, citándole, o llamándole la atención a la muleta, deteniéndose y sesgándose algo más de lo regular, se arrojó a darle la estocada a toro parado, y le introdujo superficialmente como media espada por el lado contrario o izquierdo. En este propio acto le enganchó con el pitón derecho por el cañón izquierdo de los calzones, y le tiró por encima de la espaldilla al suelo, cayendo boca arriba.
Bien porque el golpe le hizo perder el sentido, o por el mucho que pudo estar, para conocer que en aquel lance debió quedar sin movimiento; es lo cierto que careciendo de él, se mantuvo en dicha forma y el toro cargó contra él con la mayor velocidad, y ensartándole con el cuerno izquierdo por la boca del estómago, le suspendió en el aire y campaneándole en distintas posiciones, le tuvo más de un minuto, destrozándole en menudas partes cuantas contiene la cavidad del vientre y pecho, con más de diez costillas fracturadas, hasta que le soltó en tierra inmóvil, y con sólo algunos espíritus de vida. Esta la perdió enteramente en poco más de un cuarto de hora, en cuyo intermedio se le suministraron todos los socorros espirituales que son posibles a la piedad más religiosa.
Aunque sorprendidos los compañeros del desgraciado a presencia de una tan pavorosa catástrofe, y conociendo ser realmente punto menos que inevitable el riesgo de perecer a que se exponía para quitar el toro de la inmediación al ya casi cadáver (en un sitio tan sin recurso en aquel caso como es el de la puerta del toril, superó a esta previsión de su evidente precipicio el ardor con que se metieron con él, mudando con los capotes la situación del toro. También lo emprendió, en cuanto le fue posible el celo de Juan López, procurando ponerle una vara a caballo levantado, (a su ejemplo deben respectivamente ejecutarlo todos los picadores, siempre que estén en peligro sus compañeros, o los de a pie, asó como estos lo hacen a cada instante con aquellos, a cuyo fin es indisculpable en unos y otros aun el menor descuido y falta de tino para prever el resultado de las buenas y malas suertes).

