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Thursday, November 23, 2017

PEDRO ROMERO

 Para muchos entendidos en la tauromaquia, Pedro Romero fue un visionario adelantado a su época, quien dijo y recomendaba, un siglo antes de que naciera Juan Belmonte y Manolete, la quietud del torero ante el toro, en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla: “…el que quiera ser torero, ha de pensar que, de cintura para abajo, se carece de movimientos… El toreo no se hace con las piernas, sino con las manos”.
EL ARTE DE TOREAR

BIOGRAFIAS DE LOS PRIMEROS TOREROS DE LA HISTORIA


Pedro Romero nació en Ronda, el 19 de noviembre de 1754 y falleció, en su pueblo natal el 10 de febrero de 1839. Descendiente de una dinastía muy conocida de Ronda, su padre Juan Romero y su abuelo Francisco Romero (véase en sus respectivas biografías ya mencionadas). También sus hermanos menores, José, Gaspar y Antonio fueron matadores de toros.
Los años de su infancia nada ofrece que merezca explicarse con particularidad, si decimos que recibió una muy modesta enseñanza, como consiguiente a su cuna, y que desde pequeño desarrolló unas fuerzas poderosas. Llegado a los 12 años, y deseoso su padre de ocuparlo en cosa que le fuese útil y lo separase del juego y entretenimiento propio de su edad, le aplicó al oficio de carpintero, lo cual no disgustó a sus amigos de juegos, a los cuales vencía siempre, merced a sus dotes físicas. A poco de ejercitarse Pedro Romero en las faenas propias del oficio de carpintería, descubrió una destreza y agilidad tan extraordinaria en sus movimientos, que unido a sus naturales fuerzas, hacía de él un joven con poder y de quien podía sacarse un gran partido, de haberle dado una educación gimnástica.
Entrado que hubo Pedro en más edad, y al paso que cursaba su nunca interrumpida carrera, se iba despertando en él una marcada inclinación al torero, con el consiguiente disgusto de sus padres, por no querer ocuparse de otra cosa. Ni los consejos más bien entendidos de una madre cariñosa; ni las más severas amonestaciones de la misma, tuvieron suficiente poder para distraerlo de la afición que al toreo tenía. Por entonces se anunciaba, en la población de Los Barrios una novillada, y varios señores de Ronda comprometieron a Pedro Romero para que fuese a matar dos, a cuya exigencia, él accedió, sin contar para ello con otros conocimientos que las breves y superficiales explicaciones que en varias ocasiones había oído referir a su padre.
En efecto, provisto el bisoño torero de los útiles necesarios para ejecutar cuanto era de su deber a causa del compromiso que había adquirido, asistió a la función y mató ciertamente los dos toros, sufriendo una cogida en el segundo, de la que resultó hecho pedazos el calzón de torear con que se adornaba, única gala que, de momento, poseía.
Ciento veinte reales le fueron entregados a Pedro Romero por vía de gratificación en aquella especie de novillada, y esta fue la primera recompensa que recibió el novillero que luego supo alcanzar tantos y tan señalados triunfos. Volvió a Ronda el improvisado matador de toros, y su angustiada madre le hizo el recibimiento que puede calcularse, olvidando la conducta de su hijo con el placer de estrecharlo contra su pecho; no obstante, amonestó a Pedro con la mayor severidad, y aun expresó su decisión en referirle a su padre, que se encontraba en Madrid, todo lo que ocurría, incluso la aventura del revolcón acontecido en la plaza de Los Barrios.
Pedro Romero suplicó a su madre, que no lo hiciese, protestando solemnemente de que no volvería a torear, y con esto tranquilizó en cierto modo a la autora de sus días. Poco después de lo sucedido, le propusieron torear dos novilladas en Algeciras, y olvidándose enteramente de sus anteriores protestas, se comprometía a matar dos novillos cada tarde por la remuneración de diez pesos cada una; lo que realizó con tan mala suerte, que fue cogido en ambos. Posteriormente, aunque en la misma temporada, fue ajustado para torear dos novillos en una corrida que hubo en Ronda, para lo cual fue invitado por aquellos caballeros maestrantes, recibiendo diez pesos por esta función.
Por la narración que llevamos hecha, podrán conocer los lectores que Pedro Romero no cejaba en su propósito, y que nada le importaba ya que su padre se cerciorase de su conducta, puesto que no se recataba de nadie. La madre lloraba en tanto los peligro a que su hijo se exponía, pero al propio tiempo rogaba por su vida al Todopoderoso, que es el único recurso de un padre cuando su autoridad no es bastante a separar a un hijo de la senda tortuosa que por su instinto se eligiera. Tal era la situación de la esposa de Juan Romero al llegar al mes de noviembre del año que nos referimos, época en la cual concluía éste la temporada de toros en Madrid, y regresaba a Ronda.
No hubo llegado, cuando fue instruido y abroncado por el padre, ante la conducta de Pedro. Éste recibió las broncas con notable tranquilidad y sin muestras de desagrado, postergándolo al olvido en tres o cuatro días. Cumplidos los cuales llamó Juan Romero a Pedro, y con esa gravedad que los padres de entonces usaban, generalmente entre su familia, le dijo estas palabras que el mismo Pedro Romero contaría después en varias ocasiones:
-¿Conque quieres ser torero, Periquillo?
- ¡Vaya, hombre!
Pedro fijó sus ojos en el suelo, y nada se le ocurrió contestar, quizá por temor a la cólera de su padre. Juan, que adivinó cuanto por su hijo pasaba, se vio precisado a decirle:
-Respóndeme, chiquillo, ¿quieres ser torero?
-Sí señor padre, dijo Pedro, eso no es ninguna deshonra, usted lo es, y yo quiero seguir la misma profesión.
-Pues mira, Periquillo, para ser torero se necesita ser muy bueno, o no serlo, conque asi, mírate en ello; piénsalo esta noche y mañana me contestarás.
No se volvió a hablar más palabra sobre el asunto la noche en cuestión, ni Juan quiso dilatar la tertulia por más tiempo. Pidió de cenar, y después de rezar lo que tenía de costumbre, se retiró a su lecho a esperar la salida del sol del siguiente día. Todos los que pertenecían a la familia descansaron tranquilos, excepto Pedro, que solo ansiaba la venida de la aurora, y cada momento que transcurría era para él un pesado siglo que entorpeciera su carrera para privarle de un vehemente deseo en expresar a su padre lo que por conclusión había resuelto. En tan penosa intranquilidad existía Pedro, cuando las campanas de la parroquia, que convocaban a misa primera a sus feligreses, le hizo conocer que el día se acercaba y a este acto religioso su padre acudía diariamente; y cuando salió de su habitación para este objeto, ya su hijo le aguardaba con impaciencia para manifestarle el resultado de su meditación. Después de dar los buenos días y besar la mano a su padre en testimonio del respeto que le profesaba, le dijo:
-Padre, quiero ser torero, lo he pensado bien y estoy resuelto.
-Bien, hombre, bien, ¿y cuantos toros has matado? Preguntó Juan a su hijo.
-Ocho novillos, padre.
-¿Y todos te han pegado? Interrogó Juan seguidamente.
-No señor, algunos no han podido cogerme, pero en dándome usted algunas lecciones, yo procuraré aprovecharlas para que no me enganchen.
-Pues bien, dijo Juan, deja que esté el toro delante, y yo te diré lo que has de hacer y de la manera que lo has de pinchar.
Esta narración del padre infundió a Romero tan sin igual satisfacción, que ya se consideraba con ella el más aventajado de los toreros e invulnerable ante el toro. Su alegría se la comunicó a su madre y demás familia, y acompañando después a su padre a la iglesia se conceptuó el mozo más afortunado de la tierra.
Era costumbre de Juan Romero, luego que concluía la temporada de la lidia en Madrid y regresaba a Ronda, celebrar anualmente una función de toros gratuita, por su parte, en acción de gracias por haber salido con bien aquel año, y el producto de ello lo dedicaba a las ánimas benditas; tenía solicitado el permiso para su ejecución, y como le fuere concedido, mandó anunciar en los carteles que su hijo Pedro Romero le ayudaría a matar los seis toros que aquella tarde debían de lidiarse. Esta noticia fue bien recibida de todos, y tanto los inteligentes como los profanos, anunciada se presentó Juan Romero en la plaza acompañado de su hijo Pedro, y una salva de aplausos resonaron por todos los ángulos de la plaza. A tan espontánea manifestación siguieron los vítores de los más afectos, y entre una y otra demostración de aprecio, ejecutaba Juan Romero con las reses diferentes clases de suertes que aumentaban el entusiasmo de los espectadores. Por último, Juan Romero se encargó de dar muerte al primer toro para aleccionar a su hijo y que este adquiriese una concisa idea de lo que era forzoso practicar.
Esta fue la primera vez que el lidiador, de que hablamos, vio torear a su padre. Todos los toros restantes de aquella tarde, se lidiaron a mano de Pedro Romero, excepto el cuarto, que, por ser un toro de mucho sentido, se hizo cargo el padre de darle muerte.
Veinte días después se le pidió a Juan Romero que torease gratuitamente en una novillada, que debía hacerse en el mismo Ronda, en beneficio de la iglesia del pueblo, que estaba en obras. Este no demostró ningún inconveniente, y, por el contrario, dio a conocer sus buenos deseos y suma complacencia en contribuir con lo que se le exigió; y teniendo lugar la corrida, Pedro Romero, con la complacencia de su padre, dio muerte a los seis novillos que se lidiaron.
Un lance desagradable pudo tener lugar en esta función en la lidia del cuarto toro, emanado de la valentía de Pedro para con las reses; pero el entendido Juan, libró a su hijo del peligro, haciendo un quite de bastante mérito, aunque no tan feliz como debiera, pues el veterano torero sufrió una buena cogida. El cura quiso pagar a Pedro Romero por aquel servicio, pero él rehusó y no quiso admitir, y de este modo concluyó el año de estreno en la profesíon de torero que Pedro Romero había abrazado.
Llegó el año siguiente y Juan Romero fue contratado para torear tres corridas de toros en la plaza de Jerez de la Frontera, a la cual llevó a Pedro como segundo espada, y aquí fue donde éste vio por primera vez la suerte de varas. En la misma temporada acompañó a su padre a las corridas que se celebraron en algunas plazas de Extremadura y en la costa de Málaga, donde toreó como segundo espada con su padre.
Cuando estas cosas ocurrían, contaba Pedro Romero 17 años, y a tal edad le acompañaban buenas formas, robustez, agilidad y una fuerza colosal, cuyas cualidades reunidas hicieron concebir grandes esperanzas de este torero, que ciertamente no fueron defraudadas, porque cada día se le notaban adelantos y progresos en su profesión. Poco tardó Pedro Romero en conducir su fama de buen torero por todos los ángulos de la península, recibiendo en todas las plazas los aplausos a que se hacía acreedor por el brillante desempeño de su ejercicio; hasta que tan merecida reputación le contrataron en Madrid.

En la Corte adquirió bien pronto las simpatías de todos los aficionados, porque veían en él a un torero consumado en cuanto al conocimiento de los toros, y que poseía un valor a toda prueba para ejecutar la suerte que más reclamaba la condición que exigía cada toro en su lidia.
Descritas estas particularidades, pasemos ahora a designar cuales fueron sus suertes más favoritas y en las que más se distinguió. Con relación a ellas diremos, sin temor de equivocarnos, que Pedro Romero poseía todas las conocidas en la muleta, con tanta perfección, que pocos le han aventajado; jamás huyó del toro cuando con ella adornaba su mano izquierda, y siempre hizo que el toro obedeciese a su impulso, como pudiera hacerlo al freno el más arrendado caballo; por ello libró su vida más de una vez evadiéndose de los peligros en que lo situaba su valor y confianza. Pero no era este, sin embargo, el motivo de su celebridad, ni la razón porque debía adquirir la reputación que tan justamente se le concede en el toreo; la más principal, lo de que por mucho tiempo no hubo ejemplo, fue la de liar su muleta y recibir el toro a muerte. Nadie le aventajó tanto en serenidad; ninguno le excedió en confianza; pocos pararon tanto los pies. Para confirmar más y más las justas razones que nos asisten al explicarnos de este modo, referiremos algunas de sus conferencias pronunciadas por Pedro Romero en Sevilla, cuando se le nombró maestro de aquella escuela de tauromaquia:
“El matador de toros, debe presentarse al bicho, enteramente tranquilo, y en su honor está no huirle nunca teniendo la espada y la muleta en las manos. Delante del toro, no debe contar con sus pies, sino con las manos, y una vez el toro derecho y arrancando, debe parar a aquellos y matar o morir”.