Inmediatamente José Romero tomó su espada y muleta, y usando del superior manejo que tiene en esta, y de la intrepidez que con aquella recibe los toros a muerte, se la dio a la fiera de dos bien dirigidas estocadas, con todo el denuedo y serenidad de espíritu que acostumbra y graduando las críticas circunstancias que le hacían multiplicadamente más difícil.
Muchos son los lances que pudieran individualizarse, en que constantemente dio pruebas nada equívocas de su sin ejemplar valor el héroe de esta trágica memoria, con singularidad después de haber sido gravemente herido con 25 cornadas, en otras tantas azarosas suertes, que repartidas en todo el cuerpo recibió en el curso de su vida; pero en ninguna comprobó más su presencia de ánimo, que en la última en que con admiración le vimos forcejeando sobre los brazos, apoyadas las manos al pitón que tenía atravesado para desprenderse de él, hasta que ya quedó con la cabeza y demás miembros descoyuntados, caídos y hecho un objeto de la más insignificable compasión. Esta se renovó en la mañana de hoy por las innumerables gentes que ocupaban las dilatadas plazas y calles que hay desde el Hospital General, en que estaba depositado el cadáver, hasta la Parroquia de San Ginés, en que fue sepultado y conducido con una laudable y edificante profusión, dispuestas por la gratitud de su amado discípulo e inseparable compañero Antonio de los Santos.
No hay documentos que más impresión hagan para remedio de toda clase de infelicidades, que la representación de ellas mismas, analizando sus causas para contrarrestarlas y precaverlas en lo sucesivo con los antídotos que nos cita la propia racionalidad. A la notoría de V. (unida a su extraordinaria pericia en el práctico y especulativo arte de lidiar toros a caballo y a pie), juzgo sea de la mayor satisfacción darle una sucinta idea del fruto que debiera producir la fatal escena, que apenas me ha permitido detallar el acervo dolor con que a todas horas se presenta en mi angustiada imaginación. Libre esta algún tanto de la aflicción que la agita, me he puesto a meditar, que las corridas de toros no son otra cosa que una especie de lucha o batalla, que el valor de nuestros compatricios tienen adoptada como un galardón del que les es característico; que bajo este concepto y otros (que por consultar la brevedad omito), nos están permitidas lícitamente por la Potestad Suprema, en la inteligencia de que la de los españoles, en virtud de su habilidad, constituyen remoto el peligro de sus vidas, y que no verificándose así con los toros de la enunciada clase, para salvar este género de violación, para no infringir las sagradas leyes de la naturaleza, y para que con sobrado fundamento las gentes y naciones cultas no censuren de bárbara esta diversión, se hace indispensable apelar a los recursos que nos cita la razón y la prudencia. Estos, pues, son el de prohibir en todo el reino, con las combinaciones que exige la importancia de la materia, que los criadores o dueños de toros que se hayan corrido dentro o fuera de poblado desde que nacen, puedan venderlos para lidiarlos en las plazas, a imitación de lo que con notorio crédito de sus vacadas y aumento de sus intereses, ejecutase los señores Gijón, Bello, Guadalain, Espinosa, Cabrera, Vázquez, Marín, Trapero, los Gallardos y otros. Que a los asentistas o sus comisionados que los compran sin asegurarse hasta el último extremo de lo referido, que se les castigue con el indicado rigor,, que sin violencia (de lo que será responsable su autor) sigan trabajando en las funciones donde metan toros, que desde luego conozcan, como es su obligación, que no es tan sencillo, y si desengañados de los objetos, ardiles y medios con que los  burlan, acometiendo por lo común con aquel género de picardía o probabilidad que les infunde su natural instinto para hacer casi inexcusable el peligro.
Es evidente, que a pesar de lo expuesto, podrá correrse algún otro toro, que por razón de ser viejo, esto es de más de cinco o seis años, que es cuando están con su mayor poder y valentía, por demasiado cobarde, u otra accidental causa que se deba considerar comprendido en la clase expresada. En estos casos es muy consiguiente, que la sabia y superior prudencia de los magistrados que presidan las plazas, prevenidos indirectamente por el lidiador u otra persona de su confianza, que en realidad tenga todo el conocimiento necesario al efecto, le mande echar perros; en lo que no solo se evita el riesgo de las inapreciables vidas de los actores, si no es que al propio tiempo se divierte el público en disfrutar de unas luchas que le son de la mayor complacencia, y de tiempo inmemorial se han mirado como anejas e inseparables de las funciones de los toros.
Aunque para la muerte de los que reprobados pudiera usarse del asta o cuchilla, que llaman guadaña o media luna, tiene entre otros inconvenientes el de que cuando están distantes de la barrera, y no se les puede con el capote aproximarse, es difícil y peligrosa la operación de desjarretarlos, tanto para los que la ejecutan como para los que es indispensable ayuden al efecto. A esto se sigue ser necesario asaetar los toros por las costillas con la espada, y después acabarles de matar con la puntilla o cachetero. Dichas maniobras son por lo común dilatadas, y como a esto se agrega lo fastidioso que es ver dar vueltas por la plaza sobre los corvejones a un animal.
Habiendo únicamente tratado de precaver el próximo riesgo de los lidiadores de a pie, nos resta el que con la misma concisión lo ejecutamos con los de a caballo. Los propios sentimientos de humanidad y racional precisión, que hablando de aquellos que quedan significados, me impulsan hacerlo de estos. Ya queda expuesto y convencido, hasta la mayor evidencia, que la explicada diversión, ni es racional, ni lícita en los propuestos casos, y ahora añado, que en los trágicos que continuamente ocurren con los picadores, se hace más indispensable su corrección. Es cierto que la costumbre de ver a cada instante caer y sacar estropeados de las garras de la muerte a los picadores, nos hace mirar sin toda la sensación que corresponde, el abandono de sus vidas, ni contemplar que, aunque pocos las pierdan en las plazas, son muchos los que de resultas no llegan a viejos, o quedan lisiados o enfermos.