Tales principios eran los que Pedro Romero recomendaba a sus discípulos, y por su parte los observaba con tanta rigidez, que infinitas veces se le oyó recomendarlo a los mismos cuando les enseñaba la suerte de matar toros recibiendo, en cuyos momentos se explicaba de este modo:
-¡Parar los pies, muchachos, y dejarse coger que es la manera de que los toros se consientan y se descubran bien!.
Estas palabras sumamente compendiosas, demostraban cuanto podía desearse, y mucho más con la seguridad y confianza que eran vertidas por el maestro. Este fue su sistema y sin disputa el que le produjo a Pedro Romero la celebridad de que gozó, y la fama que corriendo pasará a la más remota posteridad.

Las facultades físicas del torero que nos ocupa, fueron ciertamente un elemento muy poderoso para su lucimiento, puesto que reuniendo las de tener una estatura alta, agilidad y unas fuerzas considerables, contaba con las más indispensables dotes para la lidia. Pero si el corazón y la inteligencia no le hubiesen acompañado, ¿Habría conseguido tanta aceptación y justo renombre? Creemos que no; su reputación fue general, nadie dejaba de confesar el mérito de Pedro Romero, y esta circunstancia hizo que trabajase en todas las plazas de España, recibiéndole el público con entusiastas aplausos. Aunque mencionadas las proporciones artísticas de Pedro Romero, nos queda de mencionar de los grandes conocimientos que tenía del toro, infinitas pruebas dieron de ello en distintas ocasiones entre sus mismos compañeros, a quienes siempre eran útiles sus advertencias, esperando un funesto resultado cuando las desatendían.
Para probar esta verdad queremos recurrir a las cartas insertas en un libro, que con el título de Fastos Tauromáquicos se publicó en la Villa y Corte por los años 1845, las cuales dan una idea clara de la maestría y conocimientos del gran Pedro Romero y dice así:
“En el mismo año que mencionamos, y toreando Pedro Romero con el dicho José Delgado “Pepe-Hillo” en la plaza de Sevilla, mató aquel toro que correspondía a este, y que Pepe-Hillo no pudo concluirlo en razón a una cogida que tuvo, de la cual resultó quedar imposibilitado por entonces, y Romero con su acostumbrada destreza lo remató de dos estocadas, no sin encontrarse con bastante exposición, tanto en los momentos en que empleó su capote para librar a Pepe-Hillo, como en el que se ocupó de la misma operación: “el bicho tenía muchos pies y había adquirido mucho sentido”.
“En las fiestas Reales que se practicaron en Madrid a consecuencia de la jura del Rey Carlos IV, dispusieron corridas de toros, como era, por consiguiente, y Pedro Romero acudió a ellas como también Pepe-Hillo y el inteligente Joaquín Rodríguez “Costillares”; presentáronse al señor Corregidor de la Corte, para que cerciorado de la asistencia de estos dispusiera lo necesario y procedente.
Esta autoridad llamó una mañana a los lidiadores de que hablamos y les dijo:
-Señores, paréceme conveniente, que en virtud a la igualdad de crédito que disfrutáis como matadores de toros, no haya categorías entre ustedes en las funciones que se preparan, ni que se guarde el orden de rigurosa antigüedad, sino por el contrario, que se encargue de la dirección de la plaza el que le toque en la suerte.
Los tres lidiadores que estaban en presencia del Corregidor, guardaron un profundo silencio, y la autoridad en cuestión continuó en la operación del sorteo que había preparado, el cual debía injustamente resolver, quien de los toreros aludidos era cabeza en las fiestas que iban a tener lugar.
Difícil sería deducir, después de tanto tiempo, las razones que al Corregidor asistieron para una determinación tan contraria a la práctica hasta entonces usada. Respetémosla, por lo tanto, sin que por ello dejemos de calificarlo de parcial, tal como se deja conocer a la simple vista de todos.
Se verificó el sorteo, y tocó a Pedro Romero el privilegio de ser en aquellas fiestas ser el primer espada de los matadores. Así era lo probable, y aquí está demostrada la parcialidad. Veamos ahora las causas que a todo influyeron.
No bien se hubo designado a Pedro Romero jefe de la lidia, cuando el Corregidor tomó por segunda vez la palabra y le dijo:
-Supuesto que ha tocado a usted la suerte de representar a los demás lidiadores y de titularse jefe de todos ellos en funciones, como primer espada en las mismas, deseo me exprese si se obliga a matar los toros de Castilla.
-Me obligo a matar los toros que pasten en el campo, fue la atrevida contestación de Pedro Romero.
-Bien, contestó el Corregidor.
Pedro Romero hubo de ignorar el motivo de la pregunta que le habían hecho, o más bien quiso dejarlo de manifiesto, y dirigiéndose nuevamente a la autoridad, que con su lacónica contestación no le había satisfecho al parecer, le preguntó:
- ¿Tendría Vuestra Señoría la bondad de decirme el por qué se me hace esta observación?
El Corregidor, que, sin duda, aguardaba tales o semejantes palabras, sacó un papel y contestó:
-Esa observación es hija de que el famoso Costillares y el aventajado Pepe-Hillo, han solicitado por medio de memorial, de que se prohibiesen los toros castellanos.
-Pues yo mato todos los toros, sean de donde sean, -contestó Pedro Romero definitivamente.
Aquí cesó la conferencia habida, y por consecuencia la conformidad de Romero, se lidiaron estas corridas de toros de Castilla, a las cuales dio muerte el torero cuya biografía relatamos. No terminó, sin embargo, este incidente de una manera agradable y satisfactoria. Un tal tío Gallón, encargado de encerrar los toros, soltó a Pepe-Hillo uno de estos toros, bien por equivocación, o maliciosamente; y llegando el último tercio de su lidia, tocaron el último tercio, Pepe-Hillo se preparó para tal fin. El toro habíase hecho de cuidado, y buscando defensa se pegó a las tablas que constituían el rincón del Paso Real, (Plaza Mayor de Madrid). Pepe-Hillo fue en su busca con la valentía que le era tan natural, Pedro Romero le seguía, aunque a cierta distancia. Pepe-Hillo desplegó su muleta para pasarlo de aquel sitio, y Pedro Romero, que conocía la desventaja del torero por el terreno que ocupaba, le dijo:
-Compañero, échese usted, fuera y saquemos de ahí ese bicho, mire que ese torillo es un tunante.
Pepe-Hillo volvió la cabeza, y por única contestación dirigió a Romero una mirada despreciativa, en la cual iban recopilados todos los motivos de queja que de él tenía a causa de los antecedentes habidos, Pedro Romero comprendió toda su fuerza y se retiró agraviado. Pepe-Hillo deseaba colocarse en la suerte, pero antes de conseguirlo, el toro se arrancó, y el resultado de ello fue lastimoso y casi trágico, sufriendo una cogida de la que salió muy malherido. Pedro Romero voló en socorro de su compañero, pero fue en balde, ya estaba hecho el daño, y solo pudo serle útil para tomarle en brazos y conducirlo al palco de la Excma. Señora Duquesa de Osuna, que era la protectora de Pepe-Hillo, y desde allí a la enfermería, en cuya operación tardó un cuarto de hora. Cuando Pedro Romero volvió a la plaza, el toro se hallaba en el mismo sitio en que causó tan desgraciado acontecimiento, y los demás espadas indecisos en acercarse al toro; luego que vieron a Romero tomaron aquello los estoques; pero éste, que conocía la causa de tanta apatía, les dijo con voz aterradora:
-Quietos, caballeros, quietos; después de tanto tiempo, ninguno ha tenido el valor de irse al toro, y ahora que me han visto quieren todos hacerlo. Yo lo despacharé.
Armó, Pedro Romero la muleta, y provisto de su formidable estoque se dirigió delante de la fiera, y colocado a una distancia regular, una de las veces que citó al toro, este se arrancó. Romero le dio un cambio en la cabeza, el toro se revolvió y liando este famoso matador, aguardó la embestida; el bicho no se hizo esperar y quedó muerto en el acto de un buen estoconazo, en todo lo alto de los rubios.
Esta suerte valió a Pedro Romero muchos aplausos.
En la plaza de las Angustias de Jerez de la Frontera, Pedro Romero le mató otro toro a Pepe-Hillo, en razón a que este no pudo hacerlo por haber tenido una cogida, de la cual le resultó una herida en la ingle, sin otras varias cosas que ocurrieron de idéntica naturaleza.
Entre los lances de que Pedro Romero fue autor, y en los que se justificó su serenidad, valor y conocimientos, merecen figurar en primer término los que expresan algunas cartas, tomadas de la obra que antes hemos citado, y que, con referencia a una corrida de toros ejecutada en la plaza de Jerez de la Frontera, dicen:
“Hoy ha estado felicísimo Pedro Romero, y ha hecho lo que no harían otros matadores; ha muerto un toro que se había hecho receloso y de sentido, cuando iban entrando en el ruedo las mulillas para arrastrarlo, se le dieron las voces de Romero, ¡Huye, huye! Y en efecto, volvió la cara y se encontró con un toro escapado que estaba entre puertas para entorilarle, y viéndose perdido, si echaba a correr, determinó recibirlo a muerte, y lo agarró tan bien, que acabó en el mismo instante que el que tenía a su espalda, y las mulas sacaron los dos a la vez, valiéndose muchos aplausos y obsequios”.
La segunda carta, notable por su contenido, está fechada en Madrid, el 17 de julio de 1789, y firmada por el picador de toros, Manuel Jiménez, y dice así:
“Esta tarde he podido quedar en los cuernos de un toro, y debo mi vida a la inteligencia y oportuno capote del maestro Pedro Romero, cada día más celebrado y admirado de sus discípulos y aficionados. El tercer toro me ha puesto en un aprieto, animal de mucha cabeza, de bastantes kilos y rematando el bulto, tan luego como le cité me arrancó, y le puse una bara por cima del buquero, cuando sintió el hierro, se creció, y recargando de nuevo, me tiró delante de la puerta del arrastre, se levantó el caballo y me quedé tendido a la larga a cuerpo descubierto. Pedro Romero se hallaba a una distancia regular con el capote en la mano, y el toro puso la vista en mí sin embestirme y solamente se alegraba cada vez que miraba al torero, a Pedro Romero, y luego a mí, y cuando este movía el capote, el toro volvía a mirarle a él. Esta disposición del toro era fatal, y mi vida corría un inminente riesgo, porque no partiendo a ninguno de los dos, y permaneciendo aplomado, le daba lugar a dirigirse a cualquiera y tener una cogida, en esta confusión oigo la voz del maestro Pedro Romero que me dice: “Tío Manuel, levántese usté, sin cuidao”.
 Yo quise hacerlo, pero como estaba tan pesado, tardé en verificarlo, y enseguida tomé la barrera, Romero se fue retirando, andando para atrás, hasta cierta distancia; el toro se mantuvo quieto en el mismo sitio, y aquel no corrió, no fuese que la fiera se volviese, y en vez de seguirle, se volviera hacía mí, en cuyo caso, no hubiera podido librarme, porque todavía permanecía en el estribo de la barrera”.
Otra carta la escribió un aficionado de Madrid a otro que residía en Cádiz, con fecha 23 de mayo de 1785, y hablando del matador de toro que nos ocupamos, que, por cierto, bastante entusiasta, que entre otras cosas decía:
“Entren todos y salga el que pueda. Pedro Romero es el mejor torero del mundo, su muleta es de un mérito especial y de lo que no hay ejemplo; los toros de esta mañana, a pesar de no ser muy bravos, los ha lidiado con gracia y mucha maestría; pero le hemos visto hacer un quite al picador Carmona, que solo estando presente puede apreciarse cual corresponde. No obstante, como usted es inteligente, se lo expresaré con algún esmero para que se persuada de lo que vale esta cuadrilla con semejante jefe a la cabeza.
Es el caso, que se lidiaba el quinto toro de la tarde, y el picador Carmona se hallaba preparado para la suerte, debajo del balcón del señor Corregidor; el toro desafiaba al bulto, escarbando, y Carmona le obligaba en su terreno, en cuya situación permanecieron dos o tres minutos, hasta que por último el toro se arrancó; sin perjuicio, pues el jinete se agarró bien con la puya, el bicho era muy duro y empujaba en términos que le derribó al caballo, provocando la caída de Carmona, de lo cual resultó que este quedase tendido debajo del caballo, aunque sin lesión alguna. El toro era pegajoso y remataba bien, por lo que no cesó de dar cornadas al caballo, levantándole estando enganchado a él. En estos momentos, Pedro Romero, metió el capote y despegó a los dos animales, saliendo el caballo a la carrera y quedando el toro aplomado. Carmona, que solo se había cuidado de incorporarse para tomar la barrera, no atendió a la situación que la res ocupaba; pero ya de pie, notó con sorpresa que su posición muy expuesta, y que se hallaba colocado entre el toro y el capote de Pedro Romero; a éste, que le constaba la índole del bicho, y por consecuencia el riesgo infalible del picador, se le ocurrió en este momento el único medio de evitar la catástrofe que debía terminar aquella escena, y con una velocidad inexplicable, se pasó el capote a la mano izquierda, y dando con la derecha un fuerte empujón a Carmona, cayó este de boca al suelo, y el toro en su arranque, no se encontró otra cosa que el capote de Pedro Romero, que llamó al lado opuesto de donde el picador estaba. Este quite tan hábilmente practicado, y con la oportunidad y ligereza que exigía tan peligroso lance, no pudo menos que entusiasmar a los espectadores, que hasta entonces habían padecido una terrible curiosidad durante toda la escena que llevo relatada. Tan pronto como el picador se levantó, se dirigió a Pedro Romero y le dio un abrazo, como prueba del distinguido servicio que le acababa de hacer librándole de la muerte”.
Otra de las anécdotas de Pedro Romero tuvo lugar en el madrileño pueblo de Torrelodones y se cuenta así:
“Salió un toro salmantino, tan ligero de pies y ágil de movimientos, que saltó la barrera y llegó al tendido, hiriendo a varios espectadores y matando al alcalde de Torrelodones, que presenciaba la corrida. Se produjo tal confusión ante aquel inesperado acontecimiento, que descuidaron el cierre de una puerta que daba a la calle y el toro, salió de la plaza, y en lugar de dirigirse al campo, que sería la querencia natural, se internó en la población. Pedro Romero, que nunca perdía la serenidad, cogió la muleta y la espada, subió a la grupa del caballo, con el picador Antonio Galiano, que estaba en el ruedo, le mandó que galopara en seguimiento del toro. Así lo hizo, y lo alcanzaron a la entrada del Paseo del Prado, que estaba muy concurrido de gente. Pedro Romero, desmontó del caballo, y en medio de la calle, sin sitio para guarecerse, ni peones que le ayudaran, le dio una brillante brega de muleta y lo mató, recibiendo, de una magnífica estocada. Así salvó Pedro Romero a Madrid de una gran tragedia ese día”.

Muchos hechos de igual naturaleza a los expresados, brillan en la vida de este célebre lidiador, consignados todos en documentos, porque su condición espontánea, merecen entera fe y crédito, siendo además notorio que el capote de Pedro Romero salvó la vida a numerosos toreros de renombrada reputación; por lo que siempre mereció el título de maestro, que todos le concedían. Así se tuvo presente, cuando en virtud de la Real Orden expedida el 28 de mayo de 1850, se creó en Sevilla la Escuela de Tauromaquia, de la que Pedro Romero fue nombrado primer director.
Mencionadas ya todas las propiedades artísticas de este célebre torero, pasaremos a relatar las concernientes al hombre, en las que este buen torero no era menos aventajado. De un trato dulce y afable, reunía un corazón humano, su comportamiento, caballeroso siempre, le hizo apreciable hasta en los más elevados círculos sociales, sus maneras eran juiciosas y de tan buen género, como circunspecto en su trato, su principal cuidado era aparecer bien ante sus numerosos amigos, y no dar importancia al mérito en que se hallaba dotado. En la plaza era sumamente cuidadoso para evitar desgracias, defensor de sus compañeros, y el primero en manifestar su parecer cuando en el ruedo se encontraba con algún toro de “cuidado”.

Concluiremos manifestando que los toreros contemporáneos a Pedro Romero, le concedieron unánimes un extraordinario conocimiento de los toros, y en su mayor parte, si no todos, rindieron tributos a su inteligencia, según así lo hemos demostrado. Últimamente diremos, que ajustada una minuciosa cuenta de los toros que mató Pedro Romero en las distintas plazas públicas donde toreó desde los años de 1771, en que empezó a figurar como espada, hasta 1799, según nuestra indagaciones, mató a más de 5600 toros, número bastante excesivo y más que suficiente para probar  de lo que era capaz y de que se le pudiera juzgar con toda exactitud sin temor de aventurar un juicio equivocado, como pudiera decirse de quienes han limitado su carrera artística a un reducido periodo de tiempo.
1800 fue el año en que Pedro Romero cesó en la lidia de toros, y se dedicó exclusivamente al cuidado de las ganancias e intereses que había sabido adquirir, exceptuando el tiempo que dirigió la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Y cuando esta escuela quedó disuelta, Pedro Romero se volvió a Ronda, su pueblo, donde permaneció por algún tiempo, al cabo del cual lo trajo a Madrid un asunto propio, que resolvió brevemente, más como quiera que los aficionados a los toros de la Corte, los más jóvenes, no conocían a este célebre torero, sino por la fama que había disfrutado en su pasada época, y por lo que tradicionalmente adquirieron de pocos hombres antiguos que se titulaban testigos principales de las proezas de Pedro Romero, hubieron de comprometerlo con tan especial habilidad, que el famoso y jubilado torero accedió a torear en una sola corrida, a la que asistieron con avidez cuantos a este género de diversión tenían apego. Inútil sería explicar el recibimiento que el galante público de Madrid preparó al antiguo matador.
Llegado el día de la corrida, todos despacharon sus negocios para no desaprovechar la hora del comienzo de la corrida. El empleado meditaba una disculpa legal para justificarse de la falta al punto de su destino. El comerciante paralizaba la acción de sus especulaciones. Y todos con el mismo afán se sacrificaban con la mayor satisfacción, para asistir a una función que sólo tenía de extraordinaria, la salida al ruedo de Pedro Romero. Avanzó el día y con él aumentó el entusiasmo de la gente, pero una vez en la plaza, y dada la señal de trompetas y timbales, todos aguardaban la salida de Pedro Romero, para admirarlo, cual héroe que vuelve victorioso de mil conquistas.
Se presentó Pedro Romero entre una continua agitación de palmas y vítores, en un incesante movimiento de los concurrentes al festejo. El acreditado matador de toros contestaba afectado a tan elocuente muestra de aprecio, y estamos seguros de que en aquellos momentos habría querido tener la aptitud que, en otras ocasiones, para emplear todos los recursos de agilidad y arte, con el fin de complacer a quienes tanta deferencia le tributaban y tanto aprecio les debía.
No pudo a pesar de todo, sino cubrir en cierto modo el lugar que ocupaba. Dio muerte a los toros que le correspondieron, y aunque sin elementos ya, a una edad avanzada, se le vio practicar esta operación bajo los mismos principios que tanto recomendaba. Después del descanso consiguiente a tan pesado trabajo, emprendió su regreso a la ciudad que le vio nacer, y rodeado de su familia permaneció algún tiempo, hasta que el 10 de febrero de 1839, cerró los ojos a la luz del mundo, en medio del más general sentimiento de sus discípulos y amigos.

Tuesday, November 14, 2017


JOAQUIN RODRIGUEZ “COSTILLARES”

AUTOR DE LA SUERTE DEL VOLAPIÉ

EL ARTE DE TOREAR

BIOGRAFIAS DE LOS PRIMEROS TOREROS DE LA HISTORIA


Pocas y escasas son en verdad las noticias que se tienen de “Costillares”. En sus comienzos tuvo una gran reputación y que gozó en sus primeros años de torero, siendo oscurecida por la justa fama de otros dos colosos del toreo que aparecieron de pronto, de los cuales, hablaremos en próximas páginas.
Desgracia fue para “Costillares” la aparición de Pedro Romero y Pepe-Hillo; más a pesar de que la memoria de los triunfos se desvaneció muy pronto por las causas que ya hemos indicado, no por eso es menos digno de figurar a la cabeza de cuantos a esta profesión se han dedicado.
“Costillares” fue el regenerador del toreo, y a nadie más que a la suerte de su invención se debe la altura en que este ejercicio se haya colocado. Hoy se ejecutan muchas de las suertes y con sobrada frecuencia, para evadir peligros considerables, que sin el auxilio de aquellas seria expuesto y peligroso el Arte del Toreo.
A la aparición de “Costillares”, célebre en la lidia, se conocían algunas suertes de bastante utilidad; pero no de una ventajosa defensa. Así es, que el arte casi naciente por este tiempo, sufrió una extraordinaria revolución que sirvió para su completo desarrollo. No necesitamos otra razón para justificar la importancia de las suertes, debidas a este hombre, sino fijar la vista sobre el tiempo que hasta hoy ha transcurrido y notaremos que a pesar de esta circunstancia se conservan íntegras y en toda su extensión, con beneficio de los que las ejecutan.
Conocida ahora la de Francisco Romero, de matar toros frente a frente con la ayuda de la espada y la muleta, y sin embargo de que esta última no tenía otra aplicación que cubrir el matador con ella desde la cintura a los pies y proporcionar la salida del toro con el engaño, “Costillares” regularizó su manejo para que la muleta ampliase la defensa del matador hasta el extremo de trastear a los toros, lidiar y ponerlas en la suerte suprema.

Respecto a la suerte de matar al toro, no se conocía otro método, que el de recibir a los toros armado con la espada, pero el toro que se aplomaba o no embestía por resabios que había adquirido, la sufría por el brazo de un peón o criado, que, a impulsos de una lanza larga, que se le llamaba punzón, era cobardemente atravesado, con el consiguiente disgusto del maestro, obligado a practicar la enunciada operación conforme a las reglas de la época.
Tal era la costumbre en usanza en la fecha de la aparición de Joaquín Rodríguez. Este concibió un nuevo recurso para evitar que las reses sucumbieran al vigor de una mano incompetente, los cual debía reconocerse como denigrativo a un matador de toros, y puso en práctica la suerte del Volapié, que produjo el resultado que se ansiaba, evitando con ello la necesidad de apelar a los extremos del arte para ninguna operación que compitiese a ese carácter. Por este tiempo ya había cambiado de faz la diversión de que tratamos, y se habían lanzado a picar toros a caballo, en iguales términos que se practica hoy, que, bajo otra forma, ejecutaban la suerte de vara larga, y “Costillares” en unión de Juan Romero, evitaban las contingentes desgracias con los jinetes, de cuyo modo se valieron para aminorar los riesgos y regularizar la lidia, colocándola en la senda más susceptible de adelantos.