Y si por desgracia, la expresada inconsideración que nos conduce a estar como familiarizados en ser indolentes testigos de semejantes tragedias, no disminuye en modo alguno la esencia de ellas, ni la de los consiguientes cargos a que su presencia nos conduce, ¿Por qué no hemos de buscar el urgente medio de moderar aquello? Este es el de que por ningún respeto se consienta la salida de picadores, intrusos, de desconocida o poca acreditada habilidad. Que los que se admitan ser representen en caballos de su entera satisfacción. Que las púas de las varas estén proporcionalmente desnudas y sin los extremados topes, que imposibilitan la defensa de los hombres, es que en viendo que sin el inevitable riesgo de ser atropellados, caídos y hechos una miseria por los toros, no puede contrarrestarlos la habilidad y el poder, después de habérsele puesto seis u ocho varas, cuanto más, se mande banderillearlos.
A excepción de algún otro individuo de los pocos que suelen informarse en el hecho de precipitar a los toreros con abominables insultos, o con indirectos aplausos, en el acto de las corridas, en sus concurrencias y tertulias, y aún esparciendo cartas y relaciones, en que tienen la gran debilidad de no poder exagerar el mérito de los que llaman sus apasionados, sin vituperar el de los demás lidiadores, censurándoles generalmente perjuicio de los mismos que en su obstinada preocupación y capricho celebran, repito, que a excepción de los insinuados enemigos de la humanidad, la del todo el pueblo racional y culto desea, que el valor y la destreza de los lidiadores triunfe de la terrible ferocidad de los toros, como generalmente se logrará, haciendo el mérito debido de las precauciones manifestadas.
Muy interesantes son, sin disputa, todas las reflexiones que van expuestas, si se atiende a su intergiversable esencia, y a la sinceridad y buen espíritu con que van producidas.
Nadie, contemplo, que dejará de confesarlo así, aunque en el particular no tenga otras nociones que las generales que inspira la racionalidad más común. Tampoco me persuado que a la misma se oculte otro de los puntos, en que con incomparable superioridad a los tocados se debe fijar la atención en honor a la humanidad. Esta clama por el ejecutivo remedio de que el público no le veamos en muchas corridas ser objeto de la furia de los toros que saltan a los tendidos, y que, aunque pocas veces, han sido algunas en distintas plazas a la grada cubierta y balcones. Para impedir estos dolorosos resultados, deben ejecutivamente vencerse todos los obstáculos que se puedan oponer, por más dispendiosos e insuperables que parezcan.
Si tanto en este punto, como en los demás expresados y que convengan tocarse, se lograra la reforma que es de esperar, las obras pías y públicas, interesadas en los productos de las funciones, los multiplicarían con superabundancia en la mayor concurrencia de las innumerables gentes, que, por no verse en los explicados conflictos personales, ni miran en los demostrados a los lidiadores, dejan de asistir a las corridas.
Contestando a lo que la bondad de Vd. se sirve preguntarme en razón de lo que me parece de las estocadas a toro parado, y aun cuando arrancan a desproporcionada distancia, como también, en qué sostengo la opinión de ser utilísimo que los toreros de a pie, igualmente que los de a caballo, fuesen bi-diestros, digo, que las estocadas al volapié (inventada por la refinada y original destreza de Costillares), con el fin de que las clases de toros que le designaran, y antes se mataba de muchas estocadas con demasiado riesgo, en el día le rematan con incomparable menos, que cuando embisten y con la prontitud que vemos (únicamente deben usarse con los que por cobardes, cansados, débiles, vencidos de las varas y banderillas u otra inopinada causa, no parten y consienten que el lidiador se les aproxime lo necesario al efecto, estando en la suerte que corresponde; en cuyo acto no debe detenerse en arrojarse al toro, por las muchas y poderosas razones, que por no dilatar me reservo.
Los toros en que no militan dichas circunstancias, deben estoquearse arrancados, y avanzando de más o menos retirado, según lo pida la proporción oportuna que se presente. En este supuesto, los que se hayan de estoquear así, conviene queden con el poder, que es útil pierdan punto menos que del todo, para verificarlo al volapié. En los matadores notamos, que unos los matan con más lucimiento y facilidad de aquel modo, y otros de este. Penetrada por el magistrado dicha variedad, infiero hará la debida objeción para medir y disponer al indicado efecto cuanto debemos esperar para la complacencia del pueblo y a la seguridad y brillantez de los estoqueadores.
Estos al propio tiempo deben cortar el abuso de los muchos capotazos, que por lo común vemos en los ruedos, hacen quites y corren los toros fuera de propósito, enseñándolos a que traigan la cabeza alta, no obedezcan al engaño, le desarmen con incesantes derrotes, y en una palabra, les conviertan de sencillos en pícaros, reparados y detenidos para el estoque, banderillas y demás suertes. Al mismo tiempo conseguirán que libre la plaza de tantos objetos como distraen la atención de los toros, les partan sin la incertidumbre que aumenta imponderablemente el riesgo de unos y otros lidiadores; y por último, se acusará el incidente, tropel y confusión que causa el concurso de un gran número de operarios que deben existir entre barreras hasta que les toque el turno de su salida.