Fue el creador de la faena de capote al perfeccionar el lance de la verónica. Organizó las cuadrillas de toreros, que antes se contrataban por la empresa de la plaza, imponiendo disciplina en la cuadrilla de peones y sometiendo a las órdenes del matador, quien se convertía de esta manera en el director de lidia. Estableció los tres tercios de la lidia, varas, banderillas y muerte. También modificó el traje de torero, estableciendo la chaquetilla bordada con galones de oro para el maestro y de plata para los subalternos, calzón de seda y la faja de colores.
Estas son, en resumen, las mejoras que Joaquín Rodríguez “Costillares” introdujo en el toreo, las cuales le valieron una justa celebridad, limitada hasta cierto punto por las causas que antes expusimos; pero que, a pesar de todo, no perderán jamás el resplandor de originalidad de que se hayan revestidos. Una vez relatadas las razones que le dieron tan justo crédito, pasaremos a hablar sobre su nacimiento y educación en la tauromaquia.
Joaquín Rodríguez “Costillares”, abrió los ojos a la luz del mundo en esa deliciosa ciudad, antigua Corte de treinta reyes, cuya ribera baña el Guadalquivir. Hablamos de Sevilla, la ciudad predilecta de los godos y adorada de los árabes. En esta población existe un barrio en extramuros, conocido como San Bernardo, cuyo reducido caserío, en aquella época, solo formaba un pequeño número de calles y en él nació el torero que nos ocupa, a principios del Siglo XVIII. Hijo de operarios del matadero, y sin recursos sus padres para dedicarle a otras faenas fuera de aquel paraje, no tardó en tener faenas fuera de aquel paraje, no tardó en tener aplicación en el mismo establecimiento, donde a cada momento e ejercitaban en torear a las reses que daban juego, de las que allí se dirigían para pasto del vecindario. Esta circunstancia produjo que desde bien pequeño se familiarizase “Costillares” con el ganado vacuno y conociese sus instintos y propiedades, de lo cual debía sacar más adelante un positivo y extraordinario fruto. Conforme iba creciendo en edad y desarrollo, fue creciendo y adquiriendo tan decidida afición por el toreo, que bien pronto se aplicó a este ejercicio con exclusión de otro alguno, sin duda porque su corazón le vaticinaba los señalados triunfos que había de conseguir con semejante profesión.
Como sus conocimientos nada tenían de comunes, y la aptitud que le proporcionaba sus pocos años era también especial, de aquí resultó que bien pronto demostrara lo que valía, y que en balde había luchado entre reses desde bien pequeño. Aquí podemos decir que tuvo principio la carrera tauromáquica de “Costillares”.
Ajustado desde luego con el carácter de matador, se presentó en varias plazas del reino, en las cuales recibía las más expresivas muestras de las simpatías que le público le merecía. A la vista de “Costillares”, nadie expresaba otras sensaciones que las del asombro que les inspiraba el torero sevillano. La exacta combinación de las suertes que ejecutaba llamaron la atención de un modo tal, que ocasionaba cada una de ellas un entusiasmo particular e imposible que ningún escritor las puede describir con exactitud.
Así pasaron muchos años, y “Costillares” ya no solo era matador de toros, sino maestro de otros que ansiaban abrazar la profesión del toreo, los cuales le dieron después gran fama por la reputación que supieron adquirirse.
Por este tiempo se le formó a “Costillares” un tumor en la palma de la mano derecha, que le privaba de estoquear, y por ello se vio precisado, bien a su pesar, a abandonar la profesión, de lo que se le originó una constante tristeza que, aumentándose progresivamente, terminó sus días después de poco a tiempo, con el pesar de no haber elevado el arte de que su puesto quedaba dignamente reemplazado por los famosos Pedro Romero y Pepe-Hillo. 

Monday, November 13, 2017



EL ARTE DE TOREAR

BIOGRAFÍAS DE LOS PRIMEROS TOREROS DE LA HISTORIA



FRANCISCO ROMERO – Fue el primer torero matador de toros profesional que se tiene conocimiento en el Arte de Torear. Nació en Ronda, población del mediodía, en el año 1700 y sus padres exentos de fortuna, se vieron precisados a que eligiera un oficio, siendo el de carpintero de ribera, el que Francisco Romero escogió para ganar dinero y ayudar a la familia. Este joven demostró desde bien pequeño una extraordinaria afición a tocar a las reses, en cuya faena se ocupaba en los momentos de ocio y sin perjuicio de atender su trabajo diario. Los caballeros maestrantes de Ronda, que se orientaron de la decidida afición de Romero, no titubearon en declararse sus protectores, razón por la cual se cuidaban de proporcionarle novillos a propósito que lidiaba con la mayor competencia, resultando de ello conocimientos especiales, reservados a una constante práctica.
La razón que antes hemos manifestado, influía en el primer lidiador de a pie lo bastante para dedicarse exclusivamente a torear; y en efecto, tardó poco en haber una profesión de lo que antes era solo un simple divertimento.


Sin más elementos que los que la práctica le suministraba, introdujo Francisco Romero cuantiosas mejoras en la lidia de a pie y cada día inventaba una nueva suerte que le proporcionaba merecidos elogios y la admiración general; pero lo más principal, y a la que debían rendir tributo todas las demás, era la de matar los toros cara a cara con la ayuda del estoque y la muleta.

Esta suerte que desde luego la graduó la más difícil expuesta: necesitaba ensayar con toda exactitud para instruirse de sus incidentes y evadirse con conocimiento del peligro, y Romero la practicó con el mejor éxito, por cuanto seguidamente reclamó la ocasión de probarlo. En efecto, no hizo esperar aquella mucho tiempo, los caballeros maestrantes estaban interesados, y en breve anunciaron una corrida de toros, en la que el lidiador que nos ocupa debía hacer su primera salida y matar en los términos que dejamos indicados.
Se presentó Francisco Romero en la plaza con un traje a propósito para la operación que debía practicar, el cual consistía para la operación que debía practicar, el cual consistía en calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas acolchadas de terciopelo negro; y no bien se dejó ver del público que ansiaba el resultado de sus proyectos, un nutrido y entusiasta aplauso resonó en cada uno de los ángulos de la plaza.
No es fácil explicar los preliminares de la faena, después de tanto tiempo transcurrido, y tratándose de un hecho que no quedó consignado, sino en la imaginación de los muchos aficionados que lo presenciaron, los cuales nos lo han legado tradicionalmente, y deseando por consecuencia de la importancia que real y verdaderamente debió tener. Nos contentamos, por lo tanto, con saber que Francisco Romero realizó su proyecto en medio de vítores más completos y de la admiración de los espectadores.
Como es de suponer, continuó Francisco Romero en su nueva profesión y cada vez avanzaba un poco más en el ya arte de la lid, si bien algunos comparte los descubrimientos y adelantos del toreo de Romero, con un tal Manuel Bellón, a quien se le vio estoquear a un toro en Algeciras y otros puntos, y del que no se tiene otro antecedente si no que era natural de Sevilla, y que su práctica en el capeo de reses la había adquirido en un país africano, donde no se sabe por qué causas permaneció algunos años.
Después de cierto tiempo en que estas cosas tuvieron lugar, principió Francisco Romero a inutilizarse para este género de ejercicio, porque la edad le privaba de la agilidad necesaria, que a no dudar es uno de los más indispensables elementos para el toreo, y vio abrazar la profesión de torero a su hijo Juan Romero, también natural de Ronda.
Pasaron los años, y según se disipaban los recuerdos de Francisco Romero, en la misma proporción se aumentaba el crédito de su hijo Juan, quien para mayor lucimiento de la fiesta había creado las cuadrillas de banderilleros y picadores que dilataban y hacían más variada esta, aunque a mucha distancia de la regularización que después experimentó. A juzgar por lo que se desprende de la índole y demás circunstancias de este género de espectáculos, todos convendremos en que la afición a los mismos había de generalizarse con mayor rapidez, puesto que así lo exigía el carácter de los españoles, predispuestos siempre a hechos de guerras, torneos, duelos y bizarría.
Este carácter natural, por una parte, y la idea de atender de tales funciones a objetos piadosos por la otra, generalizaron las diversiones de toros en la mayor parte de nuestras grandes poblaciones, siendo Madrid una de las que más se aceleró en proporcionarse lo necesario para que estas fiestas se realizasen, y a cuyo efecto fue llamado Juan Romero a la Corte, donde le obligaron, por medio de una escritura, a lidiar y matar toros en las corridas que tuviesen lugar todo un año, a las cuales asistió desplegando la habilidad de que estaba dotado, en términos sumamente favorables a su crédito, que nada dejó que desear a los concurrentes. Esta circunstancia influyó lo bastante para que en los años posteriores continuasen las corridas de toros y Juan Romero, que tan buenos recuerdos había dejado en su estreno.
Por esta época, ya no estaba reservado a una sola persona el dedicarse a matar toros; y asó fue que bien pronto se presentó Joaquín Rodríguez “Costillares”, a quien con justicia se le titula regenerador del toreo, y por quien empezaremos nuestra colección de biografía. Hecho este compendioso relato de cuanto hemos podido indagar relativo a los diestros Francisco y Juan Romero, pasaremos a describir con más datos, las biografías de los lidiadores que sucedieron a los que hemos hablado anteriormente, los cuales han conducido el Arte de Torear al Patrimonio Cultural de España. 

Wednesday, July 5, 2017


CÓMO MURIÓ MANOLETE

Manolete - Óleo de Federico Echeverría

La desgraciada muerte de Manolete, acaecida en Linares la madrugada del día 29 de agosto, al conmover el ánimo del mundo entero y más fuertemente el de España entera, hizo que todas las plumas escribieran sobre el ídolo roto y, tal vez por el amor y el entusiasmo que al héroe se le tenía, volaron las imaginaciones.

Nadie quería aceptar los hechos en su cruel realidad y parecía buscarse, fuera del campo de lo verdadero, una causa, un motivo, una responsabilidad, del hecho cierto, innegable, tristemente positivo de la muerte, que a todos nos afectaba.

En su defensa, disculpable por el amor que lo inspiraba, se dudó de la competencia de los médicos, se puso en tela de juicio la esplendidez del Hospital de Linares, se habló del “desmantelamiento” de la enfermería y, en una palabra, se creyó en todo lo absurdo sin hablar para nada de las causas verdaderas de la cornada de “Islero” y la falta de energías físicas de Manolete.
Yo no estoy obligado a defensas de ningún género, únicamente por defender el imperio de la verdad, para legar datos ofrecidos a la historia, que harán otros con más ecuanimidad que nosotros, he querido recoger en estas páginas la verdad de los hechos, que no se han publicado, aunque fue como viajero asustadizo, de boca en boca, sin atreverse a salir a la luz pública.

La cornada es lo de menos

Esa es una frase que, atribuidas a los médicos que asistían a Manolete, fue divulgándose con rapidez vertiginosa. Yo no creo, no puedo creer, que ningún médico dijera esa frase y estimo que, de haberlo dicho, la hubiera acompañado de una explicación que, de haber sido dada, no fue recogida por nadie.
La cornada de “Islero” tenía en todos los aspectos la enorme, la grande importancia que determina el gran destrozo de la masa muscular, determinando una tumefacción de tejidos que difícilmente puede ser “reparada”. La importancia crece al ver que la safena ha sido rota por el asta del toro, en su parte alta. No era posible pensar en la ligadura provisional ya que estos grandes vasos, al ser seccionados no solo dan sangre, por la “boca” de retroceso, sino por ambos lados. Y más en este desgraciado caso en que la safena recibe el riego de todos los vasos de las regiones renal y abdominal.
Esto, que en si es ya importantísimo, la era más en Manolete pues la ruptura de la safena lo fue por el cayado, situado al final del muslo y tan cerca, tan íntimamente colocado junto a la femoral (vena) que casi podría decirse que los dos vasos importantísimos sufrían la misma lesión.

De ahí la gran hemorragia “en sábana” más abundante de lo que hubiera sido si la ruptura de la safena se hubiera localizado en el tercio medio o en el inferior del muslo. Ligado el vaso venoso, aún cabe esperar que la función de retroceso pueda realizarse por la femoral ya que Dios nos dotó de dobles “conducciones venosas” para, en casos desgraciados, buscar la compensación del riego sanguíneo.

Sin posible retroceso para la sangre

Esta posibilidad de compensación desaparece en el momento en que, por dar nuevamente sangre la herida, se ha de operar de nuevo al diestro herido y se ha de ligar la femoral, el único vaso que se suponía útil y utilizable para la función del retroceso.
Como esto que se escribe no tiene otro fin que con el de que todos comprendan, diremos que, en el individuo la sangre arterial baja hasta la punta de los dedos de los pies y vuelve hacia arriba en retroceso por las venas, que en las piernas se llaman femoral y safena.
Ligados esos dos vasos venosos, la sangre arterial no puede retroceder, queda estancada en sus vasos principales y en los auxiliares y capilares, determinando una paralización en el riego sanguíneo del miembro afectado (pierna derecha).
Y aquí nace la importancia de la cornada. Esa sangre, estacionada en toda la pierna derecha, hubiera determinado (a las 24 o 48 horas) una gangrena, cuyas fatales consecuencias sólo se evitan amputando el miembro afectado. Y como ya sabemos que las ligaduras de los vasos estaban situadas en el tercio superior del muslo, si Manolete hubiera vivido, se le hubiera tenido que amputar la pierna, tal vez por desarticulación del fémur en la cadera.
Así, pues, no es admisible el que ningún médico pudiera decir “que la cornada era lo de menos”.

El shock traumático, síntoma gravísimo

Lo que sí dijeron los médicos desde el momento en que Manolete entró en la enfermería fue, que el fortísimo shock traumático determinaba un peligro escandaloso. No era esa opinión, una opinión de médico de pueblo. Era la afirmación del hombre que estudia, que está al día de cuanto se escribe por los profesores, para conocimiento de los que, enamorados de su profesión, quieren estar al corriente de las últimas investigaciones.
Independientemente de que más adelante expongamos en lenguaje claro lo que es el “shock”, recogeremos algunas opiniones de los expertos:
“El choque o shock consiste en una grave crisis vascular, durante la cual el aparato circulatorio, primero está excitado y después se paraliza. –  Doctores: Kirscher y Nordmann.
Según el Doctor Wieting consiste en el brusco aniquilamiento físico y psíquico del organismo, ocurrido inmediatamente después de experimentada una violencia mecánica.
El Doctor Coenen, opina que el shock se produce porque una excitación centrípeta intensísima, se descarga por el sistema nervioso vegetativo, originando la parálisis vascular, hipotensión y menor actividad de todas las funciones vitales.
Bolten, supone que la causa principal del shock es la paralización del “simpático”.
Estas opiniones de verdaderos autoridades médico-quirúrgicas, no señalan la causa determinante del shock, y con ello prueban que, de este fatal fenómeno, se conocen los efectos, pero no las causas.
Ahora veremos la opinión del Doctor Mariano Zumel, profesor encargado de la cátedra de operaciones de la Facultad de Madrid.
“No es fácil definirlo, porque tampoco precisamente le conocemos, pero si su expresión clínica que consiste en una desproporción manifiesta, entre el estado general del individuo y las lesiones que lo origina. Es decir, vemos algunas veces heridas con lesiones insignificantes y un estado general extraordinariamente grave, pulso por encima de las 120 pulsaciones, respiración angustiosa, palidez, sudor frío, conciencia relativamente clara y no podemos explicarnos que esta gravedad sea debida, exclusivamente a la pequeña lesión que estamos observando. La razón es quizá que hace pocos años los cirujanos valorábamos la pérdida de sangre, pero no el dolor, la pérdida de energía nerviosa, aunque un cirujano, hace muchos años, llamado Delbet dijo que el dolor, como la hemorragia, también mata”.
“Y estos toreros sometidos a una emoción extensa, que de repente se chorreando sangre, que ellos no ignoran que las cornadas son todas candidatas posibles o probables para la muerte, se traduce en una depresión funcional aguda que es la expresión clínica del shock traumático. Creo yo, que en el caso concreto de Manolete tanto el shock traumático, como la lesión brutal que padecía, tienen gravedad suficiente para ocasionar la muerte”.
Los que hemos estado en Linares cerca de Manolete y de los médicos, vemos que el sabio Doctor Zúmel, enjuicia, desde enorme San Sebastián la causa de la muerte del llorado torero, en los términos clínicos y científicos en que lo hicieran los médicos de Linares.
El Doctor Garrido Arboledas, desde el primer momento, sin restar importancia a la cornada, le preocupó mucho más, así lo dijo a todos, el tremendo shock traumático.

Tratamiento racional
¿por qué no suero en vez de sangre?

Y en esa preocupación, diagnosticando desde el primer instante el shock traumático por los síntomas positivos antes descritos, que lo diferencian del colapso, el médico operador, muy acertadamente, prescribe una transfusión de sangre, buscando compensar la pérdida tenida.
Decimos de un modo acertado, ya que profesor quirúrgico tan competente como Wieting acepta el tratamiento por el suero, para el colapso, más al hablar del shock cree que son peligrosas, en este caso las inyecciones de suero artificial, por sobrecargar de un modo peligroso el corazón.
Es decir, que admitida la teoría de que el shock disminuye la función circular de los vasos sanguíneos, es necesario aceptar que se reduce o aminora la fuerza necesaria para el trasvase por los capilares de las arterias a las venas y por tanto la mayor afluencia de suero en estos vasos llega a determinar el ahogo del corazón, que no puede dar salida a la masa que a él acude.
El tratamiento pues, de la transfusión es el racional, el indicado por los grandes maestros de la cirugía y basados en esas mismas indicaciones las transfusiones han de hacerse, cual se hicieron las aplicadas a Manolete, en cantidades mínimas para evitar el colapso que, por insuficiencia de trasvasación, habría de presentarse.
Era preciso ir buscando con estas transfusiones, el recobro de la sangre perdida, procurando lograrlo por etapas para llegar, si el shock cedía a la transfusión continúa.
Recobrar las grandes pérdidas es algo dificilísimo. Porque ellas determinan que el shock o por el colapso, la imposibilidad de lograrlo.
Según la investigación de Kuttner: “Una pérdida sanguínea que sobrepase el 3 por ciento del peso corporal, siempre es mortal”.
¿Perdió el pobre Manolete esta cantidad de sangre, desde el momento de la cornada, hasta que se le hizo la ligadura del vaso seccionado?
En este caso probable, todos los remedios, todas las transfusiones, resultaban inútiles.

Sangre adecuada o plasma

Las sangres (lo digo para aquellos que no están obligados a saber de estas materias) se dividen en cuatro clases. Es necesario, para evitar posibles y fatales consecuencias, proceder al examen de la sangre del que ha de recibir y del que la ofrece en favor del herido.
Existe una clase de sangre que por ser útil a todos se llama universal. Así pues, cuando Luis Miguel Dominguín, se ofrece como donante, es rechazada por no ser su sangre del “tipo” preciso. Igual suerte corre el bondadoso Don Álvaro Domecq. Y se acepta el ofrecimiento de Don Juan Sánchez, del que se sabe, por donaciones anteriores que es un excelente donante universal.
Más tarde ofrece la suya el matador de toros Parrado y al hacer el análisis de su sangre se ve que es universal y aún mejor que la de Don Juan Sánchez. Por eso las tres transfusiones siguientes, se le hacen a Manolete de la sangre de Parrado.
Nos queda por ver si la técnica empleada en esas transfusiones y anteriormente en los análisis de las sangres ofrecidas, es la indicada por los grandes maestros.
Para el análisis y diferenciación de las sangres, se usan líquidos especialmente preparados ya que por la rapidez que imponen las transfusiones es imprescindible ganar tiempo.
Pues bien, Linares tenía preparados en la farmacia de Don Alfonso López, (preparación hecha ocho horas antes) los líquidos precisos para realizar los análisis.

Transfusión directa y con aparato Cardi

Las transfusiones de sangre, comienzan a realizarse de forma directa. Es decir, que una aguja clavada en la vena del donante y otra en el brazo del herido que ha menester sangre donada.
Esta técnica primitiva tiene un grave inconveniente, la fibrina de la sangre va adhiriéndose a las paredes de las agujas determinando el taponamiento. Claro está que ese inconveniente se subsana con el cambio de aguja, más ello determina el interrumpir, aunque sea por breves momentos la operación y la molestia de nuevos pinchazos en el herido a donante. Esto no ocurrió en Manolete.
Sistema este que aun siendo el primitivo es el que se emplea más. De esa forma a los cinco minutos de prescribirse la transfusión se estaba realizando. El Doctor Don Manuel G. Medinilla, cuya clínica está a cincuenta metros de la enfermería trajo el equipo de transfusiones y en tanto, operaba el Doctor Garrido Arboledas, él realizaba la transfusión utilizando el brazo izquierdo de Manolete.
En ninguna plaza de toros de España se hubiese hecho más rápidamente esa operación de urgencia, ya que no es preceptivo el que en las enfermerías existan los equipos de transfusión.
Las otras tres transfusiones se hicieron en el Hospital, por el más moderno procedimiento, utilizando el aparato Cardi, aparato que reseñaré brevemente para conocimiento de los profanos.
Es una caja metálica en la que se coloca en una ranura, hecha en forma de espiral, una goma. En uno de los extremos de esa goma un tubo de cristal, en un ángulo recto, que entra en el frasco graduado que contiene la sangre, y en el otro extremo de la goma, la aguja que va al brazo del herido.
Por la acción de un pequeño manubrio, muévese un rodillo que pisa sobre la goma, empujando a la sangre y a la vez absorbiéndola, por el vacío, del frasco en el que previamente “se ha fijado” la sangre donada. Un contador automático va mostrando el número de centímetros cúbicos de sangre que penetran en el vaso del que la recibe.
Estas tres últimas transfusiones las realizó la licenciada en farmacia, señorita María Luisa López.

Líquidos de análisis y de fijación

Es un hecho cierto que los líquidos con los que han de hacerse el análisis de las sangres ofrecidas y aquel preciso para la fijación de la donada, precisan estar preparados poco tiempo antes de ser utilizados. Y en este caso, los detractores del noble Linares, en enterarse de nada, sin preocuparse de hacer la más pequeña información, aludieron este punto.

Yo, un poco más amigo de la verdad, doy aquí mi charla con señorita María Luisa López.
-¿Está usted preparada, no siendo médico, para hacer transfusiones?
-Tal vez por una curiosidad, guiada por un afán de atender a los pobres, procuré ponerme en condiciones técnicas de realizar esas operaciones.
En uno de mis viajes a Madrid, en el pasado mes de abril, quise hacer los cursillos de transfusiones, con el Profesor Doctor Elosegui. Fui tarde y no pude lograrlo, más deseosa de no venirme a Linares sin conseguir mis propósitos, conseguí permiso para hacer las prácticas en el Hospital de la Cruz Roja, en Madrid. Allí estuve más de dos meses enterándome de todo y practicando transfusiones, hasta que mis maestros me concedieron el honor de conceptuarme en condiciones de hacer esas operaciones.
-¿Quiere usted decirme, María Luisa, como es que los líquidos los tenía usted preparados?
-Por una verdadera casualidad, aquella misma mañana del 28, me llamó el especialista de otorrino, pidiéndome que preparase lo necesario para realizar unas transfusiones. En aquel instante, mi padre y maestro, púsose a preparar los líquidos de análisis y el “caldo” preciso para la fijación de la sangre. Cuando yo esperaba el aviso para subir al Hospital, me llamó de nuevo el médico diciéndome que ya no eran precisas las proyectadas transfusiones. Y como es natural, los líquidos quedaron preparados, y con ellos hice el análisis de Luis Miguel Dominguín, de Don Álvaro Domecq (que no sirvieron) y la de Parrado que resultó ser “universal” y de las mejores.
-¿Quiere decirme algo sobre la técnica de la preparación de la sangre?
-Es sencillísimo: en un frasco graduado, se pone una cantidad de líquido igual a la cantidad de sangre que se ha de obtener del donante. La sangre obtenida y puesta en el suero se “estabiliza” conservando los glóbulos rojos todo su valor, e impidiendo la coagulación.
-¿Ha realizado usted muchas transfusiones?
-Bastantes y todas ellas a gentes pobres que han necesitado de este remedio.
-¿Qué aparato usa usted?
-El Cardi, que es la última palabra.
Y María Luisa López, muy amablemente me muestra el Cardi, explicándome su funcionamiento.
Podemos, pues afirmar:
1.    Que los líquidos utilizados para Manolete tenían solo unas horas de preparación.
2.    Que se empleó para las transfusiones el aparato y la técnica más moderna.
3.    Que la operadora estaba “documentada” para hacer esas operaciones.

Esto es lo que debieron averiguar los preopinantes detractores.