Por lo que mira a las razones en que fundamos las ventajas que produciría el que los toreros fuesen “bi-diestros”, no es necesario otra prueba que la de reflexionar, que casi en todas partes de la plaza se hallarían en su suerte, pues la que fuese mala a una mano seria por lo general forzosamente buena para la otra, por lo que, ni los toros tuertos del ojo derecho, el estar picardeados o resabiados por el propio lado, ni otros muchos inconvenientes que se tocan en el día, se graduaría de tales por los que indistintamente usasen ambas manos. Por hacerlo así, en lo respectivo a la suerte de banderillas Sebastián de Vargas y otros de los que componen las cuadrillas de esta plaza, no solo los ha constituido en la esfera de sobresalientes, si en la de trabajar con mucha menos contingencia que los que únicamente parean, por un lado.
En innumerables oficios y artes de mayor dificultad que el de torear (para lo que es la agilidad de ambas manos) vemos que los ejercitan con igual manejo, sin embargo, de que les interesa su individual provecho y seguridad incomparablemente menos que al lidiador. Luego ¿Por qué éste no debía esmerarse en una adquisición que tanto le interesa?
No pudiendo olvidar las dolorosas consecuencias a que conducen unas desgracias semejantes a las mencionadas, creo firmemente que si llegase el afortunado día en que los toreros reflejasen como deben, establecerían un Montepío para los que se retirasen, inutilizaran, viudas y huérfanos de los que fallecieran; cuya fundación es quizá más urgente que todas las de su clase y que hay creadas, atendidas las razones en que han cimentado.
Reitero a Vd. el inalterable deseo que en todas distancias y situaciones me dispense preceptos en su obsequio.
B.L.M. de V. su más apasionado amigo y servidor:                                            J.T.”. Madrid 15 de Mayo de 1801.

Concluiremos los apuntes de la desgraciada muerte de Pepe-Hillo, copiando los tres sonetos y el epitafio que en el mismo documento se leen, contentándonos con lo expuesto; pues ¿a qué más comentario? Cuando una desgracia de igual naturaleza pone fin a la vida de un hombre, cual este de que tratamos, y que era tan apreciado del público, el silencio es el lenguaje más expresivo que usar se puede.
No dejaremos, sin embargo, de decir que el toro que ocasionó tan cruel catástrofe, pertenecía a la antigua ganadería de Peñaranda, y que la cabeza disecada, se halla colocada en uno de los salones de la Historia Natural de Madrid, donde se observa con cierto respeto quizá por conservar la memoria de aquel desgraciado acontecimiento.

A José Delgado (Pepe-Hillo)

Sonetos I
Hombre tanto en la suerte desgraciado
Cuanto animoso en la difícil suerte:
¿Cuántas veces en los brazos de la muerte,
¿Te vió el espectador por arrestado?

Lidiador, que a las fieras presentado
Con arte y gracia, osabas atreverte
Despreciando el peligro de exponerte,
Por agradar a tanto apasionado.

¿Qué mucho que tu muerte yo temiera,
si para ti guardaba yo mi gloria?
Escena tal, ¡oh, nunca yo lo viera!
Más no podré olvidar tu triste historia,
Que, aunque postró tu vida horrible fiera,
Eterno vivirás en la memoria.

II
Aquí yace mortales, quien venciendo
Del feroz bruto la violenta saña,
Triunfó mil veces con destreza extraña
Vítores repetidos consiguiendo.

Murió por fin, al golpe más tremendo
Que en su cerco gentil miró la España
Y aun viéndolo discurre que se engaña
Y que no escucha el popular estruendo.

Vosotros, lidiadores, que animados
De aplausos necios, e intereses pocos
A igual riesgo corréis precipitados,
Dejad en el momento de ser locos,
Conociendo en tan trágica experiencia
Que no hay arte a frecuente contingencia.

III
Aquel valiente toreador, que el pueblo
Aclamó justamente veces tantas
A cuyo brazo diestro e invencible
Despojos abortó Tajo y Jarama.

Aquel, que a la cerviz más fulminante
De Gijón, Colmenar y Guadarrama
Vió rendida a sus pies, los que gloriosos
En raudales de púrpura pisaba.

Yace al golpe fatal de armada testa
No al miedo lo causó, sí la desgracia
Que si el gran Romero la fortuna
Pepe-Hillo, el animoso, disfrutara.
Ni la fama de aquel fuera tan una
Ni este en la sepultura se mirara.

Epitafio
Pasajero, aquí yace sepultado
Aquel famoso Pepe-Hillo, aquel torero
Que habiendo sido siempre celebrado
Tuvo al fin desgraciado paradero
Detén el paso, miradlo postrado
No celebres su orgullo lisonjero
Pues toda gloria vana desfallece
Y el que busca el peligro, en él perece.


Tuesday, December 19, 2017

Juan Belmonte "El Pasmo de Triana". 1892 - 1962



En la historia de la Fiesta Nacional hay dos grupos de toreros: el primero es Juan Belmonte; en el segundo: todos los demás. Nadie en la Historia Taurómaca la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que se son por lo que fue Juan Belmonte.

“El Pasmo de Triana” nació el 14 de abril de 1892 en el barrio sevillano de La Alameda, número 72 de la calle Feria, aunque su familia no tardó en trasladarse al barrio de Triana, donde viviría toda su niñez. De origen humilde, su padre era quinquillero, Belmonte creció entre escapadas a las capeas de becerras y de las dehesas.



Con diecisiete años, vistió su primer traje de luces en Elvas, Portugal, en una corrida a la portuguesa, con los toros embolados y sin muerte. Debutó en la Maestranza de Sevilla en agosto de 1910, pero un año más tarde repitió en la misma plaza y fracasó ante un mal toro.
En 1912, con tres novilladas triunfales en Valencia le dieron de nuevo la oportunidad de volver a la Maestranza, donde se consagró saliendo por la Puerta del Príncipe y lo llevaron a hombros hasta su misma casa, en Triana. Fue esta etapa de novillero cuando, para los entendidos, se fraguó en la muleta y en los pies de Belmonte el paso del toreo decimonónico al Toreo Moderno. Su revolución, apoyarse en dos conceptos básicos: la quietud y el temple ante el toro. Fue el primer matador que mantuvo quietos los pies ante el astado, ayudándose con el juego de brazos. Su temeridad y valor le convirtieron en mito. Intelectuales y artistas le admiraron, fascinados por el clima dramático que creaba en el ruedo.
Don Ramón del Valle-Inclán le dijo en una ocasión: “No te falta, hijo, más que morir en la plaza” –a lo que Belmonte respondió: “Se hará lo que se pueda”.
El 16 de octubre de 1913, tomó la alternativa en Madrid, actuando de padrino Machaquito, que se retiraba del toreo esa misma tarde, y de testigo Rafael El Gallo. Al año siguiente, en 1914, torearon por primera vez juntos, Joselito El Gallo, hermano menor de Rafael.
La competencia entre los dos diestros, hasta la muerte de Joselito en Talavera de la Reina en 1920, daría lugar a la Edad de Oro del Toreo.
Decenas de corridas cada año, las plazas llenas hasta la bandera, los tendidos inflados de pasión y España divida entre gallistas y belmontistas. Joselito representaba la perfección del toreo clásico, la elegancia. Belmonte la ruptura, la temeridad, sus verónicas imposibles, sin rectificar los pies, y el pase al natural representaron para muchos el salto definitivo del Toreo al Arte.