El operador: Don Fernando Garrido Arboledas

He aquí el personaje más principal, el más discutido en este triste suceso y seguramente el que más humanamente ha sufrido cuantos errores e injusticias se han dicho de él.
Don Fernando Garrido, que era un íntimo amigo de Manolete, seguro de haber puesto al servicio del torero herido, su mucha ciencia y su gran arte de operador, solamente ha escuchado la voz de su conciencia, el aplauso íntimo, la voz del alma que nunca miente, ni nos engaña.
El Doctor Garrido Arboledas, nos ha pedido a todos, un piadoso silencio ante las falaces afirmaciones de los detractores. Yo no puedo, ni quiero complacer al Doctor Garrido en esta ocasión.
Hospital de Linares donde murió Manolete

No es el prestigio suyo el que únicamente juega. Es el nombre de Linares, que se siente orgulloso de sus médicos, es el nombre de esta ciudad culta, populosa, moderna y acogedora, que va unido a todo lo de aquí, el que reclama, no una defensa de la persona, sino una exposición justa y verídica de los hechos.
Don Fernando Garrido, es el cirujano de nuestro Hospital. Desempeña igual cargo en “Santa Bárbara” asociación benéfica de mineros y lleva más de veinticinco años dedicado a la cirugía. Por su competencia, por su renombre conquistado, la asociación de toreros le nombró su médico en la Plaza de Toros.
Alguien habló de la traumatología de urgencia. El que tal hizo, desconoce Linares. En este pueblo, como en todos los pueblos mineros, por desgracia, los operadores han de intervenir, con más frecuencia de lo deseado, en operaciones de urgencia.
Garrido Arboledas ha operado con González Bueno y con Jiménez Guinea.
Sin duda por esa razón, al publicarse los primeros errores emitidos sobre los médicos de Linares, González Bueno, como Presidente del Colegio Médico de Madrid, le pone un telegrama protestando de cuanto dicen los mal informados.
Jiménez Guinea y Tamames, que ya le habían felicitado por su rápida y acertada intervención, hacen declaraciones a la prensa madrileña reconociendo que, en el caso de Manolete, no podía hacerse más de lo hecho ya.
Álvaro Domecq, Camará, los toreros todos que vieron el desvelo de Garrido Arboleda, le felicitan y le agradecen sus esfuerzos en favor del herido.
Córdoba entera, en el triste momento del entierro de Manolete, tiene para el operador (que asistió al entierro) la más cariñosa expresión de su gratitud.
El Doctor Zúmel en una entrevista dice:
-¿Y sobre el parte facultativo de Manolete? –le pregunta el periodista.
-Yo –contesta el Doctor- lo encuentro correcto, científicamente expresa toda la gravedad que desde un principio observaron los colegas de Linares. Conste que no les conozco, ni que tampoco me lleva un espíritu de clase a defender una actuación que no lo necesita, puesto que pusieron todos los medios de que disponemos para salvar la vida de un herido. El deseo de todos (y no creo duden del interés de estos colegas) era salvar a Manolete, pero su lesión, extraordinariamente grave, hacía temer, como sucedió, todo lo contrario. La rotura de la vena femoral, la anemia aguda que ocasiona, y el shock traumático tienen personalidad patológica suficiente para acabar con una vida. -¿No lo decían ellos en su pronóstico de muy grave?
Después de esta opinión, dada espontáneamente por el Doctor Zúmel, profesor de quirúrgica y operaciones en la Facultad de Madrid ¿será necesario añadir una sola frase para probar la competencia y el acierto del Doctor Garrido Arboledas?
Estimo que todo lo expuesto, dicho por verdaderas autoridades médico-quirúrgicas, tira por tierra las impremeditadas apreciaciones de los “espontáneos” que, en afán de decir algo, solamente dijeron tonterías.

Aplausos y diatribas

Hasta aquí lo que se hizo, lo que dijeron los médicos de Linares al asistir, de primera intención, al torero herido.
Por ley natural de la vida y del vivir, Manolete era la gran figura, el ídolo de todos los públicos. Sus éxitos, sus fracasos, su vida, diríase que nos pertenecía a todos y todos teníamos derecho (un derecho que nos concedíamos nosotros mismos) a opinar sobre todo lo que sucediera en torno a la vida del torero.
Probablemente si, por un milagro, todas las bocas hubieran expresado lo que dictaban las mentes influidas por el corazón, una sola frase hubiese atronado el ambiente.
¡Manolete no debe morir!
Ese era el deseo, noble y honrado, deseo de todos.
No es posible pensar en otra cosa. Médicos y público, enterados y profanos, amigos y no amigos, sólo deseábamos la salvación del ídolo. No ya por serlo, sino por afecto, por ilusión, por humanidad.
Más la fatalidad, que parece tener una complacencia en dar penas, hizo lo contrario.
Manolete murió.
Y fue entonces, tras los suspiros y los lamentos, quizá al término de unas oraciones cuando todos nos sentimos inclinados, casi forzados a opinar.
No nos detiene el hecho de estar ausentes del sitio de la tragedia, ni aun la reconocida ignorancia de quirúrgica. Imposibilitados de enfrentarnos con “Islero”, causante de la tragedia, cuya cornada inició el drama, queremos adentrarnos en todo lo que sigue a la cogida.
Y es cuando el público español se divide en dos bandos: una minoría, que fuimos los que presenciamos cuanto se hizo y una mayoría que recoge, propaga y deforma la realidad de los hechos.
Periodistas como el Director de “Dígame” y los redactores de “Pueblo”, Señores Bellón y Tierno que estaban en Linares, dan versiones exactas de lo ocurrido, y narran la verdad, exponen todo lo sucedido sin callar alguna lamentación, más defendiendo por ser verdad, el esfuerzo de todos en favor del desgraciado torero.
Los ausentes, desde el viejo marqués, todo sinceridad al confesar que no conoce Linares, pero lo censura, al más modesto de los ciudadanos, creen que su postura está en censurar al pueblo, que llora sinceramente la muerte de Manolete.
Existe otro grupo, el que se limita a estudiar científicamente la cornada, las
Manolete con Lupe Sino
intervenciones quirúrgicas y las consecuencias de ellas.
Con verdadera satisfacción confesamos que, al frente de este grupo colocamos a los Doctores Zúmel y Fernández Pérez, que desde la “Hoja del Lunes” de San Sebastián, y desde el diario “Madrid” hacen verdadera justicia a quienes pusieron su ciencia y su habilidad al servicio del que llegó a la enfermería en estado casi preagónico.
Y más tarde, un sabio profesor de la Facultad de Granada, en una peña formada por médicos, hizo en breves frases, la pintura exacta de lo ocurrido.
No estoy autorizado para dar el nombre del culto profesor, más como no tiene pareja su sinceridad, describiré lo sucedido.
Opinaban jóvenes médicos lo sucedido en Linares, y cada uno exponía su opinión diciendo las faltas que veían tras los informes de la prensa. Y uno de los médicos más jóvenes, dirigiéndose al catedrático le dijo:
-¿No es cierto lo que decimos, maestro?
Y el maestro aludido, con la pausa del que sabe lo que dice, contestó:
-Si Manolete cae en Granada hubiéramos hecho lo mismo que han hecho los compañeros de Linares. Porque ante una gran figura, como era esa, solamente nos preocupa el conseguir su salvación y vamos a lograrlo sin ensayos, sin más tentativas que la de lograr una vida.

No puede decirse más en favor de la verdad, ni se puede expresar en menos palabras. Entre los detractores, por otro lado, de esos que opinan a gran distancia está (y lo recojo por la autoridad que en el mundo tiene) el gran orador Don Federico García Sanchís, que revela en su opinión la “plata del minero” de Linares y dice que este es un pueblo árido.
La plata del minero y la supuesta aridez de la tierra, aun aceptando las dos cosas, nada tiene que ver con la cornada de “Islero”.
Sé que esas frases, en el periodo de una charla de García Sanchís, sonarían con dulce tintineo que imprime el orador a cuanto dice.
Así nos sonaron a nosotros los que vivimos en Linares, las que pronunció Federico García Sanchís, en Linares en el Teatro Olimpia, cuando nos deleitó con unas de sus maravillosas charlas. Entonces nos dijo:
“En Linares la bella reja florida que separa La Mancha de Andalucía. Y a esa reja, entre claveles y rosas, se asoman las bellas mujeres de Linares para recibir los piropos de los manchegos”. ¡Qué lindas frases para desterrarlas después llamando árido al país de las rosas y de los claveles!
Pues todas las críticas, todas las censuras son iguales, sin otra disculpa que la hiperestesia del dolor, la ofuscación de la pena o el deseo de apalear a los demás.
¡Perdónalos Señor, que no saben lo que dicen!

Manolete tuvo un hermano

Yo sabía, ya estaba enterado, de la gran amistad que unía a las dos grandes figuras de la tauromaquia: Don Álvaro Domecq, el caballero rejoneador y Manolete, el único en el toreo a pie.
Esta sincera amistad, que era orgullo de los dos, se traducía, en esta época en que el rejoneador jerezano no toreaba, y en que este perdía pocas corridas toreadas por Manolete.
Aquella mañana, la del tristemente célebre día 28 de agosto, a la hora del apartado de los Miuras, Don Álvaro Domecq, estaba en los corrales de la plaza de toros de Linares. Allí estaba Camará y las cuadrillas que habían de actuar por la tarde.
Eran las horas alegres que preceden a las corridas, esos momentos en que los toreros quieren olvidarse de los toros y procuran hacerlo con bromas y chuflas.
El bondadoso rejoneador, iba con “jipi” veraniego, y ese sombrero fue, en aquellos momentos, el que dio pie para frases de afecto y amistad.
Se terminó el enchiqueramiento de los toros, y cada cual nos fuimos por nuestro lado, y Domecq se fue junto a su gran amigo.
Por la tarde, Don Álvaro, próximo al Conde de Colombí, junto al Director de “Dígame” ocupaba una barrera.
Casi al pie de donde estaba el gran caballista jerezano, Manolete hacía la temeraria faena que terminó con la vida del gran torero. El amigo del alma no perdía un detalle.
Surgió la tragedia y el semblante de Domecq se demudó. La palidez invadió su faz, pero todo un hombre, supo imponerse al propio dolor y corrió a la enfermería, para estar al lado de su amigo. Desde ese momento en servicio de una admirable confraternidad, Álvaro Domecq, fue para Manolete, más que un hermano.
Ofreció su sangre, alentaba al herido, preguntaba con la vista a los operadores, y seguía, con ansiedad, los más pequeños detalles de la operación. En cuanto se indicó la necesidad de trasladar al herido al Hospital, Domecq fue corriendo y se entrevistó con la Superiora, Sor María Echevarría y el mismo eligió la sala más cómoda, la más amplia de distinguidos, para que allí se colocara a Manolete.
Álvaro Domecq, acompañó la camilla que portaba el cuerpo de Manolete y ya no se separó de él un momento.

Los médicos cuidan el cuerpo, Domecq el alma

El desventurado torero va perdiendo la escasa vida que le dejara la cornada de “Islero”.
Ha de sufrir la segunda operación. Los médicos se muestran cada vez más pesimistas, porque Manolete no reacciona. El torero herido ha solicitado, como buen creyente que se pongan en su habitación unas imágenes.
Álvaro Domecq, católico de corazón, oye a los doctores, se da cuenta del momento que vive el herido y piensa en que los médicos cuidan del cuerpo del amigo, pero nadie se preocupa por su alma. Y es Domecq, hermano por cariño de Manolete, el que acude a la Superiora preguntándole:
-¿Está el Capellán en el Hospital?
En aquel momento se busca al Capellán, que acude inmediatamente, para prestar al herido los auxilios espirituales.
Manolete, al decir del propio Capellán, preparó su alma, confesó pleno de amor a Dios perdonando y pidiendo perdón a todos.
Cuando el Capellán terminó su sagrada misión, por los ojos de Don Álvaro Domecq corrieron unas lágrimas.

“Quiero comulgar”
aplicando la comunión por el alma de Manolete

Manolete, por designio del Altísimo, había expirado. Toda una vida de triunfos y de honores, acabó para siempre. Con la misma prodigalidad que se le otorgaban los aplausos, en sus innúmeras tardes maestras, ahora se le ofrendaban oraciones. Todos rezábamos por el alma del torero fallecido.
Eran las cinco y media de la mañana, cuando Don Álvaro Domecq preguntó a la Superiora del Hospital a qué hora se diría la misa, que diariamente oficia el Capellán del Hospital.
-Hoy –contestó la Superiora- se dirá dentro de un rato, a las seis.
Domecq solicitó y obtuvo, el que fuese aplicada en sufragio del amigo fallecido. Y momentos antes de las seis, acudió Don Álvaro al cuarto del Capellán, diciéndole:
-Puede usted confesarme, padre.
-Ahora mismo.
-Porque deseo –dijo Domecq- aplicar, por el eterno descanso del gran amigo, la comunión de hoy.

Álvaro Domecq marchó a la capilla, sacó de sus bolsillos el cordón de hijo del Carmelo y un breviario preparándose para hacer la confesión y recibir después la Sagrada Forma.
El amigo del alma, el más caritativo de los hombres, el que fue más que un hermano de Manolete, le ofreció, en amoroso homenaje póstumo, lo más grande, lo más puro que en él había: su acendrada fe, pidiendo al Todopoderoso piedad y perdón para el que todos lloramos.
Después en la triste caravana, camino de Córdoba, Don Álvaro Domecq, siguió acompañando los restos del llorado amigo, hasta la última morada.
Y tengo la convicción, de que todos los días, el noble señorito de Jerez, tendrá, para el finado, una oración, una súplica que, como decía San Ambrosio, la recogerá Dios.

Ayudantes y auxiliares

Muchos médicos tiene Linares, y muchos doctores de otras ciudades presenciaron la corrida en la que se produjo la tragedia. Cuando esta sobrevino, el médico de la Plaza, Don Luis Garzón y el ayudante del Sr. Garrido, Doctor Don César Lara, estaban en sus puestos para prestar los servicios inherentes a su profesión y a su cargo.
Después, todos en afán de serle útil al pobre Manolete, pasaron por la enfermería, los médicos de Jaén, de Úbeda y de Valdepeñas.
Ni uno solo dejó de ofrecerse, porque todos estaban animados del mismo afán: salvar al hombre y con él al diestro indiscutible.
Don Wenceslao Martínez, culto médico linarense, que también prestó su valiosa cooperación en la enfermería de la plaza, fue durante toda la noche, el que montó la guardia junto al torero que luchaban con la muerte.
Y los auxiliares Martos y Herreros, este anestesista, se multiplicaron para cumplir las órdenes que el operador daba.
Fue todo ello un conjunto de nobles y voluntarias prestaciones, sin otro afán, ni más deseo, que estar al servicio del ídolo caído.
Era aquel proceder, la clara expresión de lo que Linares sentía, de los que deseaba este pueblo que a través de la verja que cierra el Hospital, inquiría, lleno de angustia dolorosa, noticias del torero herido. Y no era ese un movimiento esporádico, extraordinario. Era la fiel expresión de la que Linares siente y piensa ante la desgracia.
Porque aquí, en donde el dolor nos invita con frecuencia, tenemos el espíritu y la bondad prontos a todo lo que sea o signifique caridad y amor al prójimo.

La fortaleza física de Manolete


Hasta aquí lo que con más o menos exactitud, se ha publicado sobre el desgraciado caso del gran torero. Más como digo al principio de estas páginas nadie habló de la resistencia o fortaleza física de Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”.
Sería muy interesante poseer la ficha médica del torero, si la tal ficha se le hubiera hecho. Ante la no existencia de esa ficha, partiremos de los datos que nos ofrecen sus biógrafos.
Al año y medio padece Manolete una pulmonía, causa nos dicen sus cantores, del aspecto que desde pequeño tuvo el diestro. Ya no nos facilitan más datos. No sabemos, es de suponer que sí, que Manolete pasara las demás enfermedades infantiles y sobre todo las que más taras suelen dejar, el sarampión y la escarlatina.
Fuere ello de una forma o de otra, es el caso que Manolete, niño, es de carácter serio, retraído, no alterna en los juegos con sus compañeros y llama la atención por su carácter frio, reservado.
Un estudio, que se hubiera hecho entonces, por un Lafora o un Decreff nos hablaría de un hipotenso, tal vez por deficiencia de secreciones internas.
El Doctor Mata (fundador del Instituto Psiquiátrico de su nombre, en Reus) en un estudio de divulgación llama a estos enfermos “concentrados en sí mismos, que no alternan en juegos porque, sin saber la causa, se sienten débiles ante los demás y buscan su defensa en el alejamiento de los otros”.
Así lleva Manolete su vida. Ya hombre en la vida torera, pierde su propia voluntad y ha de encontrar un amigo y apoderado, en el que fía para todo, que, dándole alientos, lo transforma en decidido, en arrojado, en temerario. El mismo Camará nos lo dice:
“Siempre que salía el toro, Manolete me preguntaba: ¿qué te parece?
Era la fe del débil apoyándose en la fortaleza de quien le guía y ampara. ¿Las causas de todo esto? El mal funcionamiento de las glándulas suprarrenales, defecto fisiológico este del que nos habla el Doctor mejicano Sr. Berdegue, que asistió a Manolete, en México y que en el “Excelsior” de aquella capital ha dicho hablando del gran torero:
“Era un hipotémico, de constitución linfática y asténica, su tensión era muy baja y por todo esto había que aplicarle, cada vez que toreaba, una inyección de corte a suprarrenal, aparte de dos inyecciones tónicas que sistemáticamente le poníamos cada semana”.
Esto es algo que en el momento en que Manolete, por grandes emociones y más aún al sufrir una herida en cuyo momento se precisa un normal funcionamiento del sistema vascular y nervioso, tiene una importancia tal, que es, en ocasiones, más importante que la propia lesión sufrida.

¿Qué shock tuvo Manolete al ser cogido?

Los partes facultativos, los comentarios de los médicos y de los profanos, como he recogido anteriormente, solamente nos hablan del shock traumático. Pero no olvidemos que todos los tratadistas de quirúrgica nos hablan también del psíquico y del hemorrágico.
Respecto al primero, que lo puede producir el cansancio, la fatiga o el miedo ante un peligro más o menos real, de muerte, el Doctor Zúmel dice en las declaraciones antes comentadas:
“Y estos toreros sometidos a una emoción extrema, que de repente se ven chorreando sangre, que ellos no ignoran que las cornadas todas son candidatas posibles o probables para la muerte, se traduce en una depresión funcional aguda que es la expresión clínica del shock”.
Y nos queda por ver el shock hemorrágico, tal vez el más peligroso de todos.
Hubo un tiempo en que el shock hemorrágico se admitía como una defensa del organismo ya que disminuyendo el funcionamiento circular y de transvasación, disminuía la pérdida de sangre.
Nosotros no pretendemos sentar teorías, sino buscar la verdad, la fatal verdad de este caso, en el que los médicos de Linares tuvieron, en contra de cuanto se ha dicho “de memoria” el mayor de todos los éxitos, de pronóstico y diagnóstico. Trataremos de buscar el diagnóstico diferencial entre esos shocks, para sentar, desde ahora las siguientes conclusiones:
1.    Manolete sufrió shock rápido hemorrágico, y como consecuencia de ello una autointoxicación no microbiana o toxinfección.
2.    La deficiencia suprarrenal influyendo de una manera escandalosa en lo nervios motores vasculares y los efectos de la autointoxicación sobre el bazo e hígado impedían las transfusiones necesarias y las inyecciones de suero, que hubieran podido contrarrestar un poco los efectos de la anemia por hemorragia.
3.    Todo esto se lo expresó el Doctor Garrido Arboledas a los médicos llegados después de la operación y no fueron los médicos de Linares los que insistieron y ordenaron una quinta transfusión de sangre fijada, transfusión que iniciada no llega a los treinta centímetros cúbicos pues, al ver los efectos de ella, se suspende y se abre el vaso por el que se inyectaba para tratar de disminuir el líquido venoso, abriéndose una sangría. Fue entonces cuando murió Manolete, cuya última frase, al verse sangrar fue: ¡Con lo débil que estoy!

Fischer describe el shock traumático, es decir sienta la siguiente sintomatología:   
“El sujeto está inmóvil, con la cara abatida, los ojos sin brillo, semivelados los párpados, las pupilas están dilatadas y lentas en contraerse, la mirada expresa la indiferencia y la vaguedad, la piel y las mucosas presentan una blancura marmórea y las manos y labios están un poco azulados”.

Travers después de admitir estos síntomas añade la forma erética. El enfermo levanta los brazos, apartando las cubiertas de la cama y moviendo agitadamente la cabeza.

¿Se dieron en el estado de Manolete estos síntomas?
Manolete reacciona un poco ante las pequeñas y espaciadas transfusiones. Y he aquí lo que nos dicen Monlinier, Moreau y Beuhamon:
“…y si el pulso mejora, después de la hemostasia, con inyecciones intravenosas de suero, o por la transfusión sanguínea, son síntomas que abogan en favor de su estado hemorrágico puro, más bien que en el de un verdadero estado de choque”.

Quenú y Delbet son los que sientan la patogenia de la toxicidad en las hemorragias producidas por grandes destrozos musculares diciendo: “esta toxemia, es debida a la elaboración y reabsorción a nivel del foco traumático, de substancias tóxicas de dos órdenes unas independientes de todo origen séptico, de la desintegración de los tejidos, particularmente de los músculos contundidos, que son asiento de fenómenos de autolixis”.

Dunal y Grigault, después de repetidos análisis de sangre y orina de traumatizados dicen:
“…en estado normal los tejidos tienen almacenadas parte considerable de las sustancias nitrogenadas salidas de su desasimilación, por la influencia de un traumatismo, disminuye la salida de la execreción nitrogenada de la célula y una parte de la reserva nitrogenada tóxica del tejido lesionado pasa a la circulación. El nitrógeno residual aumenta en la sangre de los atacados por el choque y este aumento del nitrógeno residual, está unido a una alteración hepática”.
“En muchas heridas, esta alteración hepática puede ser la lesión primitiva”.

Crile y Howell sientan como dominando toda la patogenia del choque “la caída acentuada y prolongada de la presión sanguínea”.
Y observando todo esto y la falta de cambios entre la sangre y los tejidos es lo que Brown-Sezuard ha llamado la inhibición de los cambios.
Esa inhibición era la que contraindicaba la transfusión “que no quisieron realizar los médicos de Linares”.

Los detractores de oficio

En contraposición a estas autorizadas opiniones, surgen los sabios de guardarropa, los que, por ignorarlo todo, sobre todo dan su opinión.
Y seguros de que a ellos nadie les ha de hacer caso, tienen la osadía, cuando hablan, de anteponer: “por qué lo dice el doctor Tal” o “según la opinión del médico Cual”.
Todo esto es falso. Nadie dijo lo que ellos, detractores de oficio, ponen en boca de los demás.
Han dado algunos nombres, que la más rudimentaria de las éticas los rechazan, ya que no es posible el admitir la villanía que supone el hecho de que, un señor diga, noble y espontáneamente ante los periodistas que se actuó correctamente desde el primer instante, aceptando como bueno cuanto se hizo y después, soto voche y en reducidas peñas, diga lo contrario. Yo protesto del proceder de estos comentaristas, con tanta ignorancia como valentía, que, incapaces de responder de nada, ponen sus propias intenciones en labios de cultos médicos, cuya moral está muy por encima de quienes les necesitan, ponen en su actuar la fe de su propia fe.
Las críticas enconadas, los juicios, marcados por la injusticia, las apreciaciones gratuitas, nacen de otra forma, surgen como el anónimo, pasan, de unos a otros deformándose cada vez más y llega un momento en que, ni el inventor de la frase o de la opinión la reconoce como suya.