Y llegó Juan Belmonte. Hubo en aquel tiempo excelentes toreros de segunda fila, algunos de los cuales serían hoy grandes figuras, como Paco Madrid, gran estoqueador, Agustín García Maya, a quien mató un toro en la plaza francesa de Lunel; el gallego Celita, buen estoqueador; Curro Martín Vázquez, estoqueador excepcional, materialmente cosido a cornadas y creador de la dinastía a la que pertenece su hijo Pepín, un excepcional artista; el Vasco Cocherito de Bilbao, cuya afición estableció el club taurino más antiguo de España, que todavía existe; y un sinfín de toreros olvidados, más o menos brillantes, que llegaron a sonar en su momento, como el almeriense Relampaguito, o El Moreno de Alcalá, a quien le cogían los toros hasta haciendo el paseíllo, Bombita III, hermano menor de los Bombas, el vallisoletano Pacomio Peribáñez, y Serafín Vigiola Torquito, suegro del humorista y académico Don Antonio Mingote, quien fue un torero de buen corte y enorme decisión en el manejo de la espada, pero que tuvo la desgracia de coger de lleno la época de Joselito y Belmonte.
Cuando llega a la fiesta Juan Belmonte no soplan precisamente buenos vientos para las corridas de toros. Creo que ha sido el gran escritos Néstor Luján quien mejor vió el problema. Porque, pese a lo mucho que se ha escrito del entusiasmo belmontistas de la generación del 98, lo cierto es que antes de la aparición del genial Pasmo de Triana los intelectuales estaban dispuestos a acabar con la Fiesta de los Toros.
No. No fue favorable en un principio ese movimiento ideológico liberal para la Fiesta Nacional. Esta generación se enfrenta bravamente al espectáculo más español. Renegaba Don Joaquín Costa de un pueblo que paseaba a hombros al Guerra la misma tarde en que nuestra escuadra naval se hundía en Santiago de Cuba. El mismo Antonio Machado ataca violentamente a las corridas de toros. Don Pío Baroja y Don Jacinto Benavente se desentienden, Don Santiago Ramón y Cajal las desprecia y Eugenio Noel se dedica con su formidable y cálido verbo a combatirlas en numerosas conferencias que da por toda nuestra geografía. En Sevilla, los aficionados le corrieron por las calles pretendiendo cortarle su romántica melena.
En ese preciso momento llega Juan Belmonte y pone delante de todo el tema tremendo, estremecedor, de la muerte española. Muestra que sólo en España se puede encontrar un público que haya elevado la muerte a espectáculo nacional. Hace callar a casi todos los intelectuales, que pasan de repudiar la fiesta de los toros a convertirse en sus más acérrimos partidarios. Y es que Juan rompe con aquel espectáculo de horrible brutalidad que se combatía violentamente. Toma los caminos de la estética, de la escultura viva. Se reducen los espacios, crece el ajuste, se sueltan los brazos, se pierde el sentido atlético para dar paso a la lentitud.