Compañerismo deformado
 
Comienzo del Paseillo en Linares: Gitanillo de Triana, Manolete y Luis Miguel Dominguín
Y a la hora de presentar los hechos, actitudes, afectos o rencores casi nunca se expresa la verdad. Si opinamos sobre un desconocido o sobre un enemigo, la piedad no detiene nuestra mente ni nuestra lengua. Si lo hemos de hacer sobre una persona, que nos es simpática, ponemos en esos juicios todo cuanto nos sea posible en su favor.
Algo de esto último, yo lo disculpo, se hizo con uno de los compañeros de Manolete. Si a la hora de los triunfos, de las glorias, estamos junto al triunfador, nadie se fija en nosotros. Ni uno solo nos dirá si hacemos bien o mal.
La amistad es la piedra de toque de la amistad, y en esa hora, en los momentos de dolor, en los instantes en que el hado se nos vuelve adverso, es cuando podemos demostrar nuestros afectos.
Manolete tuvo dos compañeros aquella tarde, en la que ofreció su propia vida: Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín. Dos compañeros que tuvieron una actuación diametralmente opuesta. Gitanillo se convirtió en el acompañante cariñoso. Se dijo de ir al encuentro del Doctor Guinea y Gitanillo salió carretera adelante disparado, loco, para servir al compañero. ¡Qué poco se ha dicho de este noble actuar!
Luis Miguel Dominguín, cuando terminó con su último toro, entró en la enfermería de la plaza, ofreció su sangre, no fue aceptada, se marchó al hotel y volvió a la enfermería, hasta el momento en que Manolete fue trasladado al Hospital.
A las once de la noche llegó al Hospital, visitó al compañero, a la media hora salía en su coche para Úbeda, hospedándose en el Parador de Turismo. Yo tal vez un poco despistado, no me explicaba las preguntas que me hacían, desde Madrid al Hospital, las agencias informativas.
-¿Y Dominguín? –me preguntaban- Nos es muy importante la actitud de Dominguín.
Al día siguiente los periódicos (¿Quién daría esa noticia?) decían que Dominguín no se había separado un momento de Manolete, al que enjugaba el sudor frío de su rostro.
Nada de esto es verdad. Yo mismo, a las 4:25 de la madrugada, cuando llegó al Hospital el Doctor Tamanes, con su ambulancia y equipo, llamé por teléfono al Parador de Úbeda para avisar a Dominguín la llegada de lo que él había pedido a Madrid.
Acudió al teléfono el padre del torero, porque este se encontraba descansando. Y, a pesar de mi aviso, descansando continuó.
Solamente volvió al Hospital, cuando ya estaba de cuerpo presente el pobre Manolete. Alguien trató de disculparlo diciendo que había de torear aquella tarde. Era verdad, toreaba en Linares. Y Gitanillo de Triana también toreaba aquella tarde y…¡en Almería!
Los otros compañeros Ortega y el Andaluz velaron unos momentos el cadáver. Digo unos momentos porque, en deseo de ofrendar algo a la memoria del compañero, iniciaron la suspensión de la corrida en que ellos habían de actuar aquella tarde.
La suspensión, repito que iniciada por ellos, tenía unas gestiones que realizar, imponía conferencias con Madrid y con las autoridades locales y estos trámites obligados, alejaron a los dos matadores de estar junto al cadáver de Manolete.
Sin duda por esta causa, al tirar los fotógrafos unas placas en los pasillos del Hospital, no aparecieran en esas fotografías.
Pero, pese a ello, demostraron ser compañeros leales a Manolete.

¡Era mi padre!

Tratar de las notas sentimentales, hacer una exposición del dolor causado por la cogida del llorado torero y no mencionar a Guillermo, el mozo de espadas de Manolete, sería la mayor de las injusticias.
De todas las expresiones del pesar, yo no pretenderé negarlas, la más honda, la más sincera, la más íntima fue, sin duda alguna, la del antiguo compañero de capeas.
Cuando los periodistas subieron al hospital, en afán de información que servir al público, fueron derechos al cuarto del torero herido. Todos estaban pendientes del estado de Manolete. Los médicos, si alguno se dejaba preguntar, eran “asaltados” por los informadores, ansiosos de recoger impresiones. En un momento de descanso, alguien dijo:
-Allí en aquel cuarto hay otro torero.
Y, el cuarto señalado por aquel espontáneo informador, acudieron los reporteros. Tendido en una cama, envuelto en varias mantas, tratando de combatir la fuerte tiritona nerviosa, Guillermo, el desconsolado Guillermo, lloraba como un chiquillo.
Su estado era febril. Se le habían aplicado varias inyecciones, pero aquellos nervios superexcitados, no obedecían a nada.
-¿Qué le ocurre Guillermo? –le preguntaron.
-Que quié usté que me pase. Er mataó, er mataó. ¡Qué pena! ¡Qué desgrasia! ¡Era mi padre!
El pobre muchacho seguía llorando. Fue preciso llevárselo al Hotel, y evitarle el dolor de lo que se avecinaba.
Su pena era sincera. Era… la verdad de la verdad.



La enfermería de la Plaza de Toros


¡Cuánto se ha fantaseado! Puesto a decir cosas que están fuera de la realidad, (afirmo, que sin ánimo de molestar a nadie) se ha pretendido presentar la enfermería de Linares, primer peldaño de la dolorosa tragedia, como algo deficiente.
Dejaré a un lado el hecho de que esa dependencia, por imposición del Reglamento Taurino, ha de ser visitada en visita de inspección, por una autoridad médica, y el encargado de ese menester, Don Cristino Martínez, dice a ese respecto que giró la visita reglamentaria a la enfermería, el día de la corrida, afirmando que, cuanto prescribe el Reglamento, lo posee ampliamente y que todo estaba a punto y a plena satisfacción.
Yo he de decir algo más. La enfermería tiene instalación completa de caldera y depósito de esterilización, mesa de operaciones y vitrina para el instrumento quirúrgico. No falta en esa enfermería ni el menor detalle toda vez que el Hospital facilita cuanto sea preciso para que todo esté previsto y pronto. Una farmacia lleva cuanto se supone puede ser necesario, desde algodón a los inyectables en cantidad más que abundante.
La enfermería posee una pequeña pieza que separa la sala de operar de la puerta de entrada y tras de la que sirve de quirófano, una sala en la que existen dos camas dispuestas para posibles hospitalizaciones.
Tres horas antes de cada corrida los practicantes de servicio, hacen la preparación de todo lo necesario, ponen en funcionamiento el equipo de esterilización, esterilizan el equipo quirúrgico, preparan las bombonas de material esterilizado, colocan en bandejas los inyectables y, en una palabra, ponen todo en condiciones de una segura y rápida utilización.

El Hospital de Linares: el segundo en Andalucía


Sin duda buscando motivos para hacer la nota sentimental de un romance de ciegos, se escribió, con tanta injusticia, como ignorancia sobre el hospital “municipal” de Linares, poniendo unos en tela de juicio la hermosura de ese gran edificio y llegando otros, al extremo de negar toda condición higiénica al referido hospital.
El Hospital de Linares, rica y suntuosa donación de los Marqueses de Linares, es para los que hemos recorrido toda España, uno de los mejores y desde luego el segundo de Andalucía, pues ponemos en primer lugar el clínico de Cádiz, conocido por el Hospital Mora, por ser una donación de un rico gaditano que llevaba ese apellido.
De lo que es nuestro hospital, como edificio, será bastante decir que actualmente está valuado en catorce millones de pesetas.
No cabe, pues pensar, en que sea una casita más, adaptada para el fin a que se destina. Tiene este hospital dos quirófanos, amplisimas salas generales y 19 cuartos para distinguidos, algunos de ellos, cual el ocupado por Manolete, con una antesala en la que existe el baño y la más completa instalación de aseo.
Desde hace muchos años, fue de los primeros en poseerla, cuenta con una potente instalación de Rayos X y de radiografía. Su instrumental es modernísimo y abundante, botica propia, calefacción central y cuanto pueda pedirse en el más moderno sanatorio.
De su hermosura, de su limpieza, dan una idea estas propias frases de Manolete, dichas cuando hizo una visita a este Centro benéfico.
“Es tan hermoso este Hospital y lo tienen ustedes tan bien cuidado y tan limpio, que dan ganas de ponerse enfermo para venir a él”.
Después de esto, ¿cabe mayor sarcasmo que ese de hablar de “las moscas” y “del abandono del hospital”?
¿Es humano, es honrado hablar de memoria para injuriar a la verdad de esa manera?
Difícilmente se podrá presentar pueblo alguno, no ya con un hospital mejor que este, si no igual. El solo hecho de estar confiado al cuidado y asistencia del Hospital a las abnegadas Hijas de San Vicente Paul, ya es bastante garantía para pensar en que allí el aseo y la limpieza tienen su asiento.
Esas Hermanas de la Caridad y la buena de Sor María, superiora, no durmieron aquella noche trágica, para estar al cuidado de Manolete y al servicio de los médicos que le asistían. Y el teléfono del Hospital sirvió, durante toda la noche, para dar información detallada a la prensa, público y a cuantos demandaban noticias sobre el estado del diestro herido.
¡Qué así es el Hospital de Linares y así se sirvió a todos!

El pueblo de Linares, culto y acogedor


Si empleásemos una frase popular diríamos que “para hablar de Linares hay que enjuagarse la boca de rosas”. Porque Linares, que humanamente es capaz de sentir pasiones, la primera pasión que siente es la de su hidalguía.
Ni una sola persona, de las que por Linares hayan pasado, tendrá motivos para decir lo contrario de lo que yo afirmo. Artistas de todas clases, hombres de estudio, trabajadores y aún bohemios de errante deambular, encontraron en Linares una acogida cariñosa.
En el caso de Manolete, difícilmente se encontrarán un pueblo que sea capaz de una mejor y mayor expresión de cariño hacia un torero. Apenas asomaron las cuadrillas por las puertas del patio de caballos las más grandes de las ovaciones saludó a Manolete. El paseíllo se hizo sin oírse la música ya que la prolongada ovación del público acallaba los sones del pasodoble. Cambiaban los toreros la seda por el percal y los aplausos continuaban.
Manolete hubo de salir al tercio, invitar a sus compañeros a que compartiesen la ovación y seguir él, después, recibiendo palmas y ovaciones.
¿Puede pedirse más caballerosidad, más adhesión a un torero, más afecto a un artista? Yo creo que no.
Surgió la enorme faena del maldito “Islero” y se oían voces… “pidiendo” que no se jugara la vida Manolete, de la manera tan temeraria que lo estaba haciendo. Vino la cogida, llegó la muerte del héroe y este noble pueblo de Linares, hizo suyo el dolor del torero, se asoció de corazón al pesar de España y lloró la irreparable pérdida del ídolo.
Linares recibió a Manolete con estruendosas ovaciones de cariño y le despidió, camino de Córdoba, con sinceras lágrimas del corazón.
Linares no es hipócrita, no es amigo de adulaciones ni bajezas y a la hora de expresar su sentimiento, solo da rienda suelta a lo que su alma y su corazón le dictan.
¡Ese es Linares! ¡Esa es su nobleza!

Cómo murió Manolete


Como mueren los héroes. Como muere el militar en una batalla, el médico contagiado de una epidemia, el misionero al propagar la fe.
Murió Manolete sobreponiéndose a todas las arteras intenciones de su enemigo, derrochando vergüenza torera, haciendo un alarde de valor y majeza.
Yo protesto, yo rechazo la “preparada versión de que una “competencia” llevó a Manolete al sepulcro.
¿Quién es el que podía competir con Manolete?
¡¡Qué ilusiones!!
Ni Manolete hubiera podido llegar a menos, al creer en esa competencia, ni el otro supuesto competidor podría llegar a más.
Yo recuerdo de un torero que, en Úbeda, después de una buena faena, levantó el índice de la mano derecha y dirigiéndose al público gritó:
-¡Yo, el número uno!
A lo que un espectador contestó:
-Empezando a contar desde muchos kilómetros después de Manolete.


No, no había tal competencia.
La única existente la creó el pundonor, la hombría de bien, el valor de Manolete, que ofrecía a todos los públicos la sublimidad de su arte, el arrojo de su valor, su propia dignidad.
Así fue como murió el que ha dejado un vacío que nadie llenará.
Murió Manolete, lleno de honor y de gloria.
¡Descanse en paz!
Linares, septiembre de 1947