Hasta el mismo Don Antonio Machado, que siempre había dicho que las corridas de toros no constituían un espectáculo, ni siquiera divertido, acaba por reconocer, tras la aparición de Belmonte, que naturalmente las corridas de toros no pueden divertir a nadie, porque constituyen un espectáculo demasiado serio para ser una diversión. Empieza a entender que la fiesta no es un sucio ejercicio de matadero, que el torero no es un verdugo, ni un matarife. “¿Será acaso un sacerdote?”, se pregunta el inmortal poeta, que, a través de Belmonte, entiende el fervor taurino, el rito, la ofrenda de la muerte del animal a un dios, con minúscula, extraño, y desconocido. A Belmonte hay que atribuirle el soberbio viraje de los intelectuales y de toda la afición, que ya ven la fiesta de otra manera. Las corridas de toros han dejado de ser una bárbara lucha para suavizarse y derivar por los senderos del arte.
Desde Belmonte, el toreo, que sigue teniendo una enorme carga de riesgo, gana su propia supervivencia al perder el ochenta por ciento de aquella bárbara orgía de sangre que se presentaba no sólo en la época goyesca, sino en las corridas de principios de siglo. Todo cambia con Belmonte. Empezando por el toro, porque los ganaderos comienzan a preocuparse de criar un toro que sirva para un toreo estilizado. La lidia ha dejado de ser una preparación para la muerte, y llegaría un tiempo –el que estamos viviendo- en que todo lo que se desarrolla en el ruedo va encaminado a la brillantez del toreo de muleta.
Si algún mérito tuvo el colosal Juan Belmonte fue el de haber hecho la revolución con el toro de entonces. Los que vinieron después, los que mejoraron incluso su arte, aquellos que perfeccionaron la obra del coloso trianero, ya se encontraron con un toro más a la medida para esta nueva forma de interpretar el arte del toreo.
Juan Belmonte es el padre del temple, la personalidad más grande que haya podido tener cualquier torero en un redondel y, conviene no olvidarlo, el que ha hecho posible que la fiesta haya podido llegar hasta nuestros días, saltando por encima de todos los obstáculos y diatribas que se le ponían de no poco peso.

Todo en Juan Belmonte fue diferente. Como todos los grandes genios, sería imitado, pero tomarían de él sus defectos, porque era imposible copiar sus virtudes. Es cierto que rompió con lo que de hermoso tiene la torería, ese andar por las calles viviendo y sintiéndose torero. Juan quitó hasta la costumbre de usar la tradicional coleta; pero fue excepcional, único e irrepetible.

Murió en su cortijo sevillano de Gómez Cardeña en un anochecer de un domingo descerrajándose un tiro en la cabeza debajo del retrato que le hiciera Don Ignacio Zuloaga. Hasta el suicidio y la forma de llevarlo a cabo fueron fruto de la improvisación. Había estado todo el día montando a caballo. Creía que tenía una enfermedad incurable. Luego la autopsia revelaría que no era así. Pero lo de su espantosa muerte no deja de ser una penosa anécdota. Lo importante es que Juan Belmonte fue un torero inconmensurable, el que hizo posible que hoy estemos todavía presenciando corridas de toros.
¿Por qué se suicidó Juan Belmonte? Nadie lo sabe con seguridad, pero existen varias pistas. Desde joven, tenía obsesión con la muerte, siempre llevaba consigo una pistola pequeña. No se resignaba a la decadencia física. Temió que una hernia de hiato fuera una enfermedad más grave. Le impresionó mucho ver a su gran amigo Julio Camba, en el hospital, llenos de tubos: él no quería morir así.

Enriqueta Pérez Lora, el último amor de Belmonte. El 8 de abril de 1962, a punto de cumplir los 70 años, visitó a Enriqueta, le dejó varios regalos, un portacalcetines de oro, un bolígrafo para el frac, un sobre con dinero y varias fotografías dedicadas: “Cuando yo me muera, si necesitas dinero, véndeselas a una revista extranjera, que las pagarán bien”.
Y, como tantas veces, en broma, ella le tiró una zapatilla, pero él ya no pudo volver otro día para devolvérsela. Esa tarde, recorrió a caballo su finca, acosó y derribó algunas reses, quiso encerrar en la plaza de tientas a un semental. Lo contó su amigo Andrés Martínez de León: “¿Quiso despedirse de la vida enfrentándose a un toro de verdad? ¿Quería que el toro lo matara? Ya anocheciendo, casi a dos luces, en “la hora de Belmonte”, se encerró en su despacho, puso en marcha el ronroneo del motor que daba luz al caserío y se pegó un tiro”.

La historia de Enriqueta, una historia de película. Había nacido en Camas, en 1920. Era la sexta de ocho hermanos. Siempre estuvo unida a su hermana Patrocinio, 13 años mayor que ella, que, al comienzo de la guerra civil, se casó con un hombre que le sacaba 15 años. Al trasladarse el matrimonio a Sevilla, Enriqueta los acompañó, ayudaba en las tareas domésticas y trabajaba en una fábrica de azafrán. Murió Patrocinio en el parto de su segunda hija y Enriqueta, con las dos niñas, volvió a casa de su madre, en Isla Cristina. La madre y el viudo presionaban a Enriqueta para que se casara con él, en un “matrimonio blanco”, para evitar que las niñas fueran a un colegio de huérfanos. Movida por su cariño a ellas, accedió, por fin, a esa boda. Antes de un año, el marido reclamó sus derechos conyugales, al negarse Enriqueta, la maltrataba. Ella decidió escaparse, vendió a una vecina los pendientes que llevaba, con ese dinero, huyó a Sevilla, donde la recogió un párroco, que la alojó en un convento de monjas Adoratrices. A pesar de que un médico certificó su virginidad, no logró la nulidad matrimonial. Para alejarla del marido, las monjas la recomendaron a la hija de Juan Belmonte, que la contrató para el servicio, en el cortijo Gómez Cardeña.
En 1942, Enriqueta tiene 22 años; Belmonte, retirado ya de los ruedos 50. Ella no le conoce ni sabe nada del mundo taurino. Cuando la ve, por primera vez, Belmonte le pregunta: “¿De dónde ha salido este bicho tan feo?”. Pero ella no se corta y contesta: “¡Anda que usté! ¡Cómo qué no es feo! ¿Cuánto hace que no se mira al espejo?”. Tienen que avisarle de que es el señor de la casa, y este se ríe a carcajadas.

Cuando enferma Enriqueta, la atiende el médico de cabecera de la familia, Joaquín Mozo. Le diagnostica dos manchas en el pulmón, necesita reposo, vitaminas y buena alimentación. Belmonte le busca un alojamiento, pagando él todo, con la promesa de que, cuando esté bien, le encontrará un trabajo. Vive ella dos años y medio en una casa de Higueras de la Sierra, en Huelva. Allí la visita el médico, para las revisiones, y Belmonte para hacerse cargo de los gastos.
Ya recuperada, Enriqueta le pide el trabajo prometido, pero Juan Belmonte se ha enamorado. Él está separado de su mujer, pero, en España, no existía el divorcio. Ella contó que él se arrodilló a sus pies, con la cabeza en su regazo, y suplicó: “¡No me dejes, por favor! Soy un hombre que está solo y te quiero”.
Así comienzan cerca de 15 años de convivencia. Estaban juntos, pero hacían una vida discreta. Ella vivía en una casa de la calle San Vicente. Se veían a diario. Cuando iban a los toros se sentaban en localidades distintas. Hubo etapas muy felices y también conflictos. A los cuatro años, se pelearon y Enriqueta lo dejó, se fue a Madrid, con el dinero que tenía ahorrado, montó una perfumería. Belmonte no aceptó renunciar a ella, la localizó y consiguió que volviese con él. Pero los tiempos más felices, quizá, ya habían pasado.
La mañana del 8 de abril de 1962, Belmonte que estaba a punto de cumplir 70 años, la visitó por última vez. Le llevó un sobre con dinero, un maletín con objetos personales y varias fotografías dedicadas, por si necesitaba dinero, las vendiera a la prensa extranjera, le tiró la zapatilla, como era costumbre, al despedirse, pero él ya no volvió a devolvérsela.
Enriqueta todavía no había cumplido los 42 años, cuando asistió, en Madrid, a un homenaje a Belmonte que le dedicaron sus amigos, que también lo eran de ella. Su vida dio un giro, logró un trabajo fuera de España, durante más de diez años cuidó a los hijos del actor Anthony Quinn. Por su simpatía, él la llamaba “Torre del Oro”.

Volvió luego a Sevilla, a su vivienda de la Avenida República Argentina. Rechazó muchas ofertas sensacionalistas de la prensa. Algunos han querido quitarle importancia; negar, incluso de su existencia. Además de algunos objetos, fotos y papeles, ella guardaba sus recuerdos. Su vida no fue fácil pero el destino le otorgó un gran regalo: haber sido el último amor de un genio, llamado Juan Belmonte.